“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
El Congreso de Estados Unidos le está dando un buen baño de agua fría a la estrategia financiera con la que Donald Trump quería estrangular a la ciencia de su propio país. Por una vez, los congresistas republicanos se han sumado a los demócratas para rechazar los feroces recortes en investigación propuestos por la Casa Blanca. Las agencias de investigación espacial, atmosférica y energética esquivan así un hachazo que las habría dejado implorando por su mera supervivencia. La acción del legislativo es una buena noticia, sobre todo si sirve de precedente para que el Partido Republicano empiece a fracturarse ante la saña irracional con que se comporta su amado líder desde que llegó por segunda vez a la presidencia. Pero la pesadilla está muy, muy lejos de haberse disipado.
El Gobierno puede intentar convencernos de que todo se hace bien en la gestión de los trenes en España: el mantenimiento de las vías ha sido perfecto; el tren siniestrado acababa de pasar la revisión; las conversaciones grabadas entre el maquinista y Atocha reflejan una corrección extraordinaria. Pero lo cierto es que un tren descarriló, que otro chocó con él sin que Adif se diera cuenta y que 45 personas murieron. Y lo cierto es que otro tren chocó con un muro y otra persona murió. Todo se hizo bien todo el rato, nos dicen. ¿Entonces nada falló? ¿Todo fue una fatalidad?
Leí un libro fabuloso, todavía inédito, donde el autor describe con virtud eso que llamamos “flechazo”, el segundo exacto en el que alguien entra en nuestra vida con la contundencia de un tsunami, arrasa con todo y somos, de pronto, seres incapaces de vivir sin tener a esa persona cerca. Sin, literalmente, respirarla. El otro es, desde ese momento, el oxígeno y el mundo. A mí nunca me pasó. Cada vez que me enamoré estaba distraída. En una playa, en un autobús, en una disco, en la calle. Siempre fue algo que empezó sin importancia (para mí), siempre me deslicé poco a poco hacia el amor, sin intenciones, desprevenida. Me resulta difícil, entonces, entender el punto exacto del inicio: qué fue lo que transformó mi indiferencia en anhelo, en hambre, en locura, en ansia. Pero me resulta muy fácil precisar el momento del desamor. Es como el instante en que un cable se corta: se ve clarísimo. Generalmente llega bajo la forma de un gesto que la otra persona hace de manera impensada. Una descortesía, una negligencia, un descuido, un error que puede parecer leve. Algo que el otro no percibe y, de pronto, ese ser que parecía tan generoso se convierte en un egomaníaco egoísta, ese individuo que parecía tan inteligente se transforma en un imbécil, ese sujeto digno de admiración deviene deplorable. No hay nada que repare ese desastre. Ni la terapia de pareja —aunque, en verdad, nunca probé—, ni las explicaciones, ni las disculpas. Algo, allá adentro, cae. El objeto de amor muta en objeto de desprecio. No hay cómo recuperar la mirada ciega del afecto. Ante mis ojos sólo queda un cuerpo que no me dice nada, el rastro de lo que alguna vez estuvo ahí y que ni siquiera añoro, que ya no me hace daño ni bien, que no espero y a lo que no aspiro. Desde ese momento, arrullo mi desamor como un secreto hasta que me voy, definitivamente, cuando ya no duele. Monstruo soy: me voy cuando ya no me duele.
Es domingo. Es la hora de volver a casa. El tren circula con normalidad. Francisco Arroyo se pone en YouTube al grupo de heavy metal británico Judas Priest. El camionero Arroyo, de 57 años, observa el paisaje por la ventana. Hace un rato que ha colocado en la mesita plegable de su asiento el último libro que le han traído los Reyes Magos: Pepe Mujica y las flores de la guerrilla, un emotivo relato de la vida del expresidente uruguayo. En la butaca de al lado, la 5A del vagón cuatro de un Alvia con destino a Huelva y procedente de Madrid, está su hijo Víctor, de 24 años. Víctor ha ido a la capital porque quiere ser funcionario de prisiones, donde este 18 de enero estaba citado para el examen de la oposición.
En cualquier emergencia hay, según los expertos, dos factores clave: el tiempo y la seguridad de los equipos de respuesta que han de atender a las víctimas. El primero depende de la calidad y la velocidad de la información y el segundo, de las circunstancias en que se produzca el accidente. El siniestro ferroviario que el pasado domingo se cobró la vida de 45 personas en Adamuz (Córdoba) ha revelado que los centros de control de Renfe y Adif saben en todo momento dónde están los trenes, más concretamente, en qué “tramo del circuito” que aparece señalado en rojo, pero no tanto las “condiciones” en las que se encuentra, por ejemplo, si varios vagones han caído por un terraplén, lo que eleva la gravedad del accidente y el potencial número de víctimas mortales y heridos.
A las diez de la mañana del viernes, un tractor cargado de aceitunas llega a la cooperativa Nuestra madre del sol, en Adamuz (Córdoba, 4.100 habitantes). En pocos minutos lo hace otro y, poco después, uno más. La actividad es intensa en las instalaciones, que afronta el final de una potente campaña olivarera que arrancó en noviembre. Es el epicentro y motor económico de la localidad: 900 de sus 1.200 socios son vecinos del pueblo. Días atrás, el enorme espacio por el que ahora pasan los vehículos agrícolas estaba repleto de autobuses, ambulancias y todoterrenos de la Guardia Civil. La mujer respira al ver que a su alrededor todo vuelve a la normalidad. “Ha sido una locura, pero aquí la vida tiene que seguir”, destaca Ana Victoria García, su gerente, de 35 años. Y continúa con su tarea. En Adamuz necesitan respirar, mirar hacia adelante y dejar atrás el mayor dispositivo de emergencias de su historia, que se desactivó el jueves por la tarde tras el hallazgo de las dos últimas víctimas.
La borrasca Ingrid ha sumido a España en una situación meteorológica delicada, con un aviso especial de la AEMET por nevadas en cotas bajas y temporal marítimo en el cuadrante noroccidental peninsular, además de avisos en todas las comunidades, Ceuta y Melilla por riesgo de nieve, viento, frío, tormenta u oleaje.
¿Qué es una rave? La respuesta depende de cuándo, dónde y a quién se pregunte. En los noventa, cuando la promesa de los años 2000 deslumbraba a la vuelta de la esquina, el Norte global (y especialmente Reino Unido) lo tenían claro: una rave era una fiesta autogestionada y colaborativa en la que se bailaba techno, jungle, gabber y otros sonidos que te decían que esa era la música del mañana. Por algo uno de sus lemas, que se popularizaría en pegatinas y pintadas, fue See you in 2017, un guiño a la canción techno Reflections of 2017. El futuro estaba en marcha y la derecha política que lo privatizaría todo vería a esas fiestas como una amenaza a su nuevo orden: la prensa se indignaría urgiendo a la disciplina policial frente a esos jóvenes colocados durante días en espacios abandonados o alejados de la urbe.
Lecturas recomendadasRaving, de Mckenzie Wark. Traducción de Mariano López Seoane y epílogo de Marta Echaves. Caja Negra, 2023. 184 páginas. 19 euros.
Microfestivales y otros escenarios posibles, de Nando Cruz. Sílex, 2025. 312 páginas, 23 euros.
Retromanía, la adicción del pop a su propio pasado, de Simon Reynolds. Traducción de Teresa Arijón. Caja Negra, reedición de 2024. 448 páginas. 30 euros
Historia universal del after, de Leo Felipe. Traducción de Alejo Ponce de León. Caja Negra, 2022. 260 páginas. 19 euros.
Out of Order: The Underground Rave Scene 1997–2006, de Molly Macindoe. Front Left Books, 2015. 436 páginas. 57 euros.
Loops, una historia de la música electrónica, de Javier Blánquez y Omar León Morera (editores). Reservoir Books, edición revisada de 2021. 736 páginas. 25 euros.
Sara Khadem, de 28 años, siente la obligación moral de hablar sin miedo sobre lo que pasa en su país de origen, Irán, desde su casa en Andalucía, donde vive (con su marido y un hijo de cuatro años) como española desde que se negó a jugar con velo el Mundial Rápido de ajedrez en Almaty (Kazajistán), en diciembre de 2022. Las imágenes atroces que le envían, con centenares de cadáveres y tremendos gritos de los familiares que deben pagar por acceder a ellos, la incitan a hablar de nuevo (por videollamada) con EL PAÍS, que ya la entrevistó en profundidad hace tres años.
Dos recuerdos ya alejados me vuelven a la memoria estos días. En el primero de ellos es la noche del primer triunfo electoral de Barack Obama y yo vuelvo muy tarde a mi casa, después de haber participado en un programa de la cadena local New York One. Las instalaciones de la cadena, en el antiguo Meatpacking District, son muy espaciosas, pero la sección en español es tan modesta que los participantes en la tertulia tenemos casi que pegarnos los unos a los otros a lo largo de una única mesa para no salirnos del plano. Los gestos quedan limitados por el peligro de clavar un codo al comentarista de al lado. A todos se nos contagia una cierta sensación de euforia, alimentada por la elocuencia épica sin restricciones de ironía o sentido del ridículo que es tan propia de la vida política en Estados Unidos. No nos cuesta nada recitar las vacuidades del momento: el resultado histórico, la capacidad de renovación de la democracia americana, el presidente negro que va a cerrar las heridas inmemoriales del racismo, etcétera. Al salir me encuentro en la sala de espera con un hombre negro muy alto, muy bien vestido. Le digo, irreflexivamente: “Enhorabuena”, y él me contesta: “Yo he votado a McCain, pero gracias”.
Un día después de que el PP se hiciera con la Presidencia de la Mesa de la Asamblea de Extremadura, el martes, María Guardiola trató de retomar los contactos con Vox, revelan fuentes de su entorno. Los ultras congelaron el lunes las negociaciones para investir a la presidenta en funciones, pero siguen abiertos a un acuerdo. Sin embargo, en el gabinete de la dirigente del PP aseguran que solo reciben largas. La semana que viene; la siguiente... La formación de extrema derecha no concreta el día para una nueva reunión.
Marruecos ha sido el primer país africano y uno de los primeros árabes en adherirse a la controvertida Junta de Paz impulsada por Donald Trump, en principio para supervisar la tregua en la franja de Gaza aunque con ambición de convertirse en sustitutiva de la ONU en la resolución global de conflictos. Pese a las reticencias de muchos Estados invitados, que como Francia, Alemania, Suecia, Noruega, Austria o España han declinado la invitación de la Casa Blanca a participar en la Junta creada el jueves durante el Foro de Davos, Rabat ya anticipó el lunes su incorporación al órgano liderado por el presidente de Estados Unidos que en 2020 reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.
En diciembre de 2024 y como otros miles de personas, Ali Mahmud al Kak llevaba cinco años retenido ―sin juicio ni horizonte de libertad― en el campo de Al Hol cuando les llegó la noticia de que una ofensiva rebelde había puesto fin a casi 14 años de guerra en Siria. No estaba cautivo en la parte del país donde se desmoronaba el régimen de Bachar El Asad y los guardas abandonaban las prisiones, sino en el noreste, bajo mando de las fuerzas kurdo-árabes aliadas de Estados Unidos, pero se agarró al clavo ardiente de la esperanza. “Estábamos felices y los guardas tenían miedo. El precio de escapar bajó [de 500] a cien dólares porque estábamos convencidos de que, de un momento a otro, llegarían a liberarnos. Luego pasaron los días, vimos que no sucedía nada y nos sentimos dejados de lado. Pensé que iba a morir allí”. Al Kak, de 53 años, no solo sobrevivió, sino que lo rememora hoy en la otra punta meridional del país, su humildísima casa de la ciudad de Alepo. Es, desde el pasado julio, uno de los escasos 360 sirios liberados por motivos humanitarios.
La movilización de decenas de voluntarios para localizar a Boro, el perro perdido tras el terrible accidente ferroviario de Adamuz, refleja el cambio en la relación con las mascotas, cada vez más consideradas parte esencial del hogar. “Es familia”, explicaba emocionada Ana García, una de las supervivientes, que viajaba en el tren junto a su hermana, aún ingresada en la UCI, cuando pedía ayuda para buscar a Boro. Finalmente, el jueves agentes del Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil lograron capturarlo y devolverlo a los suyos. “Gordo, ya nos vamos a casa”, le decía su dueña al reencontrarse con él.
“¿Quieres ser la telonera de Taylor Swift?”. Con esa pregunta, cuya respuesta se antoja obvia, se despertó una mañana la cantante Sofia Isella, que descubrió a través de su madre que una de las figuras más importantes del pop quería que fuera la responsable de abrir su concierto en Wimbledon. La propuesta de Swift sorprendió a muchos. ¿Cuán malévola puedes ser en la gira Eras? Sofia Isella está abriendo un nuevo y oscuro camino en el pop, titulaba August Brown a un artículo publicado en Los Angeles Times en el que comentaba que la desconfianza de Ia cantante hacia las instituciones se extiende a su carrera discográfica, pues pese a estar en el radar de Swift, sigue siendo independiente. “He conocido a muchos peces gordos, y son gente muy amable, pero me encanta la sensación de ser independiente”, dijo Isella. “Quizás cambie de opinión, pero estoy intentando comprender completamente un sello y cuáles son sus funciones, así como qué es lo que le ofrece al artista en la era de las redes sociales. Estoy intentando evaluarlo a fondo antes de firmar ningún contrato”, explicaba la cantante, nacida en California y residente en Los Ángeles.
En estos tiempos en los que gran parte de la ficción televisiva que se produce está basada en marcas o historias preexistentes (precuelas, secuelas, extensiones de franquicias, adaptaciones y remakes hay a patadas cada año), no parece sorprendente que la saga de películas españolas más taquilleras de los últimos años terminara por tener su versión televisiva. Padre no hay más que uno, los filmes dirigidos y protagonizados por Santiago Segura, arrancaron en 2019 su camino triunfal en los cines y en 2025 se estrenó su quinta y última entrega, con lo que ya se podría considerar una serie (con capítulos largos) en sí misma.
La visita al Foro de Davos no ha sido precisamente el paseo triunfal que esperaba el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acostumbrado a llegar a los encuentros internacionales, acaparar la atención, a veces ofender a los anfitriones, proponer actuaciones normalmente irrealizables cuando no inaceptables y regresar a Washington sin que nadie se atreva a levantar la voz. Sin que se haya producido un abierto divorcio entre EE UU y sus aliados históricos, a los que el inquilino de la Casa Blanca se empeña en hostigar, lo cierto es que tanto Trump como sus colaboradores, que imitan el comportamiento de su jefe, se han encontrado por primera vez con la exteriorización explícita del malestar que genera. Las caretas han caído.