“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
El parecido recuerda a la repetición televisada de las proezas de Diego Maradona, cuando el espectador esperaba entender la hazaña que había presenciado, ya sin el vértigo y la emoción que nublan el instante, el presente fugaz. Un juicio oral y público intenta desentrañar, desde el martes pasado, si Maradona, el ídolo del fútbol argentino, murió a causa del abandono y la desatención que le depararon los profesionales de la salud que debían cuidarlo aquel 25 de noviembre de 2020. El nuevo juicio parece una copia del proceso que había comenzado un año atrás, también en los tribunales de San Isidro, en las afueras de Buenos Aires. Los acusados y los acusadores, la víctima y el crimen son los mismos. Pero hasta allí llegan las similitudes. El guion de los involucrados es otro.
Parecía que la Fiscalía General de la República (FGR) por fin haría justicia para las víctimas de La Luz del Mundo. Pero desechó el caso siete años después de haber puesto la lupa sobre el líder de la iglesia Naasón Joaquín García y quienes, según las denuncias, le ayudaron a formar un harén de niñas para cumplir sus fantasías sexuales y amasar una fortuna a partir de diezmos. El apóstol, como se conoce a Naasón Joaquín García, confesó en una corte de Los Ángeles que abusó de tres menores y cumple una sentencia de 16 años de cárcel. En México, sin embargo, el expediente se desplomó en silencio y la propia presidenta Claudia Sheinbaum ha dicho que no sabe por qué, y ha prometido que dará marcha atrás al carpetazo que la Fiscalía dio esta misma semana.
La cultura dirigida a adolescentes se ha convertido en uno de los grandes motores de la industria cultural —de series y libros a música, redes sociales y videojuegos—, pero también en un territorio lleno de prejuicios. A menudo infantilizada o mirada con condescendencia por los adultos, la producción juvenil es, sin embargo, una de las principales vías de acceso a la cultura y un espacio donde se están normalizando debates sobre identidad, diversidad, amor, clase o tecnología.
Cuando a principios de 2025 Donald Trump regresó al poder, y él y sus colaboradores redoblaron las arengas en favor de la extrema derecha europea, en este campo ideológico aquello sonó a bendición.
Péter Magyar logró la proeza política de derrotar al primer ministro nacionalpopulista Viktor Orbán el domingo pasado. Orbán y su partido, Fidesz, habían construido un búnker a costa del deterioro del Estado de derecho. Durante 16 años de hegemonía absoluta tomaron el control de todos los poderes del Estado. “El pueblo húngaro no votó por un simple cambio de Gobierno, sino por un cambio completo de régimen”, proclamó Magyar ante una multitud eufórica. La tarea es monumental.
Encerrados entre paredes de acero, en buques fondeados a varias millas de la costa, viendo cómo los misiles y los drones golpean a su alrededor, consumidos los nervios por las noticias de la reapertura del estrecho de Ormuz un día y su nuevo bloqueo al siguiente (este mismo sábado), y, en algunos casos, con los víveres a punto de agotarse, unos 20.000 marineros llevan más de un mes y medio atrapados en el golfo Pérsico a causa de la guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán.
Ni el espionaje de élite, ni la inteligencia artificial capaz de procesar un millar de objetivos en el primer día de guerra, ni el despliegue de tres portaaviones estadounidenses han bastado. El músculo del Pentágono y de Israel ha topado en el estrecho de Ormuz con las minas navales iraníes, un arma tan discreta y barata como eficaz. Teherán no necesitó siquiera asumir oficialmente que las plantó en el lecho marino. Le bastó con señalar “zonas de peligro” en este embudo de 167 kilómetros de largo y 33 kilómetros en su parte más angosta. Así taponó durante siete semanas el paso del 20% del crudo mundial, negoció un alto el fuego con Estados Unidos y accedió a reabrir el paso el pasado viernes, aunque con marcha atrás el sábado. Teherán ha conseguido que ya no se plantee sobre la agenda de diálogo el cambio de régimen. Todo eso, sin detonar una sola mina, con la mera sospecha de su presencia.
Las avenidas de Dahiye se asemejan del todo a un paisaje apocalíptico de película. Los suburbios que rodean Beirut por el sur de la capital libanesa -Dahiye significa suburbio en árabe- muestran tal destrucción después de 46 días de ofensiva israelí que, en algunas zonas, se antoja imposible el regreso de la vida civil. Este sábado, miles de residentes regresaban a la zona para evaluar los daños sin saber si la tregua de 10 días que Estados Unidos anunció el jueves —y que entró en vigor el viernes— dará el suficiente margen diplomático, tal y como ansía el Gobierno libanés, para convertir el cese de los combates en permanente, y evitar la reanudación de la guerra entre Israel y el movimiento armado Hezbolá.
Los grandes carteles que cubren muchos edificios del centro de las ciudades iraníes han sido durante décadas una herramienta interna más de un arsenal de comunicación política muy ideologizada, tenebrosa, de imágenes oscuras que remiten a la religión y a la muerte: los rostros de los mártires ―los soldados caídos de la guerra de Irak contra Irán (1980-1988)―; los retratos de los dos ancianos líderes supremos, los ayatolás Jomeini y Jameneí, que la República Islámica había tenido hasta el inicio de la guerra el 28 de febrero; mujeres cubiertas con el chador negro de la cabeza a los pies. Esas imágenes reforzaban la idea de la República Islámica que tenían y aún tienen muchos occidentales. La de una autocracia, un Estado fundamentalista anclado en el pasado y que rinde culto al martirio.
El sábado al atardecer, en un barrio acomodado de Caracas, un bar se llena de gente. Hombres bien vestidos y perfumados relatan su semana; mujeres con melenas lacias y pestañas largas se hacen selfies en el baño. Hay gente en la calle que habla por el celular, charlas acaloradas sobre la actualidad, un DJ que pincha vinilos. Cócteles de autor. Todo en su lugar. Por encima de los tejados, una bandada de guacamayas azules cruza el cielo con su estrépito habitual. La capital de Venezuela, al menos en algunas partes, vuelve a parecer una ciudad cualquiera. Y desde el pasado 3 de enero, al menos parece más segura y más libre. Aunque no más rica. La imagen del local de moda convive con otra recurrente: la dificultad de la mayoría para salir adelante.
Los papas de Roma se mueven tradicionalmente entre la denuncia de las injusticias y una posición de neutralidad para conservar su capacidad de mediación en conflictos globales. León XIV ha procurado mantener ese equilibrio en su primer año de papado —fue elegido a inicios de mayo tras el fallecimiento de Francisco el 21 de abril del año pasado—, pero la presión para pronunciarse sobre el desorden internacional crece. El Papa ha empezado a dejar atrás su cautela inicial, a hablar claro y mostrar un estilo más definido en sus mensajes.
Zohran Mamdani, socialista, musulmán y novato en política, llegó en enero a la alcaldía de Nueva York, la ciudad más grande de Estados Unidos y la cuna del capitalismo contemporáneo, con la promesa de arrebatar la ciudad a los fondos de inversión y los grandes magnates para devolvérsela a sus habitantes. Esta semana, al concluir el periodo de gracia de los 100 primeros días, dio un paso para cumplir su palabra: en las redes sociales, su hábitat natural, anunció un impuesto anual a los dueños de segundas residencias de más de cinco millones de dólares, que en Nueva York son muchos: oligarcas rusos, jeques del petróleo y grandes fortunas globales.
Una semana para intentar sobrevivir como primer ministro. Keir Starmer comparecerá voluntariamente este lunes ante la Cámara de los Comunes para intentar explicar a los diputados —sobre todo, a los de su propio grupo laborista— el último escándalo en torno a Peter Mandelson, que ha acabado con el despido fulminante del secretario permanente del Ministerio de Exteriores (el alto funcionario de mayor rango de ese departamento), Oliver “Olly” Robbins.
Tras la euforia de buena parte de los Estados miembros de la Unión Europa por la derrota electoral del ultranacionalista Viktor Orbán en Hungría, el más firme aliado del presidente Vladimir Putin, Bruselas se enfrenta a un posible nuevo estorbo en el seno del bloque. El expresidente de Bulgaria, el prorruso Rumen Radev se perfila como el ganador de las elecciones legislativas anticipadas de este domingo, las octavas desde abril de 2021.
En el actual escenario político, cada vez más acelerado, resulta difícil ubicarse con claridad. Lo que sí salta a la vista es que las políticas nacionales se ven cada vez más influidas por acontecimientos que trascienden nuestras fronteras. Esto viene ya de mucho antes, pero la estruendosa irrupción de Trump nos ha obligado —¡al fin!— a tomar conciencia de algo ya evidente: la tan espinosa como inevitable red de interdependencias externas que enhebran nuestra política y es ya ineludible enfrentar de cara. Llamémoslo “política-mundo” en contraste con el localismo habitual de lo político, siempre más atento a lo cercano.
Los partidos progresistas de todo el mundo han aprovechado el Global Progresive Movement (GPM) para discutir la agenda con la que plantar cara a los populismos y a los movimientos de extrema derecha. Lo han hecho a lo largo de unas 90 mesas por las que, a lo largo de dos días, han pasado políticos de todas las esferas, sindicalistas, académicos y activistas que han hecho su diagnóstico de la situación actual y han formulado propuestas para recuperar el terreno perdido en los últimos años. Estas son algunas de las políticas que ha propuesto en varios ámbitos.
No sempre és fàcil escapar d’un photocall. A la Capella dels Àngels, l’espai on se celebra l’entrega del premi Ramon Llull, queda entre la porta d’entrada i les cadires del públic, de manera que, si no ets ràpid de reflexos, entres i quedes estabornit pel flaix. Alguns s’espanten, un fa broma i demana una mica histèric on són els canapès, però en general tothom sap molt bé com ha d’actuar. El públic el formen cares de TV3, editors, escriptors insígnia del Grup 62 i algun polític, segurament molts coincideixen en aquesta festa cada any. Ja se sap que la guanyadora d’aquesta edició és Agnès Marquès, i encara li fan fotos mentre algú al meu costat agraeix a Ada Parellada la recepta dels fideus a la cassola.
El mundo no existe para los componentes de un grupo que pasan la tarde tocando en su local de ensayo. No hay ventanas y para llegar a la calle hay que recorrer un pasillo de cincuenta metros y bajar dos pisos por unas escaleras. La puerta, de grueso metal, se cierra herméticamente con una palanca de 50 centímetros. ¡Crac! No hay escapatoria. La cobertura falla, buen momento para que el móvil descanse. Se colocan los cinco en círculo en este búnquer musical, en un espacio pequeño atestado de cables, pedaleras, pies de micrófonos. Tecnología, metal y sudor. El sonido resulta insoportable, tanto que un otorrino clausuraría de inmediato el lugar. Nos ponemos los cascos, no vaya a ser…