“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
Empieza el buen tiempo, los días se alargan, apetece salir más y, casi sin darte cuenta, tomas una decisión: “Voy a empezar a hacer ejercicio”. Te marcas un objetivo. Quizá caminar 10.000 pasos al día, ir al gimnasio tres veces por semana o salir a correr. Los primeros días todo va bien, incluso sientes orgullo, pero pasan las semanas y algo cambia: un día fallas, luego otro, y, sin darte cuenta, abandonas. Si te identificas con esta historia, no eres la única persona. Es una historia extraordinariamente común que nos lleva inevitablemente a una pregunta incómoda: ¿Qué ha fallado?
Gabriel Weston (Londres, 55 años) vive en una casa del barrio londinense de Lambeth. Idéntica a las vecinas por fuera, por dentro es una explosión de color. En la buhardilla hay una cama junto a su mesa de trabajo. “Es empezar a escribir y entrarme sueño”, explica. Advierte de que sus gemelas de 12 años llegarán en cualquier momento. Está inquieta. El colegio, público, ha alertado de una posible reyerta entre bandas. “Una es muy curiosa y querrá quedarse a mirar”, dice. Habla con entusiasmo y sin pausa. Ofrece té.
Al recibir la nacionalidad española, cuando le preguntaron dónde quería situar su origen el actor argentino Ricardo Darín dijo, porque le gustaba el nombre, “Jaén”. Ahora, el municipio de esa ciudad lanzó una campaña ingeniosa para poner una placa con la leyenda: “Aquí decidió nacer Ricardo Darín”. En un video, algunos jienenses cuentan historias inventadas —ese es el chiste— para argumentar por qué la placa debe colocarse donde ellos sugieren.
El coche ha girado a su derecha para entrar en la calle lateral en el momento en el que mi perra y yo cruzamos por el paso de peatones. Mi perra tiene las patas cortas y los andares tranquilos, y ni a ella ni a mí nos apura la prisa en este momento en que la luz de la tarde se vuelve oblicua y dorada. La parada obligatoria no ha podido retrasar al conductor más de unos segundos. Pero él saca la cabeza y me grita algo que tardo en entender, ya que lo dice con el vozarrón de la furia automovilística en Madrid: “¡Vete al Retiro!”. No es mi primer encuentro y me temo que no será el último con un fenómeno que hasta ahora yo no sabía que tiene nombre, pero que de un modo u otro llevo padeciéndolo toda la vida. En uno de mis primeros recuerdos, voy por una calle de Úbeda de la mano de mi madre y ella me da un tirón y me aparta un lado en el momento en que uno de aquellos grandes coches negros de entonces dobla la esquina a toda velocidad. Mi madre se acordaba siempre de aquel susto que pudo habernos costado la vida a los dos. Aunque no se hubiera detenido, ella sabía quién era el conductor, ya que entonces había muy pocos coches: un médico muy conocido, con la sombría autoridad sacerdotal que los médicos tenían entonces. Muchos años después, conocí a un director teatral que me contó que era de Úbeda. Su apellido me trajo el recuerdo del automóvil agresivo, y le pregunté si por casualidad su padre había sido médico. El hombre debió de sentir algo de congoja retrospectiva al descubrir que, a causa de la pasión conductora de su padre, aquel encuentro pudo no haber sucedido.
El jueves, durante el último entrenamiento del Atlético de Madrid en el Cerro del Espino, Antoine Griezmann marcaba junto a Koke el paso del trote de un grupo compuesto por la gran mayoría de los jugadores que jugarán de inicio la final de la Copa del Rey. Minutos antes, durante el rondo, mostraba el mismo aire de disfrutón con el que trata de impregnar sus últimos partidos como rojiblanco y en el fútbol español. El verbo disfrutar ha adquirido un uso preponderante en el futbolista que más focos acapara para la cita de este sábado (21.00, TVE-1 y Movistar) por enfrentarse los dos clubes, Real Sociedad y Atlético, en los que se ha sentido realizado como futbolista. “Cuando estoy en el campo disfruto de cada pase, de hacer una entrada, de una asistencia o de una instrucción del Cholo. Estoy disfrutando mucho de todo”, aseguró este viernes el atacante galo en la sala de prensa de La Cartuja.
“El Atlético siempre fue un equipo copero”, suele decir Diego Pablo Simeone, que 13 años después de la conquista de la última Copa del Rey puede elevar a 11 los títulos que la entidad rojiblanca ha logrado en esta competición. Las diez anteriores tuvieron un impacto notable en el devenir de la historia del club rojiblancos. Desde la primera, lograda en el Santiago Bernabéu en 1960, contra el Real Madrid de Di Stéfano (3-1) recién coronado pentacampeón de Europa en el Bernabéu, hasta la última en 2013, que acabó con 14 años sin ganar un derbi con aquel cabezazo de Miranda en la prórroga, cada uno de los entorchados coperos supuso un punto de inflexión en la historia del club.
En el fútbol moderno, donde el foco suele recaer en cifras, velocidad o impacto mediático, hay jugadores que construyen su leyenda de una forma mucho más silenciosa. Mikel Oyarzabal pertenece a esa categoría especial: la de los futbolistas que aparecen cuando el contexto se estrecha, cuando la presión es máxima y cuando los partidos dejan de ser partidos para convertirse en historia. No es casualidad que su trayectoria esté marcada por una constante difícil de encontrar incluso entre los grandes: su influencia directa en las finales.
El primer síntoma de que Sevilla se prepara para algo importante se produce en la céntrica Alameda. La comisaría situada en este emplazamiento, sede también de la comisaría provincial de la Policía Nacional, amanece blindada desde el pasado miércoles. Lo que se le viene encima a la capital de Andalucía en este supersábado 18 de abril es todo un desafío. 50.000 aficionados del Atlético y la Real Sociedad con entrada para la final de la Copa en el estadio de La Cartuja, la tradicional corrida de toros en la Maestranza y un fin de semana previo a la Feria de Abril, que comienza el próximo lunes aunque ya se vive lo que los sevillanos conocen como la preferia. Asegurar la movilidad y la seguridad de un millón de personas en la capital andaluza es el objetivo de las autoridades.
La economía global lleva ya más de un lustro sometida a múltiples crisis. Primero fue el hundimiento por la pandemia de covid-19, que dejó la actividad empresarial en estado de hibernación. Cuando el mundo despertó, llegaron los cuellos de botella en el comercio mundial, y casi de inmediato, una crisis energética que disparó los precios de los productos básicos y desencadenó una subida de tipos de interés. El conflicto en Oriente Medio amenaza ahora con desatar otra oleada inflacionaria que vuelva a hacer mella en el bolsillo de los ciudadanos. De nuevo, material inflamable que puede usar la extrema derecha.
¿Cuál es el límite de la crítica a las actuaciones judiciales? El ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños, se ha situado sobre la vergüenza que, según él, suscita la instrucción del magistrado Juan Carlos Peinado en el caso de la esposa del presidente del Gobierno, Begoña Gómez. “Ha avergonzado a muchos ciudadanos, jueces y magistrados de España”, declaró Bolaños esta semana en una comparecencia de prensa. Para las dos asociaciones mayoritarias de jueces, la conservadora Asociación Profesional de la Magistratura y la transversal Asociación Judicial Francisco de Vitoria, sin embargo, el límite que traspasan dichas declaraciones es el del respeto a la independencia judicial. La tercera, la progresista Jueces y Juezas para la Democracia, asume que es “insólito” que críticas así provengan del Ejecutivo, pero considera que no son las críticas de los demás —sean de políticos, periodistas o de cualquier ciudadano—lo que pone en riesgo la independencia de los jueces, sino sus propias decisiones.
El pasado domingo, cuando aún no había amanecido, Arelis Jiménez se descolgaba por la ventana de un tercer piso en Pamplona con una sábana. Intentaba huir de su expareja, un hombre al que había denunciado y que tenía una orden de alejamiento en vigor. Pero cayó al vació, y murió. El lunes, en Córdoba, iba a producirse un juicio rápido contra un hombre que tres días antes había entrado con un martillo en casa de Tulia Ester, su exmujer: le destrozó el equipo de música, la agarró del pecho y la amenazó con destrozarle toda la casa. La policía lo detuvo y un juez decidió imponerle una orden de alejamiento. Sin embargo, lo dejó en libertad hasta que tuviera lugar un juicio que nunca se produjo: la mató esa mañana en el portal de su casa.
¿Y las pulseras antimaltratadores?La violencia machista es uno de los problemas estructurales más complejos de sociedades de todo el mundo, entre otras razones, por la bolsa oculta de denuncias. Vicente Magro, magistrado del Tribunal Supremo, señala que las cifras son “de unas 200.000 denuncias al año” pero que desde la justicia se calcula “que hay alrededor de 600.000 hechos anuales, es decir, que puede haber un 60% que aún no se denuncia, y eso tras los enormes avances de los últimos años”. Según las cifras oficiales, desde que hay registro, se ha pasado de las 135.539 que se interpusieron en 2009, a las 204.342 del pasado año. En 27.030 de esos casos se activaron órdenes de protección y en 4.420 casos se decidió la activación de una de las llamadas pulseras antimaltradores.
Esos dispositivos, aún presentando múltiples fallos, han sido hasta ahora la única medida 100% eficaz para impedir los feminicidios. Ninguna de las más de 22.000 mujeres que la han llevado desde que se implantaron en España en 2009 ha sido asesinada mientras lo llevaba. ¿Sería viable que todas las mujeres con medidas de protección la llevaran? No de momento. Ni el sistema técnico está preparado, ni sería posible por el factor humano gestionar y responder ante las incidencias de un volumen casi siete veces mayor. No habría suficiente personal técnico ni agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Magro recuerda que eso solo podría hacerse si se pudiese garantizar que no habrá errores. Además, “hay mujeres que no quieren llevarlas por diversas razones, y aunque es importantísima la concienciación de las víctimas en la necesidad de que el Estado las proteja, ellas tienen derecho a decidir”.
Un grupo heterogéneo de unos 30 vecinos se arremolina inquieto en torno a un edificio del final de la calle Santo Domingo, en el céntrico barrio de Santa María de Cádiz. Pasan de las diez de la noche de un día laborable y la cuadrilla de señoras, gaditanos de mediana edad y chavales mira expectante al balcón del segundo piso. Sonia Novoa, una vecina que asegura ansiosa vivir con miedo a los inquilinos de un punto de drogas cercano, se asoma: “Estoy bien”. Los congregados respiran aliviados, la despiden y continúan su patrulla. Calle abajo, más de cinco lonas penden de balcón a balcón. “La droga destruye, el barrio construye”, “niños jugando sin gente comprando”, “menos menudeo, más menudo”, rezan. “Somos el barrio, aquí no hay nombres. Somos gente humilde que quiere seguridad, no a nadie vendiendo droga. Esto es peor que lo de los años 90 porque ahora son más agresivos”, denuncia una vecina de 60 años que hace de improvisada portavoz anónima. La ronda continúa, la noche será larga, hasta el filo del alba.
Una pesadilla. Así define Ana María García, de 61 años, la situación que padece junto a su marido desde que decidieron comprar un coche en uno de los concesionarios multimarca del Grupo Cobendai en Madrid. A la hora de reservar y pagar el vehículo (14.400 euros de su bolsillo y una financiación, a través de un préstamo, de 17.000) no hubo ningún problema, pero cuando llegó el momento de la entrega arrancó la odisea. “Hicimos la compra el 22 de enero. Buscábamos un coche que estuviera en stock, porque lo necesitamos para ir a trabajar y llevar a los nietos al colegio”, resume por teléfono sobre unas condiciones que les garantizaban poder disponer de su nuevo vehículo a finales de febrero o principios de marzo. Casi tres meses después de su compra, la pareja sigue pagando por un coche que no saben si llegará a recibir.
L a prenda más usada del mundo es un auténtico ecodesastre. En el libro Unraveled. The Life and Death of a Garment (Portfolio, 2021) Maxine Bédat narra la vida de un par de vaqueros, desde la granja donde se cultiva el algodón, el proceso de hilado, lavado y teñido, la costura, la venta en tiendas, hasta su más que probable final en un vertedero. Es un viaje que recorre el mundo de América a Asia, para terminar en África.
Cada vez hay más personas que quieren una relación estable, que desean compartir la vida con alguien, que están dispuestas a implicarse. Personas que no juegan a hacerse las interesantes, que no esperan tres horas para contestar un mensaje. Y que, aun así, o quizá precisamente por eso, se encuentran con silencios, ambigüedad o ghosting. Cuando expresan con claridad que les gusta la otra persona, que quieren conocerla en serio, algo se enfría. Aparecen las respuestas tardías, la indefinición, lo que viene siendo una clásica situationship. A los que se muestran disponibles se les acusa de ir rápido, de ser intensos o de estar demasiado implicados. Mientras tanto, quien se mantiene en una posición difusa despierta más interés, más persecución, más deseo. Es una sensación extendida que invita a preguntarse qué está pasando en nuestra forma de vincularnos.
Cuatro meses y un día después de ganar con claridad las elecciones autonómicas, la popular María Guardiola revalidará el miércoles su cargo como presidenta de Extremadura gracias a la mayoría absoluta que suman su partido y Vox tras el pacto cerrado el jueves por ambas formaciones. Su intención cuando llamó a las urnas era que la política regional no se viese condicionada por la extrema derecha. Ahora todos los electores de esa comunidad —incluidos los casi 229.000 que dieron la victoria al PP— comprobarán que, para seguir al frente de la Junta, Guardiola ha suscrito parte de la agenda más ultra y tóxica del partido de Santiago Abascal. Sobre todo, en materia de inmigración.
España necesita hablar abiertamente sobre la inmigración y el proceso de regularización que acaba de poner en marcha el Gobierno es una muy buena oportunidad para hacerlo. La mejor manera de desarmar los discursos populistas no es evitar las preguntas difíciles, sino afrontarlas con rigor y sin complejos. Porque hay una pregunta que España lleva demasiado tiempo sin formularse con la seriedad que merece: ¿tenemos una política migratoria que de verdad esté alineada con las necesidades y las capacidades del país, respetando a su vez los derechos de los inmigrantes? La respuesta del Cercle d’Economia, como hemos argumentado en una nota reciente que aborda la cuestión desde una perspectiva amplia —modelo productivo, cohesión social, Estado de bienestar—, es que no.
Olvida todo lo que sabías sobre la evolución humana reciente. Por reciente quiero decir la ocurrida durante los últimos 10.000 años, milenio arriba o abajo. Eso es el Neolítico, la era marcada por la invención de la agricultura y la consecuente aparición de la civilización. Eso es solo el doble de lo que solemos llamar Historia. Y nuestra especie, el Homo sapiens, tiene solo 10 o 20 veces esa cifra. Este es el marco temporal en el que se desarrolla nuestro drama evolutivo.
Hay sensaciones que alcanzan su plenitud en la infancia, que después solo se repiten como reflejo, como simulacro o como farsa: la vergüenza alegre al encontrarse a un profesor por la calle, los nervios de la noche de Reyes, la certeza de haber encontrado un alma gemela en el parque o la genuina curiosidad por saber qué ocurre por la mañana, de lunes a viernes, más allá de las puertas del colegio.