“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
A la política española, inmersa en un imparable proceso de judicialización, le resulta ya imposible marcar sus propios tiempos. La oposición, con el PP a la cabeza, se ha entregado a las causas judiciales que implican a antiguos cargos del Gobierno y del PSOE, como José Luis Ábalos y Santos Cerdán. Mientras, el Ejecutivo de Pedro Sánchez trata de defenderse del continuo goteo de escándalos que le impide fijar una agenda alternativa.
La presidenta Isabel Díaz Ayuso fue franca en 2024: “Abrimos Madrid a todo proyecto de universidad, de todos los rincones de España, del mundo y especialmente de Hispanoamérica, siempre que cumplan los requisitos de calidad y excelencia”. Existen ya 14 universidades privadas y otras tres en proceso, frente a seis públicas, y su Ejecutivo ha encontrado un atajo para que se sigan inaugurando más sin tanto papeleo, como campus adscritos a universidades ya existentes. El último ejemplo es el Centro de Educación Superior Alma Mater ―publicitado como UCAM-COE― inaugurado recientemente en Torrejón de Ardoz, aunque las clases empiezan el próximo septiembre. Detrás está la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM), del movimiento religioso de los neocatecúmenos (más conocidos como los kikos), y el Comité Olímpico Español (COE). Se ponen así fin a 13 años de infructuoso peregrinar por Alicante, León, Málaga y Alcorcón.
Ana Santos ha tenido durante diez años el trabajo posiblemente más soñado para quien ame a la vez los libros y lo público: directora de la Biblioteca Nacional de España (2013-2023). Una vez jubilada, esta licenciada en Geografía e Historia nacida en Zaragoza hace 68 años ha ganado el premio Espasa de Ensayo con Sembrar palabras, un recorrido de siglos por la educación y la lectura como arma de emancipación de las mujeres.
Cuando hace 40 años, en diciembre de 1985, puse por primera vez un pie en Nueva York, no era consciente de que acababa de emprender un viaje sin retorno. Sin habérmelo propuesto, el centro de gravedad de mi vida se había desplazado para siempre al otro lado del Atlántico, que desde entonces he cruzado en unas trescientas ocasiones. Dos tercios de mi vida han transcurrido en Nueva York, ciudad que me ha marcado de manera indeleble: aquí hice un doctorado en literatura, gané una cátedra en un college de élite y nací públicamente como escritor, con una novela que ganó el Premio Nadal en 2006, Llámame Brooklyn. Aquel mismo año fui nombrado director del Instituto Cervantes de la ciudad, cargo que desempeñé hasta 2011. Desde que llegué, he observado atentamente la cultura estadounidense a través de un prisma doble: la situación del español y el estado de la cuestión de la literatura norteamericana. Década tras década he ido dando cuenta de ambas cosas desde las páginas de este periódico.
Mi propósito de año nuevo es así de simple: comer. Sin pensar, controlar, sin dietetizar, desoyendo razones estéticas o médicas. Seguir sin más mi propio apetito, esa inteligencia que ha guiado la humanidad a lo largo de su historia y que ha dado lugar al maravilloso mundo de la gastronomía. Saborear, olfatear, degustar, paladear los alimentos a nuestro alcance, convertir una necesidad biológica en una experiencia llena de significado. Lo opuesto al buen comer es el nutricionismo salubrista que lo ha invadido todo. Pensar en proteínas, carbohidratos, grasas, etcétera, no es un avance sino un empobrecimiento de la cultura del comer al reducirla a su funcionalidad. Si el lenguaje funcionara del mismo modo, no existirían la literatura ni el periodismo ni la poesía ni las narraciones, solo la gramática.
Cuatro policías de Madrid vestidos con ropa de calle están escondidos en el camarote de un velero frente a las costas de Mauritana. Llevan tres días navegando. Duermen como les deja el mar, que sacude la embarcación con violencia. Al timón está un alemán aventurero que les alquiló el barco en el Puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, y al que le pareció emocionante acompañarlos en busca de un cargamento de cocaína. La otra mitad de la tripulación la forman agentes de Vigilancia Aduanera. Son unos diez, y el velero, de 18 metros de eslora, se les queda pequeño. El cansancio, los nervios y las olas les han hecho creer que no van a encontrar el buque que buscan, hasta que ven la señal en el radar.
Hace más de una década que buena parte de Málaga mira al horizonte con preocupación. Son quienes creen que un rascacielos de 144 metros de altura en el dique de Levante del puerto cambiará para siempre el paisaje de la ciudad, que nunca tendrá ya el mismo encanto y piensan que el enorme edificio será una mancha en las postales. Hay otra parte que, sin embargo, mira hacia el mismo lugar con ilusión. Son quienes creen que la obra, firmada por el prestigioso arquitecto David Chipperfield, será un icono que marcará el futuro y piensan que afianzará los pilares de la gran capital que aspira a ser Málaga. Diversidad de miradas hacia una iniciativa que tras 10 años de trámites se encuentra, hoy, en punto muerto. Y lo está a la espera de dos resoluciones judiciales, pero también porque el Gobierno no termina de ver que la actuación sea de interés general, requisito imprescindible para que salga adelante. Para Jordi Ferrer, director ejecutivo del Grupo Inversor Hesperia, promotor junto a la empresa catarí Al Alfia, es “incomprensible” que ese interés no se vea con claridad “por todo el valor” que la iniciativa va a aportar, desde su punto de vista, a la ciudad.
Este primero de enero se han cumplido 40 años desde la entrada efectiva de España en la Europa comunitaria y merece la pena detenerse a señalar el éxito absoluto que supuso aquella operación, no siempre suficientemente valorada. Un éxito tanto para España y Portugal, que accedieron juntas a la entonces llamada Comunidad Económica Europea (CEE), como para el propio club comunitario. España se integró entonces en el espacio económico y geopolítico más democrático del mundo. Rompía así el lastre de siglos en declive y reencontraba un espacio en el que había venido arrastrando un papel meramente residual y que ofrecía enormes palancas desde las que organizar colectivamente, junto a sus vecinos, su presente y futuro en un mundo lleno de dificultades.
1. Toma partido por España, este era el eslogan que presidía la conferencia de prensa de balance del año del presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. Es decir, apúntate al PP, el único en el que la patria puede confiar. Que a su vez es lo mismo que dice la extrema derecha, Vox, el partido de la verdadera España. El noviazgo incómodo pero irrenunciable entre estas dos familias, hay amores que matan, pasa por este punto: la autenticidad patriótica, la disputa por la apropiación de una realidad esencial que les une y les separa a la vez porque ambos quieren tener el reconocimiento como auténticos sacerdotes de la nación con derecho a señalar a los adversarios como traidores y vendepatrias. Una concepción del mundo con antecedentes que no son precisamente ejemplos de democracia. Tomar la nación como una realidad transcendental es puro totalitarismo. Y en este país, además, tenemos la experiencia del fascismo franquista.
Empezamos agenda, el 2025 es pasado. Ya sonaron las campanadas en la Puerta del Sol —con publicidad incluida— y ya hemos escuchado el concierto de Año Nuevo. De 2025 debemos recordar lo bueno, pero también tener un ojo en lo negativo. En el ámbito de las redes sociales, que es a lo que se debe este espacio, resulta imposible hacer un repaso completo a todo un año. Sin embargo, uno no se equivoca al decir que en las redes de 2025 ha habido mucho odio, desinformación y noticias falsas, creadas y difundidas con la intención de insultar a minorías. Y todo se ha multiplicado gracias a las granjas de bots, a las cuentas falsas que hacen que en plataformas como X sea imposible seguir una conversación ordenada, que provocan linchamientos y que algunos cierren sus perfiles.
El 4 de diciembre las fuerzas de seguridad de Putin abatieron en Sebastopol, en Crimea, al comandante ruso Stanislav Orlov, al que llamaban Español. Era un tipo peculiar, había combatido en Donbás al inicio del conflicto en 2014, y cuando Moscú ordenó la invasión de Ucrania a gran escala en 2022 formó una brigada en la que reunió a fanáticos del fútbol de Rusia, pero también del resto de Europa. Juntó así a feroces hooligans que pusieron entre paréntesis los colores de sus equipos y que se unieron con sus habituales enemigos, a los que odiaban en los estadios y a los que hubieron querido desde siempre pisotear como si fueran chinches, para combatir por una causa, la del ultranacionalismo ruso, que tenía el poder de hervir todo el resentimiento que llevaban acumulado en las entrañas y dirigirlo contra las gentes de Ucrania. La brigada se llama La Española y, en octubre, contó en las páginas de este periódico Javier G. Cuesta, la ordenaron cerrar “desde arriba”. No se sabe muy bien por qué liquidaron un poco después al jefe, a Español, se habla de que fue por sus vínculos con el crimen organizado. Esta pequeña historia sirve para despedirse de 2025 y para olfatear lo que puede venir este 2026 que acaba de empezar.
Pedí en el mercado que me deshuesaran un pollo y me quedé a ver cómo lo hacían. El deshuesador combinaba fuerza y delicadeza. Se adentraba en las entrañas del cadáver como si desnudara a un bebé. “Antes fumaba mientras hacía esto”, dijo. “Antes fumábamos haciendo cualquier cosa”, dije yo, “a veces hacíamos cualquier cosa para fumar”. Las manos del hombre tenían una lógica propia, una memoria acumulada, una filosofía cárnica. Separaban, giraban, encontraban junturas invisibles, como si el animal hubiera sido diseñado para desarmarse. Quizá por aquello de que a todos, en mayor o menor medida, nos gusta ser el muerto en la autopsia, me identifiqué con el pollo y me vi de súbito sobre el mostrador, siendo desposeído de mi osamenta por aquellos dedos expertísimos. A medida que el pollero avanzaba en el deshuesado, me sentía yo como la España invertebrada a la que Ortega dedicó un volumen fundamental. “De qué lo va a rellenar”, me preguntó. “De ideas”, respondí en broma. “No está mal”, añadió él, “pero yo le añadiría algo de pan rallado, carne picada y ciruelas”.
Quiero expresar mi apoyo total y absoluto a los jóvenes de la comisión de fiestas de Villamanín que, ante un error cometido, se encuentran ahora ante la peor cara del ser humano. He sido miembro de la comisión de fiestas de mi barrio en Barcelona y sé lo que es dar un paso al frente para organizar dicho evento. Nadie se pone en tu pellejo, pero tú debes aguantar toda la presión del mundo. Creo que lo que estos jóvenes han hecho por su pueblo es encomiable. Querer mantener al pueblo vivo, organizando las fiestas de este, es una tarea muy noble, hoy que se critica tanto al colectivo joven y se habla tanto de la España vaciada, estos chicos, pese a su error, nos han dado una lección a todos. Quieren que su pueblo no muera y dan un paso al frente. Han cometido un error, sí, pero no es justo que las reacciones sean tan violentas. No me gustaría que decidieran rendirse. Todo mi ánimo y mi fuerza para que no abandonen. Lo que han hecho, muy pocos lo harían.
Maydeen Mohamed Adam observa en silencio a su madre, Khaliya, por encima de la valla de cañas y ramas secas que separa las dos viviendas familiares, contiguas e igual de humildes. Ella habla de él: de cómo decidió marcharse a Europa, de cómo fue maltratado en Libia, de cómo cruzó el Mediterráneo en patera, llegó a Alemania y fue deportado de vuelta a Sudán. Maydeen era “normal” cuando se marchó, pero regresó convertido en otra persona. “Tiene una enfermedad mental”, explica su madre, mostrando la foto de la medicación que debe tomar diariamente: un tratamiento para la esquizofrenia y los brotes psicóticos. “Es muy cara y no podemos comprarla”, susurra.
Hoy hace nueve años que nos dejó el escritor y crítico británico John Berger. En 2026, además, se celebra el centenario de su nacimiento, el de uno de los intelectuales más originales, comprometidos e influyentes de la segunda mitad del siglo XX y de los inicios del XXI. Después de una carrera exitosa como crítico de arte y pintor, en el Londres de la posguerra, decidió abandonar su país y recaló en Quincy, un pequeño pueblo de los Alpes franceses, muy cerca de Ginebra, ciudad en la que está enterrado Borges y por quien Berger sentía una gran admiración, a pesar de estar en las antípodas ideológicas. Había abandonado la pintura para dedicarse íntegramente a la escritura, una escritura híbrida, sin fronteras, como el mundo que imaginaba. De hecho, la emigración fue uno de los temas que recorren su obra, en la que cohabitan varios géneros, desde el cuento a la novela, el guion cinematográfico (trabajó con Alain Tanner), la poesía o el ensayo, por separado o dentro de un mismo libro, como en Puerca tierra, el primer volumen libro de su Trilogía de las Fatigas. “Otros se fatigaron/y vosotros os aprovecháis de sus fatigas”. Esta cita del Evangelio de San Juan abre el libro y conviene recordarla ahora que estamos en épocas navideñas. El autor de Modos de ver, G (Ganador del Booker Prize), Una vez en Europa o Lila y Flag fue un marxista muy heterodoxo, con los pies en la tierra pero con un sentido de la trascendencia.
Zarzuela no confirma si la Familia Real cenó angulas o no la noche del 24 de diciembre, tal y como han dado a entender algunos medios de comunicación. Asegura que solo informa de los menús cuando se trata de actos oficiales, pero no de comidas privadas. Respetando la privacidad del Rey y la Reina cuando están pasando un tiempo en familia, en España hay mucha gente pendiente de ellos y este no es cualquier plato navideño. Las angulas son los juveniles de la anguila europea, una especie al borde de la extinción, y su consumo ha pasado a ser, debido a la escasez, una exhibición de estatus. Tanto si es un bulo como si no, sería bueno que los reyes se desmarcasen del consumo de angulas para no contribuir a la extinción de una especie. Si no estaban en su mesa navideña, mejor terminar con una mentira que confunde, que les perjudica a ellos mismos por el rechazo que suscita y que no ayuda en nada a la conservación de este animal. Y, si es verdad que las comieron, sería un gran ejemplo que la Casa Real se comprometiera a partir de ahora con la conservación de las anguilas.
Los últimos hallazgos en la villa romana de Noheda, en la localidad conquense de Villar de Domingo García, están ayudando a reconstruir la dieta de ricos y pobres en la Hispania romana de hace 1.600 años. Un grupo de investigadores, con el director del yacimiento Miguel Ángel Valero a la cabeza, ha empezado a descifrar la alimentación de las familias más pudientes —las que residían en la pars urbana— y la de los esclavos o trabajadores que habitaban la pars rustica de este enorme complejo agropecuario, que ocupó unas diez hectáreas y del que apenas se ha excavado un 5%. Universidades de todo el país e instituciones como el CSIC analizan miles de desechos orgánicos encontrados en las diferentes campañas de excavación. Un trabajo de precisión que incluye también los restos óseos de nueve individuos inhumados en una pequeña necrópolis levantada en la época de declive de la villa, entre los escombros del enorme salón cruciforme descubierto en 2021 y cuyo uso, aún hoy, sigue siendo un misterio para los investigadores.
Con el paso del tiempo solo quedan las huellas más profundas de la historia: un triunfo bélico, una tiranía, una revolución o una era dorada, de cultura y progreso. Hitos como los protagonizados por Catalina la Grande, Tutankamón, Pol Pot, Isabel II, Gengis Khan o Simón Bolívar. Cualquiera ahora puede imitarlos, o incluso atreverse a corregirlos. De Europa Universalis V a Twilight Struggle, de Civilization VII a Anno 117: Pax Romana, pasando por Imperium, una amplia oferta de juegos de mesa y videojuegos gira en torno a civilizaciones, y recrea hitos históricos. Reviven los eventos congelados en los manuales de texto, y hasta los cambian: guerra o paz, libertad o despotismo, impulso a las artes o la exploración. El aspirante a leyenda verá lo complicado que se vuelve su día a día. Por lo menos, no hacen falta talentos descomunales: tan solo unas horas, y paciencia. Nada, comparado con los siglos que se abarcan. Se juega, al fin y al cabo, a (re)hacer la historia.
Ramón Mayrata (Madrid, 73 años) llega a la novela desde la magia y a la magia desde la fascinación. Encuentra en la palabra el conjuro que hace comprensible el mundo. La cita con él es en la Fundación Juan March de Madrid, a cuya biblioteca acude con frecuencia para consultar su colección de ilusionismo. Acaba de publicar La belleza de la magia (Eolas Ediciones), un breve pero absorbente ensayo en el que toca el chamanismo, la ciencia y la sociología a través del ilusionismo. A su llegada a la biblioteca, dos magos extranjeros que se hallan inmersos en el estudio, quieren conocerle. Él les atiende con gentileza. No importa el tiempo del que dispongamos; la entrevista se quedará corta.
Una noche de mediados de septiembre de 2021, la pintora Erika Gallo fue al lavabo y cuando levantó la tapa del váter vio que el agua de la taza estaba hirviendo. Antes, algunos vecinos habían hablado de ruidos subterráneos y de un extraño olor, como a huevo podrido, pero era dióxido de azufre. Sucedió en la cordillera volcánica de Cumbre Vieja, donde poco después emergió el volcán Tajogaite, transformando aquella la parte de la isla de La Palma en la nueva zona cero en la constante recomposición del planeta Tierra. Lo cuenta en el documental La Palma: el último volcán (César Armas, Desirée Hernández, 2022), disponible en Movistar.