“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
En la última tarde del año me cruzo con un grupo de adolescentes en el momento en el que uno de ellos dice: “Me voy a agarrar un pedal esta noche…” Lo dice con la misma neutralidad con la que informaría a los otros de que va a tomar un tren o a preparar unas oposiciones. Yo aprovecho esas horas de calma previas a la gran banacal para disfrutar el último silencio del año, que es un adelanto del que llegará mañana, cuando la quietud sea tan completa como la de un paseo por el campo, o por una ciudad deshabitada. En la primera mañana mucha gente se alivia la estridencia nocturna y la resaca con el kitsch lujoso del concierto de Año Nuevo en Viena. Yo prefiero adentrarme en esta especie de lago liso de silencio sabiendo bien que no habrá muchas oportunidades de que se repita en los próximos doce meses, a no ser que uno se retire en pleno campo, o a un pueblo como el que a mí me acoge estos días, en el que hasta los conatos de gran juerga quedan limitados por la media de edad de los habitantes, y quizás también por un sentido de la mesura que induce más a la celebración alimenticia y fraternal que al vandalismo alcohólico. En el pueblo la iluminación navideña es tan comedida como los vasos de plástico y los restos de cotillón que uno encuentra en la plaza de la iglesia al salir esta mañana. De noche, las estrellas de Belén y las guirnaldas de luces rojas y azules se dibujan contra el cielo muy oscuro en los callejones últimos que dan al campo. La plaza de la iglesia se abre a la vega y al horizonte de cerros y montes sucesivos como una de aquellas “altas barandas” de Granada que alentaban la imaginación visual de García Lorca. En la media mañana silenciosa el aire húmedo huele a humo de leña. Ahora me doy cuenta de que en este pueblo de nombre y topografía musulmana las calles estrechas ascienden por la ladera en cuestas difíciles como las del Albaicín, que está tan lejos. En calles así es fácil oír muy cerca pasos y voces de gente que uno no llega a ver. La escasez de los sonidos afila el oído. El viento suave y frío hace rodar vasos de plástico sobre las losas de la plaza.
Cien años después del nacimiento de Yukio Mishima, la conmemoración del escritor japonés, candidato al premio Nobel y autor consagrado dentro y fuera de su país, ha pasado casi desapercibida: en Japón apenas ha habido actos de celebración, salvo algunos discretos encuentros académicos, y lo mismo ha sucedido en Europa. Sin duda, la deriva ultranacionalista del escritor, suicidado por seppuku junto a su amante Morita con 45 años, ha inspirado la escasa presencia del autor en este 2025. Estas someras iniciativas recuerdan lo ocurrido en Francia en el aniversario del polémico y brillante Louis-Ferdinand Céline, aunque entonces la conmemoración fue convertida finalmente en debate nacional, sin homenajes oficiales ni intentos de rehabilitación moral. En ambos casos late el mismo dilema: la separación entre obra y autor. Pero Céline no habría escrito Viaje al fin de la noche sin ser quien fue, el fanático antisemita, ni Heidegger habría elaborado su metafísica sin sus cuadernos negros y su adhesión al nazismo, ni Mishima sería uno de los mayores escritores en lengua japonesa sin su ultranacionalismo. Existe una identidad indisoluble entre obra y persona, y la separación entre ambas debe competer únicamente al lector.
Hay un termómetro social mucho más preciso que el CIS, Sigma Dos o GAD3: el especial de José Mota. Cada Nochevieja, millones de españoles sintonizamos Televisión Española para enterarnos de lo que ocurre en nuestro país. Porque entre broma y broma, la verdad asoma. Mucho más que entre bronca y bronca, que es a lo que les tenemos acostumbrados los que salimos en la tele y, a priori, no hacemos humor sino tertulias.
Hace miles de años, cuando éramos niños, una noticia prendió como un chispazo por los arrabales de mi ciudad. Mi hermano había acertado la quiniela de 14. ¡Éramos ricos! O él era rico, pero reaccionamos con esa euforia contagiosa de quienes vivimos las buenas noticias de los nuestros como si fueran propias. Entonces no había móviles ni sé cómo nos enteramos, pero corrimos tan rápido a casa para celebrarlo que casi nos chocamos de frente, por el camino, con otro chico que también volaba entusiasmado hacia la suya. También la había acertado. Y con otro. Y con otro más.
Uno de los acontecimientos más espectaculares de este año que entra ocurrirá el 21 de mayo en Las Vegas: una competición deportiva en que los atletas irán hasta las cejas. Quizá no de cualquier sustancia, pero desde luego sí de las llamadas drogas para mejorar el rendimiento (PED, por performance-enhancing drugs), como por ejemplo los esteroides anabólicos, que imitan a la testosterona y promueven el crecimiento muscular, los estimulantes que mejoran la concentración y la eritropoyetina, una hormona que fomenta la producción de glóbulos rojos en la médula ósea y, por tanto, incrementa el aporte de oxígeno a los músculos.
Este año, la exploración del espacio nos ha dado muchas sorpresas. Los avances han incluido observaciones sobre objetos celestes dentro y fuera de nuestro sistema solar y misiones espaciales que han marcado hitos históricos. También se han realizado hallazgos sorprendentes en mundos con condiciones potenciales para la vida, y se ha analizado el material recogido en lejanas rocas con información clave para la historia biológica de la Tierra. Los diez descubrimientos astronómicos de 2025 reflejan un año de intensa búsqueda de conocimiento, donde cada avance nos ayuda a comprender nuestro lugar en el cosmos. La verdad, sin duda, sigue ahí fuera.
La sala de rayos X del hospital de Nebaj, el único de la región Ixil, punto de referencia para casi 170.000 habitantes del departamento de Quiché, en el oeste de Guatemala, deja de funcionar a las cinco de la tarde y no vuelve a arrancar hasta las 22.30. El gran generador a la espalda del edificio ruge con fuerza, pero no logra cubrir la demanda de todo el hospital cuando la electricidad registra un fallo importante. “Si el generador deja de funcionar, las personas entubadas en el área crítica pueden morir y quien necesita una radiografía debe pagar una clínica privada”, murmura un enfermero en los pasillos.
La gestión pasiva ha registrado un auge imparable en los últimos años, hasta el punto de sacudir y obligar a mover ficha a toda la industria de la gestión de activos. Los ETF o fondos cotizados se pliegan a la marcha del mercado al máximo detalle, ya sea replicando índices bursátiles, bonos o metales preciosos como el oro o la plata. Su gran atractivo radica en ofrecer la misma rentabilidad que el conjunto del mercado y hacerlo, en un favorable entorno alcista como el de los últimos años, con unas comisiones bajísimas frente a los fondos de inversión activos, que requieren de un equipo de análisis para la toma de decisiones y exigen más gastos. Pero las tornas podrían cambiar en 2026: los analistas apuntan a este año como el de la vuelta a la gestión activa.
Sabemos que la modernidad en el arte, en el cine, incluso en el psicoanálisis, deriva de una contradicción: la vérité romanesque (la verdad novelesca). Convertida en un espacio visual unificado, la obra se ofrece como escenario donde recomponer los acontecimientos, los significados, el espectáculo de la memoria. Todo cuenta, incluido lo que no se ve. Entonces, asoman algunos comisarios y/o semiólogos que conceden nuevas funciones y sentidos a un determinado cuadro, sacando a la luz materiales, organizándolos de manera diferente, postulando tesis y narraciones sorprendentes.
El Superman de James Gunn, estrenado el verano pasado, marcó un momento oportuno para la reflexión en torno a la evolución y los claroscuros de un género cinematográfico que ha acabado dominando el paisaje global del block-buster, condicionando esa densa red de plataformas donde toda obra ha sido rebajada a la categoría nominal de contenido y que hoy ocupa el espacio antes conocido como Hollywood. Gunn parecía empeñado en devolver al público una ilusión anacrónica: la de ese público potencial que, allá por 1978, esperaba el estreno del Superman de Richard Donner: en definitiva, la película que abrió la puerta a esta era de sobresaturación superheroica. Gunn, cuyo sello autoral se definía en el humor cínico, distanciado y metalingüístico de Guardianes de la Galaxia y, sobre todo, su radical El Escuadrón Suicida, apostaba por un registro muy distinto: formado en la Troma y lejos de toda sospecha de acercarse al imaginario del cómic sin verdadera pasión de fan, Gunn recibió intempestivas acusaciones de woke, mientras intentaba demostrar, con afilado ingenio, que, tras tantos años de justicieros oscuros y atormentados, quizás otro cine de superhéroes era posible.
En 1961, Hannah Arendt fue enviada a seguir el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén. Según dejó escrito, Eichmann no era el monstruo de maldad que imaginaba, sino un meticuloso funcionario, torpe para la mayor parte de las cosas y hábil para unas pocas, entre ellas, organizar la logística del exterminio de los judíos en Europa. De ello se deducía que Eichmann había actuado de un modo rutinario y banal. Muchos años después, el historiador David Cesarani demostró que Eichmann era, en realidad, un fanático nazi antisemita y que no se limitaba a cumplir órdenes. No era tampoco uno de los “hombres grises” que Christopher R. Browning había estudiado en el Batallón 101 de la Policía de Reserva del Reich, agobiados por la presión de grupo y alcoholizados la mayor parte del tiempo. Entre los alemanes “corrientes” anidaba una pulsión genocida, llegó a aseverar Daniel Goldhagen.
Verdugos del 36David Alegre Lorenz Crítica, 2025 624 páginas. 23,90 eurosUna antorcha quema, ilumina y deja rastro. Eso es lo que hizo el escritor Karl Kraus con Die Fackel (La antorcha), la revista que desde 1899 y hasta su muerte en 1936 dirigió y prácticamente escribió entera desde el corazón de una Europa imantada a la barbarie. Unas 30.000 páginas de artículos, ensayos, estudios, poemas, canciones, teatro, citas, cartas, aforismos, sátiras y toda clase de géneros literarios que provocaban el escándalo de la burguesía austrohúngara y el asombro de escritores coetáneos como Kafka, Brecht, Benjamin, Musil, Trakl, Schnitzler y —sobre todo— Canetti.
Historias dentro de historias: la de la escena que narra una pintura; la del artista que plasmó esa imagen; la de los materiales que empleó; la del objeto mismo, sea tabla o lienzo, y su marco; o la que ha recorrido una obra de arte desde el taller donde fue realizada hace siglos hasta las salas o almacenes del Museo del Prado. Todos estos relatos han cautivado al autor Mathias Enard (Niart, Francia, 53 años) en las seis semanas que ha pasado en la residencia para escritores de la pinacoteca madrileña, un programa, Escribir el Prado, que ya va por su sexta edición y que cuenta con el apoyo de la Fundación Loewe.
No todo se puede oler en el Kunstpalast de Düsseldorf. El nazismo, por ejemplo. Cuando el comisario de la exposición alcanzó este episodio traumático de la historia, decidió orillarlo, no difundir ningún aroma en la sala y limitarse a citar algunos apuntes culturales del Tercer Reich para continuar con sus consecuencias, los olores de los años de la Guerra Fría. Robert Müller-Grünow ha diseñado un recorrido histórico exhaustivo, desde la antigüedad hasta el presente, en torno al aroma y su poder oculto repartido en 37 galerías. El reto era exponer algo que no se puede ver y que hay que crear —el olor— y acompañarlo fielmente con las obras de arte de la colección histórica del museo, una de las cámaras del tesoro de Renania.
He acabado el año y empezado el nuevo entre ballenas. No se deduzca de esto que estoy en un viaje aventurero en plan Melville, Conrad o Jack London por esos mares de dios, no, mis ballenas son como casi siempre —algunas he visto en su elemento y una vez hasta me hicieron probar una en las Feroe: la grasa te inunda la boca como la cubierta del Pequod— ballenas de libros. Y también de una estupenda serie televisiva que he recuperado ahora gracias a Filmin, La sangre helada, basada en la sensacional novela de Ian MacGuire publicada en castellano con el mismo título por Roca Editorial (originalmente novela y serie se titulan The North Water).
El Espanyol atraviesa su mejor momento deportivo y social de los últimos años. Con el porcentaje medio de posesión más bajo del campeonato (41%), un dato que no inquieta a su técnico, Manolo González ha construido un equipo de autor, reconocible y eficaz. Ordenado en defensa y certero con transiciones inteligentes, el conjunto de Cornellà ha aprendido a sufrir y ha encontrado en el balón parado una ventaja competitiva con ocho goles, el que más de la Liga. “Siempre le he dado mucha importancia a esto. Me ha dado muchos puntos en todas las categorías”, subrayó ayer el técnico. Detrás de esas acciones hay un nombre propio: Edu Expósito.
“Un desafío para los que se van, un sueño para los que se quedan”. Es la máxima de Thierry Sabine, fundador del Rally Dakar en 1978, que el expiloto francés David Castera, director de la prueba desde su aterrizaje en Arabia Saudí, ha intentado recuperar y modernizar durante su mandato al frente de la mítica carrera. Este sábado, en la ciudad costera de Yanbu, arranca la séptima edición en tierras arábigas con dos españoles entre los grandes favoritos. El madrileño Carlos Sainz (Ford), a los 63 años, buscará su quinto Touareg en la categoría de coches; el valenciano Tosha Schareina (Honda), a sus 30, intentará escalar el peldaño definitivo en el podio de motos tras su segunda plaza del curso pasado.
La Place Vendôme, esa pequeña plaza que concentra joyerías centenarias, hoteles de lujo y salones históricos de casas de alta costura, se llena de clientes millonarios, influencers, celebridades y, por supuesto, fotógrafos durante los días de la Semana de la Moda de París. Pero una mañana del pasado octubre, los curiosos que acuden a ver a los famosos y a fotografiarse delante de su obelisco se sorprendieron (y algunos, por desgracia, se asustaron) al ver un público muy distinto al habitual: decenas de gente con plataformas de cuero, tatuajes en la cabeza, cadenas como adorno, lentillas de colores y antifaces. El epicentro del lujo mundial se había convertido en una especie de club para cyberpunks. De eso se trataba. “Quisimos hacer el desfile aquí porque representa un ámbito al que no pertenecemos”, cuenta Steven Raj Bhaskaran, mitad del dúo canadiense Matières Fécales junto a Hannah Rose Dalton. La colección se titula Hannah, precisamente por ella. Nació como una carta de amor de Steven hacia su pareja profesional y laboral. “Durante estos tiempos difíciles, creíamos que era importante inspirarnos en el amor, que es lo más humano que existe. Para mí ver a Hannah salir al mundo cada día y recibir miradas y opiniones por su forma de expresarse me entristece, pero también me hace admirarla más”, explica el diseñador, “porque ella sigue caminando entre las burlas y a veces hasta las agresiones verbales. Es increíble”.