“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Vivimos en un mundo, el mundo real, que está gobernado por la fuerza, que está gobernado por el control, que está gobernado por el poder”, declaró el adjunto al Gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller, la semana pasada en la CNN. “Estas son las leyes de hierro del mundo”. Llegaba tan exuberante de invadir Venezuela y secuestrar a su presidente, Nicolás Maduro, que en lugar de una entrevista dio un discurso, ante la visible irritación de Jake Tapper, el presentador. Dijo que “el futuro del mundo depende de que EE UU sea capaz de afirmarse a sí mismo y a sus intereses sin pedir disculpas”, y que se acabaron las “formalidades internacionales” y “todo lo que ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Occidente empezó a disculparse, a humillarse y a suplicar”. También se ha acabado lo de pedir disculpas por matar gente.
El presidente de los Estados Unidos ha expresado con claridad su interés por Groenlandia. Las manifestaciones a este respecto datan de su primer mandato, pero entonces fueron consideras una extravagancia propia de un mandatario poco convencional. La atención que la Estrategia de Seguridad Nacional recientemente aprobada dedica a este territorio invita a tomarse el asunto más en serio. Con todo, lo realmente inquietante no está tanto en escuchar a distintos portavoces de la Administración norteamericana decir que Estados Unidos se hará con la isla “por las buenas o por las malas”, como en la credibilidad que adquiere lo dicho tras la intervención ilegal en Venezuela. El presidente de los Estados Unidos ha declarado, sin rodeos, que su acción política no encuentra límite en el derecho internacional y, en esta misma línea, ha cuestionado también la soberanía de Dinamarca sobre Groenlandia al afirmar, de manera burlona, que “el hecho de que [los daneses] desembarcaran allí con un barco hace 500 años no significa que sean dueños de esa tierra”.
La mejor comunicación de la Casa Blanca sobre la captura de Maduro en Venezuela se encuentra en una publicación de X que ha superado los once millones de visualizaciones. Se trata de un montaje de vídeo —apenas cuarenta segundos— en el que Donald Trump aparece asumiendo la presidencia de Venezuela. En el clip, generado con inteligencia artificial, el cabello color panocha del presidente se ha transformado en un pelazo moreno. El personaje luce, además, un notable bigote. El resultado es un híbrido entre Trump y Maduro que sonríe a la cámara y declara en un español chapucero: “¡Vamos a hacer a Venezuela grande de nuevo! Vamos a tener una gran fiesta, con todo, los tacos que quieran, mucho mariachi y mamacitas”. Resulta francamente complicado evitar la carcajada.
Casi nadie hace lo que dice. El diagnóstico vale para los individuos, pero también para colectivos o sociedades enteras. En nuestros días solemos repetir dos mantras con gran prestigio intelectual que, sin embargo, rara vez pasan de la retórica: el elogio del pensamiento crítico y la invocación constante a la complejidad del mundo. Aparecen en discursos empresariales, en la publicidad educativa y en conferencias motivacionales, pero escasean cuando llega el momento de actuar.
Quienes hayan buscado ayuda digital para traducir fragmentos de texto estarán familiarizados con DeepL, una de las herramientas mejor valoradas del mercado. Cuando se lanzó, en 2017, varios analistas consideraron este traductor automático mejor que Google Translate o Microsoft Translator. Y sigue a la vanguardia.
La pista la proporcionó un vecino de la zona en la que se levantó el campo de concentración de Albatera (Alicante). “Me contó que, en los años 50, existía una montaña de latas de sardinas vacías apiladas en una parcela”, recuerda Felipe Mejías, director del proyecto arqueológico que trata de recuperar la historia de este penal franquista. Aquella acumulación de basura no podía ser más que “un vertedero”, todo un tesoro para los especialistas. La última campaña, realizada durante el pasado mes de noviembre, ha demostrado que la parcela apuntada por el vecino era un filón. “Hemos encontrado un botón de casaca militar del ejército de Estados Unidos, una moneda holandesa, otra suiza y otra soviética”, declara Mejías. La prueba que confirma, en su opinión, “la presencia de presos brigadistas” en el centro penitenciario alicantino.
Las personas tenemos la sensación de que todo pasa muy deprisa. Pero es un tiempo extraordinariamente lento en comparación con la velocidad de los sucesos en el mundo microscópico, más allá de los límites de la percepción humana, donde se determina la materia, donde las combinaciones de partículas conforman todas las sustancias del universo. Allí hay sucesos que se producen en attosegundos (as), la trillonésima parte de un segundo. Un as es equivalente a 0,000000000000000001 segundo o 10-18 y se corresponde, aproximadamente, con el tiempo que tarda la luz en atravesar un átomo y la escala natural del movimiento electrónico en la materia. El Instituto de Ciencias Fotónicas (ICFO) también ha conseguido un pulso de rayos X blandos de tan solo 19,2 attosegundos
Nunca han coincidido todos a la vez. Salvo en las listas de los mitos del videojuego. Y, seguramente, en los sueños de algún usuario. Desde luego, conformarían un grupo peculiar: un fontanero bigotudo, una arqueóloga intrépida, un puercoespín rapidísimo, un guerrero y una princesa, un mono encorbatado, un marsupial en vaqueros y un extraño roedor amarillo. Estrambótico, para quienes no los conozcan. Si es que los hay: a estas alturas, son leyendas globales. Y lo celebran en 2026 con cumpleaños redondos: 45 para Mario y Donkey Kong; 40 de Zelda y Link; 35 en el caso de Sonic; 30 para los más jóvenes, Pikachu, Lara Croft y Crash Bandicoot. Todo un homenaje a una era de creatividad desatada, la que inventó los primeros iconos de consolas y ordenadores. También un recordatorio de los avances que ha vivido el sector hasta hoy. Y, de paso, una ocasión para preguntarse cómo trascendieron las pantallas para marcar la cultura popular. Y por qué otras celebridades de los videojuegos apenas lo han logrado desde entonces.
La estatua más célebre de la ciudad de Boston, en la costa este de Inglaterra, está dedicada a un periodista. Quizá radique ahí la causa de todos los males que aquejan a esta villa, que en 2016 se hizo famosa por ser la que más fervientemente respaldó el Brexit en todo el Reino Unido, en aquel referéndum del 23 de junio, del que pronto se cumplirán diez años. Un 75% de la población con derecho a voto apoyó la salida de la UE.
Entre los que se ganan la vida con la venta de drogas en las favelas de Brasil también hay quien de niño soñó con ser piloto de avión, astronauta, profesor o contador de historias… pero, como dicen aquí, tomaron el mal camino. Ahora, el gran anhelo de la mayoría es una casa propia y una fuente estable de ingresos al margen del crimen. Y también, un coche (o una moto) de lujo. Lo sabemos gracias a una encuesta muy fuera de lo común: basada en entrevistas cara a cara con 3.954 delincuentes en barriadas de casi todo el país. Radiografía de la vida real, un proyecto impulsado desde la sociedad civil, es el retrato detallado de los hombres y mujeres que operan la cadena del narcomenudeo en Brasil. Traza el perfil y los anhelos de ese enemigo abstracto al que la mayoría de sus compatriotas solo conoce por operaciones policiales brutales, como la de octubre en Río de Janeiro.
Todo empezó hace casi tres décadas en Ámsterdam. Por una de esas carambolas extrañas, Cristina Branco (Almeirim, 53 años), que estaba acabando su licenciatura en Comunicación y había aparecido fugazmente en un programa de la cadena pública portuguesa RTP, fue invitada a cantar para conmemorar la Revolución de los Claveles ante los emigrantes que años atrás habían huido del país para evitar la guerra colonial, la dictadura o la pobreza. Muchos de los refugiados en Ámsterdam, recuerda la artista durante una entrevista en Lisboa, pertenecían al exilio cultural, formado por creadores que habían escapado de la censura y la policía política.
Sobre el azul furioso del Cantábrico se eleva un chorro blanco. Ha durado solo un segundo, lo suficiente para que el atento atalayero lo haya visto. Así que echa leña húmeda y hojarasca a la hoguera para que el humo avise al pueblo de esta aparición tan esperada. Enseguida se oyen las campanas, repican “a ballena”. Y ya los pescadores, con los arponeros al frente, empujan hacia el mar sus chalupas y pinazas. Los restos de aquellas atalayas desde las que se avistaban las ballenas son algunos de los vestigios que quedan de esta actividad centenaria. Junto a otros, aparecen recogidos en el libro La huella ballenera en el norte de la península ibérica, del biólogo Àlex Aguilar y el fotógrafo Max Aguilar, que acaba de publicar la Universitat de Barcelona.
Es recomendable, incluso diría que indispensable: tiene el magnetismo de los proverbiales dos trenes en la misma vía, a punto de estrellarse. Me refiero a Hola y adiós, el especial de TVE sobre el concierto de despedida de Sabina celebrado en Madrid, el 20 de noviembre de 2025. Lo intenté varios días hasta que finalmente he conseguido visionar sus dos horas largas, superando reacciones que oscilaban entre el disfrute banal y la melancolía por lo que pudo ser y no fue.
Nani Roma vuelve a estar en la cresta de la duna. El piloto catalán, de 53 años, fortaleció este domingo su posición de podio en la general del Rally Dakar, a siete minutos del líder Nasser Al-Attiyah. También vio cómo la organización confirmaba oficialmente su victoria en la quinta etapa del pasado jueves, después de que fuera revocada una sanción por exceso de velocidad interpuesta por la FIA. Para celebrarlo, su familia se juntó en casa para enviarle un vídeo por sorpresa que le hizo derramar alguna lágrima al término de la etapa. Sus hijos Abril, Júlia y Marc, también sus padres, de 96 y 86 años, le mandaron los mejores deseos y un fuerte abrazo.
Las ansias de éxito pueden dar lugar a la búsqueda de atajos para lograrlo. Algo se olían los organizadores de los Juegos Olímpicos de Londres de 1908: fue la primera cita olímpica en la que se incluyó una regla que decía que el uso de cualquier fármaco conllevaría la descalificación. La norma atañía únicamente a la prueba de maratón, no definía lo que se consideraba fármaco y lo que no y su aplicación era a ojo de buen cubero: no había forma científica de identificar su uso. El atleta italiano Dorando Pietri entró en primer lugar en el estadio. Iba tan desorientado que corrió en el sentido contrario de la pista. Tardó 10 minutos en cubrir los últimos 350 metros. 75.000 personas lo ovacionaron al entrar en meta y proclamarse ganador. Fue descalificado por consumir estricnina y atropina. La dosis fue tan alta que puso en riesgo su vida. La decisión de los organizadores enfureció a la opinión pública. Pierre de Coubertin lo consideraba “el ganador moral”, y Arthur Conan Doyle impulsó una colecta para que Pietri pudiera abrir una panadería en su pueblo natal.
Sin duda, usted se merece el primer Premio de la Paz de la FIFA por todo lo que ha conseguido a su manera”, le dijo el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, a Donald Trump mientras éste auto enfundaba al cuello su medalla pacifista, quizá la representación más simbólica y precisa de todo su narcisismo. Infantino contemplaba la escena con sonrisa extática, satisfecho de su contribución a la paz planetaria. El intercambio fue rápido y eficaz: prestigio simbólico e inventado, a cambio de apoyo económico. Hay un Mundial en el que participan 48 selecciones por primera vez en la historia. Hay que llenar los estadios con ocho millones de personas. Hay que cobrar.
No supo lo que era entrar en una cocina hasta que se casó. En el Bilbao en el que nació Rocío Gandarias, hace 87 años, era impensable que una mujer de su posición social anduviera entre fogones. “Se comía bien y en mi casa había servicio. Pero me casé, viví mucho tiempo en el campo, y a mi marido le encantaba recibir en casa y comer bien. Pasaba mucho tiempo en la cocina y nunca sabía quién iba a venir a comer. Desde por la mañana se preparaban bizcochos, desayunos, comidas, meriendas y cenas”, recuerda, sentada en uno de los sofás del confortable salón de su casa en el barrio de Salamanca, en Madrid. Pero no fue hasta que se separó de su esposo, con 45 años y ocho hijos a su cargo —con edades de entre 19 y nueve años—, cuando comenzó a trabajar. “No había hecho en mi vida nada. No quería pedir dinero a mis padres y comencé llevando tartas y platos a los restaurantes. Luego empecé a lo grande. Cogí fama con una gran fiesta que di”. Ese fue el germen de lo que sería más tarde La Cococha, empresa pionera en el cáterin de lujo en España.
De la misma manera que Venecia es un asombro de ciudad, The New Yorker es un milagro de revista. Lleva publicándose cada semana de cada año desde que el sábado 21 de febrero de 1925 —durante los felices años veinte del siglo pasado—, aterrizó en los quioscos con la ilustración de un socarrón dandi con monóculo y sombrero de copa (bautizado como Eustace Tilley) en portada. Irrumpió ofreciendo relatos llenos de humor, dibujos y poemas ocurrentes, un perfil de Giulio Gatti-Casazza, director de la Metropolitan Opera de Nueva York, algún cotilleo sobre el magnate de los periódicos W. R. Hearst, críticas sobre la música de Igor Stravinski, sobre el libro Pasaje a la India de E.M. Forster, sobre algunos cuadros del pintor español Ignacio Zuloaga, o sobre la película The Last Laugh, de F. W. Murnau, uno de los primeros filmes en adentrarse en el derrumbe del individuo ante la salvaje pujanza de la sociedad capitalista.
Cada año veo cómo renuncia media docena de amigos y conocidos. Unos con dolor, otros con alivio. Unos con talento, otros sin él; igual que los que se quedan (unos con talento, otros sin él). Es dificilísimo permanecer en esta carrera de fondo que es el audiovisual, y no digamos ya el cine. Se queda quien puede, no quien quiere. De los que se quedan nunca espere usted la verdad (lo del padre notario, lo de la madre periodista de cuando los medios eran titanes, lo del tío en RTVE, lo de los 10 pisos en alquiler, lo de la madrina que trabajó con ese director que ganó un Oscar, o lo del nuevo marido de la madre, quien casualmente es directivo en la distribuidora en la que ha entrado el chaval). No hace falta que les pregunte usted nada: ya mismo le cuentan que están allí por méritos propios. No pondré aquí las trolas hilarantes que recuerdo, más que nada porque las soltaron, en público o en privado, personas a las que aprecio. Hoy día el frío nos afecta a todos, pero a unos más que a otros.
Oferta, oferta y más oferta. Llevamos años escuchando esta palabra mágica. La solución a los problemas de la vivienda, se nos dice, pasa por inundar el mercado con mucho más suelo, grúas y ladrillos. Y Madrid capital tiene un enorme terreno baldío donde las edificaciones brotan como setas desde abril de 2024. El nuevo barrio se llama Los Berrocales, un nombre que se refiere a peñascos de granito, y el primer día tras las vacaciones de Navidad había 17 obras en marcha. La construcción más avanzada es un edificio blanco de 110 pisos llamado Sinán que probablemente este verano se convertirá en el primero en ser habitado. Quedaría inaugurado un barrio que rondará los 67.000 vecinos, más que Mérida, Zamora o Ávila.