“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
Uno. En Sin conexión en Teherán, un testimonio de la brutal represión en Irán durante las protestas de enero publicado en Letras Libres, la autora muestra su asombro cuando personas muy distintas preguntan “cuándo viene Trumpy”. Eso no va acompañado de simpatía por Trump ni por Estados Unidos, sino por el rechazo a un régimen tiránico y la desesperanza porque parece que nada puede desalojarlo. Sorprende ver, allí y en otras regiones, una especie de aceptación: el orden liberal no funcionaba o era solo una pantalla para camuflar intereses y edulcorar la ley del más fuerte; si impera el planteamiento abierto de la ley del más fuerte, hay que aprovecharlo cuando perjudica a mi adversario. En realidad, piensan algunos, el mundo había cambiado hace tiempo, y, nos guste o no, debemos reconocerlo. Por supuesto, el realismo es una de las máscaras del autoengaño. Otra es asumir que el mundo que hemos conocido es el estado natural de las cosas y que el cambio solo es un incómodo paréntesis.
“Una colección es un autorretrato hecho con obras de arte”, dijo el añorado medievalista Jaime Barrachina, conservador del Museo Castillo de Peralada, en una memorable conferencia pronunciada en la Universidad de Barcelona en 2015. Con su inconfundible voz de oboe y vestido con un polo oscuro con la marca de una conocida fábrica cubana de puros habanos, Barrachina diseccionó durante una hora el coleccionismo con su gracia y maestría habituales. Habló de la necesidad de estudiar el coleccionismo desde otros ángulos, como la forma en que se distribuyeron las obras en el espacio en la posguerra, lo que él denominaba el “estilo Parador”, en alusión a la cadena hotelera pública creada por Alfonso XIII; un estilo que abarcaba alfombras y tapices de alta época, donde lo auténtico se mezclaba con lo falso, lámparas facticias con pie de columna barroca y pantalla de pergamino recortada de un cantoral, y que influyó en la decoración de muchos hogares de la época. También reivindicaba las colecciones hechas por mujeres que por entonces comenzaban a salir a la luz. Y las colecciones de los historiadores del arte, poco conocidas, por la aversión de los mismos a que nadie pudiera decir que se aprovecharon de sus conocimientos para construirlas, algo absurdo: “¿No se aprovecha de sus conocimientos un médico para vivir mejor o un arquitecto para tener una mejor casa?”, argumentaba Barrachina. Los historiadores del arte o los anticuarios suelen tener casas donde las piezas dialogan entre ellas y crean un clima visual que explica bien la persona que allí habita. Una casa es un refugio, una guarida, y la huella de la vida queda marcada en los objetos, en el arte, en los libros de sus propietarios. No hay nada peor que una casa vacía, un hogar convertido en habitación de hotel, algo que hoy abunda. Y no es una cuestión de dinero —a partir de 50 euros puedes comprarte un grabado, y un original por lo que vale una buena cena—, sino de educación, voluntad y gusto.
El Gobierno no ha autorizado el uso de las bases estadounidenses en España para atacar Irán. Se trata de esa operación llamada Furia Épica, un nombre que también valdría como título para una película paródica sobre la segunda presidencia de Donald Trump.
Mamadou habla con rabia contenida. Se nota hasta por teléfono. Desgrana su día a día con calma, sus estudios, sus ganas de trabajar, pero… cuando le preguntan por el fútbol, un coraje embridado llega a través del auricular desde Tenerife a Madrid: “Ya no voy a ir a entrenar más. Como no va a dar tiempo para la siguiente temporada, no sé si volveré a entrenar. Ya no voy”, dice el senegalés de 17 años, cansado de que no le hagan la ficha para poder jugar contra otros equipos. Ha tirado la toalla. El muchacho tiene su residencia española, obtenida no sin esfuerzos burocráticos, pero ahora la FIFA dicta reglas nuevas: los menores migrantes que llegaron solos y que no hayan solicitado asilo no pueden competir con otros clubes.
Melba Escobar (Bogotá, 48 años) recibe en su casa de Madrid, barrio de Chamberí, la tarde soleada del primer lunes de marzo. Abre una ventana para fumar después de la sesión de fotos. Publica en España una historia personal, Las huérfanas (Temas de Hoy), que se publicó en Colombia hace dos años. Es un libro de arranque explosivo: Melba, última de cuatro hermanas, le anuncia a su madre que ha tenido su primera regla. Entonces su madre, Myriam de Nogales, la sienta para contarle que una vez abrió las ventanas del cuarto y se tiró al vacío. “Me invitó a un té, no a un cacaolat: me trató como a una mujer, yo tenía 12 años”. No se mató, como pretendía. Ya tenía dos hijas. Pasó un año en el psiquiátrico. Luego tuvo dos hijas más, la hermana de Melba y Melba. Cuando nació la prima de Melba, la bautizaron Myriam de Nogales en honor a la superviviente del suicidio. Y esa chica, la segunda Myriam, se suicidó al cumplir 30 años.
La seguridad digital, que sostiene desde la transacción bancaria más habitual hasta las conversaciones en plataformas de mensajería o el entramado de criptomonedas o las infraestructuras críticas, se fundamenta en las claves criptográficas, cadenas de caracteres cifradas por un algoritmo. La dificultad para descifrarlas depende de la factorización, la descomposición de una expresión algebraica en forma de producto, es decir: seis es igual a tres por dos. Pero esta simple operación se hace extraordinariamente compleja si el número dado supera una cantidad relativamente pequeña de dígitos, como 261980999226229. Ya en 1994, Peter Shor, matemático del Instituto de Tecnología de Massachusetts, demostró que un ordenador cuántico podrá resolver el problema de factorización de manera eficiente. Este vaticinio empieza a ser real. “A finales de esta década, un ordenador cuántico criptográficamente relevante será capaz de romper el cifrado que sustenta nuestra economía global”, advierte Anand Oswal, vicepresidente de Palo Alto, la entidad considerada como la mayor proveedora de servicios de ciberseguridad. Los expertos urgen a prepararse.
Barcelona anunció en 2024 su intención de cerrar los 10.500 pisos turísticos que hay en la ciudad en 2028. Casi dos años después, la prohibición se extiende por los municipios del entorno: de los 12 colindantes con la capital catalana, cinco actuarán como Barcelona. Son L’Hospitalet de Llobregat (que tiene 523), Sant Adrià de Besòs (280), Esplugues de Llobregat (18), Cornellà (89) y Sant Feliu de Llobregat (15): su intención es cerrarlos. Todos tienen alcaldes del PSC, como Barcelona. El alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, afirmó el lunes que también los prohibiría, una decisión insólita en un alcalde del PP, pero este miércoles matizó sus palabras: prohibirá abrir más, pero mantendrá los 223 existentes, dijo. Del resto de municipios pegados a Barcelona, El Prat de Llobregat, que tiene 20 pisos turísticos; o Sant Cugat (gobernado por Junts), 94, mantendrán los que tienen y también las restrictivas condiciones que fijan para abrir más. En el caso de Cerdanyola del Vallès (11 viviendas de uso turístico) y Santa Coloma de Gramenet (47), los consistorios no han abierto el debate sobre el horizonte de 2028. Y Montcada i Reixac (12) y Sant Just Desvern no han respondido a la pregunta de este diario.
En un momento en que en la mayoría de municipios planea la amenaza de cierre de aulas por el descenso demográfico, ciudades como L’Hospitalet y Girona, y Sant Cugat en menor medida, viven una situación inédita en que debe buscar plaza debajo de las piedras para poder recolocar los alumnos vulnerables que tendrán que dejar las escuelas que separan niños y niñas, vinculadas al Opus Dei, después de su decisión de pasar a privadas el curso que viene, ya que perderán la financiación de la Generalitat por segregar por sexo. El problema que tienen sobre la mesa ayuntamientos y Departamento de Educación no es menor: en Girona cuentan que tendrán que redistribuir casi 250 alumnos y en L’Hospitalet, otros 200. Para lograrlo, la capital gerundense ha creado 13 nuevos grupos y la ciudad barcelonesa, 10.
El año 2025 terminó trágicamente para una familia de Mallorca. Dos niños de cuatro y cinco años murieron días después del accidente que tuvieron el 29 de diciembre en Cercs, en el Berguedà. La madre y el padre de los menores resultaron heridos de gravedad al igual que el único conductor del otro vehículo con el que chocaron frontalmente. La noticia impacta e indigna a partes iguales. Dos pequeñas vidas segadas una vez más en el fatídico kilómetro 101 del Eix del Llobregat o C-16. Nueve meses antes una mujer barcelonesa de 59 años ponía fin a su vida en el mismo tramo, como tantas otras gravemente heridas o muertas los últimos años.
Las Bolsas son estos días una ventana a la destrucción económica de la guerra. Cientos de miles de millones en valor volatilizados en horas, a la vista de todos, ante la perspectiva de un mundo con más inflación, menos crecimiento, y en definitiva, más incertidumbre. Pero hay otro impacto, más difícil de cuantificar, sin dígitos cambiando cada segundo, pero igualmente devastador: el de pequeñas, medianas y grandes empresas no cotizadas, el grueso de aquello que llaman tejido productivo, que ven acercarse una ola cuyas dimensiones todavía no aciertan a medir del todo.
Ya no hace falta imaginarlo. Tiene el rostro redondo, el pelo negro y corto, con un flequillo que cae sobre su frente y roza unas cejas prominentes. Lleva casi siempre sudadera y sujeta su mochila como si cargara un saco de patatas. No tiene nombre. O sí, pero no lo conocemos. No supera los 12 años y sufre acoso escolar. Es el protagonista de Invisible, la novela superventas de Eloy Moreno que la compañía de teatro La Joven se ha aventurado a encarnar en un espectáculo que estrenará este viernes en el teatro del Soho de Málaga, antes de hacer temporada en el Teatro de la Abadía de Madrid del 15 de marzo al 5 de abril. Una andanza que supone la primera adaptación al teatro de uno de los libros en español más vendidos del siglo XXI, lo que ya se está reflejando en taquilla: las entradas están volando ya incluso antes de su debut.
Existen dos tipos de compositores: los que necesitan un encargo para ponerse a trabajar y los que escriben sin pararse a pensar cuándo y cómo se estrenará la obra que se traen entre manos. Jesús Rueda (Madrid, 64 años) pertenece a la segunda categoría. “La verdad es que nadie me pidió un nuevo Concierto para piano”, reconoce en una entrevista el pasado lunes en Madrid. “Simplemente lo hice”. Solo cuando lo hubo terminado, hace dos años y medio, acudió a la presentación de un disco de la pianista Noelia Rodiles. “Allí le conté que había escrito un concierto para ella y se mostró muy interesada”.
Seymour M. Hersh (Chicago, 88 años) te saluda con la frase “es peor de lo que crees” desde su blog en Substack, donde tiene más de 230.000 seguidores. No es un opinador. Es un periodista de investigación que lleva seis décadas resquebrajando la impunidad de gobiernos con exclusivas como la masacre de My Lai en la guerra de Vietnam, los abusos contra presos iraquíes en la cárcel estadounidense de Abu Grahib o el presunto sabotaje de la CIA de varios gaseoductos en el mar Báltico en los inicios de la guerra de Ucrania.
Desde sus inicios, Tanit Plana (Barcelona, 1975) ha sentido una atracción persistente por aquello que de algún modo permanece invisible; los lazos afectivos y las violencias encubiertas han alimentado su búsqueda como artista; su interés por las formas de la virtualidad la ha llevado desde intentar fotografiar el cuerpo de Internet hasta seguir la huella de un mensaje electrónico. En los últimos tiempos la inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta decisiva para la fotógrafa, no tanto como un dispositivo capaz de “ver lo que la cámara no alcanza”, sino como una máquina que reproduce y deforma los mismos sistemas de repetición, control y normalización que estructuran la burocracia. De ahí surge Disfuncionàries, un proyecto que toma como punto de partida su experiencia en instituciones profundamente jerarquizadas para indagar en la figura del funcionariado como encarnación de la maquinaria del Estado y, al mismo tiempo, como sujeto atravesado por deseos, contradicciones y traumas.
Cuando recuperó el poder del Barcelona en 2021, a Joan Laporta no le convencía la idea de que Ronald Koeman permaneciera en el banquillo del Camp Nou. Se lo dijo. Tampoco le fascinaba la opción de Xavi. Y lo comentó públicamente. Sin Johan Cruyff para aconsejarlo, Laporta de entrada descartó la opción de Pirlo, como también su ilusión de apostar por la escuela de entrenadores alemanes quedó aparcada. Una ilusión que se había generado tras leer una entrevista en EL PAÍS a Ralf Rangnick, con el que posteriormente se reunió y que le dejó tres nombres en la cabeza: Tuchel, Nagelsmann y Hansi Flick. Despidió a Koeman por los malos resultados; a Xavi lo alejó del Barça su doble mensaje respecto de la confianza en la plantilla, mientras que Mateu Alemany y Jordi Cruyff perdieron poder en el área deportiva para que lo ganara Deco.
A diez días de las elecciones del Barcelona, su modelo deportivo también se somete a veredicto: o continuidad, o reformulación. Joan Laporta encabeza la candidatura continuista, en la que se reivindica seguir el camino emprendido. “Cuando entramos cogimos un equipo agotado, y con una masa salarial impagable. No solo le dimos la vuelta, sino que tenemos un equipo joven”, explica Joan Soler, responsable deportivo de la candidatura de Laporta. El propósito es profundizar en esa línea: sostener la apuesta por el talento propio y acudir al mercado con prudencia. La planificación ya contempla reforzar la plantilla con un delantero centro y un central. Siempre con un escenario de fondo: “consolidar el proyecto de Flick y Deco”. “La dupla funciona, y lo que funciona se tiene que mejorar”, añade Soler.
Si existe un deporte con tendencia a perdonar ese es el fútbol, quizás por aquello de que cada aficionado maneja su propio código de justicia. El mismo codazo puede ser intencionado o sin querer, dependiendo de los ojos que lo juzguen, y una entrada violenta se puede quedar en un simple lance “a destiempo” porque, en el fondo, todos queremos creer que ningún futbolista se lanza al suelo con intención de hacer daño a un compañero de profesión. Se perdona el insulto cuando es en caliente y se admite la amenaza de ampliar la tangana al túnel de vestuarios porque el fútbol se rige por códigos antiquísimos, algunos grabados en piedra, donde al guerrero se le perdona casi cualquier exceso en pos de un bien mayor: la victoria.
Entre abrazos y lágrimas, los canteranos del Valencia Basket y del Real Madrid volvieron este miércoles a casa después de una odisea. Los dos equipos españoles se encontraban en Abu Dabi para disputar la Euroliga júnior cuando estalló el conflicto bélico en Oriente y quedaron recluidos en un hotel a la espera de que se abriera el espacio aéreo. Fueron días de miedo hasta que este martes volaron hasta Estambul y el miércoles fueron recibidos por sus familiares como si hubieran ganado el torneo.
El 10 de marzo de 2004, Kate Moss paseaba por Notting Hill. Había quedado en la trattoria de moda del momento, Zucca, con su amigo Edward Enninful, que en ese momento era el director de moda de la revista i-D y quien la había colocado en la portada del siguiente número de la publicación. Moss llevaba siendo la modelo del momento desde hacía una década no solo por fotos profesionales como aquella, sino también por imágenes mucho menos procesadas: las que le hacían los paparazzi cada vez que se la veía aparecer por las calles de Londres. Todo en ella resultaba interesante: lo que llevaba —y cómo lo llevaba— era oro digital en las primeras webs de las revistas, que comenzaban a crear sus propios contenidos. La foto de aquel día por la calle no tenía nada de particular, salvo que encapsula el espíritu de su tiempo en un gesto que fue imitado, copiado y desgastado por mujeres de medio mundo, anónimas y famosísimas: el bolso colgado al codo.
Hasta que a tus hijos les llegue la adolescencia, pasarás con ellos infinidad de horas en un montón de parques. A veces serán lugares majestuosos, llenos de vida, verde e imaginación, y otras veces tendrán solo un triste tobogán oxidado y un columpio con el asiento roto. En algunos te habrás achicharrado al sol y en otros habrás ido rondando metro a metro buscando un rayito que caliente esa tarde eterna y aburrida. Sea como sea, seguramente habrás pensado o comentado con otros padres: “¿Quién demonios ha diseñado esto? Porque parece que nunca haya visto jugar a un niño”.