“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
La Comunidad de Madrid saca pecho de su nueva consejera de Educación, Mercedes Zarzalejo, en una semana en la que le arrecian las críticas por la nula experiencia en el sector del equipo saliente, conformado por un grupo de treintañeros conocidos como Los Pocholos. Sin embargo, la nota de prensa enviada a los periodistas el lunes, día de su nombramiento, adorna su currículum para enfatizar una sólida carrera académica que no es tal, pues ha dedicado mucha parte de su vida a la política. Aun así, los rectores de las universidades madrileñas se sienten más cómodos con la exalcaldesa de San Martín de Valdeiglesias que con Emilio Viciana, su antecesor, porque ella conoce los conceptos básicos de la gestión universitaria en su calidad de doctora y eventual profesora.
De niña, la diseñadora Laia Canales pasaba los veranos explorando su creatividad y haciendo pulseras que luego vendía, un pasatiempo que identifica como el punto primigenio de Alaire. La firma emergente surgió de la manera más inesperada y, a pesar de su corto recorrido, ya ha conquistado a mujeres como Rosalía. “El desarrollo de Alaire ha sido muy orgánico”, explica Canales en conversación telefónica con S Moda. “Era un proyecto personal que usaba un poco para hacer experimentos y ver si luego se podían llevar puestos y de repente al publicar cosas [en Instagram], la gente me preguntaba, quería comprarlo y ahí vi que tenía un poco de viabilidad”.
En mitad de una desapacible mañana de febrero, entrar en el Museo CA2M y recorrer el montaje dedicado a la obra de Dorothy Iannone (Boston, 1933–Berlín, 2022) equivale a encontrarse, de pronto, en plena primavera. La segunda planta se viste de moqueta roja cereza, cenefas, arcos y un sinfín de elementos que pululan por cada rincón, como si se tratara de una gran escenografía. Y es que en la práctica de Iannone tienen cabida pinturas, collages, instalaciones de vídeo y cajas de sonido, pero también regalos de su madre, correspondencia con amigos y amantes, cartas del tarot, cajas de cerillas, esculturas e incluso libros de cocina. Un “arte y vida” total en el que, en palabras de Tania Pardo, comisaria de la exposición, “se entiende la creación desde lo cotidiano”.
Los contactos de diversa intensidad mantenidos por varios miembros de las casas reales europeas con el multimillonario pederasta Jeffrey Epstein han sumido a las monarquías afectadas en una crisis. La postura adoptada por la reina Isabel II de Inglaterra durante sus 70 años de reinado: “Nunca te quejes, nunca des explicaciones”, ha saltado por los aires con la detención, este jueves, de su tercer hijo, el expríncipe Andrés, hermano del rey Carlos III. No solo tendrá que explicarse, sino que lo hará ante la policía. En Noruega, la situación es también muy tensa. La princesa Mette-Marit, esposa de Haakon, el heredero al trono, aparece un millar de veces en los archivos de Epstein, y ha pedido disculpas en dos ocasiones.
Desde 2026 es difícil acercarse sin cierta suspicacia a temas tan manoseados por la ficción como el machismo en el ámbito legal o en la historia queer. Allí donde nos habían prometido una relectura lúcida de opresiones vividas, nos han colado demasiadas veces una trama netflixera de superación banal. En Un asunto de familia, la primera novela de Claire Lynch, esta voluntad de rescatar realidades marginales del olvido es evidente: estamos en los años ochenta y Dawn, una mujer casada, se enamora de otra mujer y deja a su marido. Con este ejemplo ficticio la autora rememora los procesos humillantes que se daban en este tipo de divorcios y, como en este caso, a menudo acababan con la mujer obligada a abandonar a los hijos. Pero la gracia es que el resultado del juicio es conocido desde el principio de la novela (desde la contraportada, de hecho), no es una conclusión trágica. La historia se intercala con el relato del 2022, cuando a la hija, Maggie, que es una mujer adulta y muy unida a su padre, Heron, le llega el momento de desenredar la historia familiar que le han ocultado. En este doble tiempo está toda la profundidad de la novela: el pasado reciente queda tan lejos, en un sentido moral, que la incomprensión es absoluta.
Un asunto de familiaClaire Lynch Traducción de Laura Salas Rodríguez Random House, 2026 224 páginas. 19,85 eurosUn assumpte familiarClaire Lynch Traducción de Núria Saurina Periscopi, 2026 246 páginas, 20,50 eurosCuando se cumplen tres décadas de la primera denuncia en Nueva York contra Jeffrey Epstein, que el FBI echó en saco roto, el caso del financiero pederasta es ya un escándalo de alcance global, que este jueves cruzó otro Rubicón con el arresto en el Reino Unido del expríncipe Andrés en el día de, precisamente, su 66º cumpleaños.
Antonio Castillo Algarra ha manejado estos años los hilos de la educación y la cultura en Madrid como asesor externo de Isabel Díaz Ayuso. Ejercía el poder en la sombra a través de gente cercana a él que había colocado en el PP y el Gobierno de Madrid, como el último consejero de Educación, dos directores generales claves y tres diputados en la Asamblea. Al tiempo, esta posición de privilegio ha impulsado su carrera como dramaturgo. Según unos contratos a los que ha tenido acceso EL PAÍS, su empresa, For the Fun of It, ha recibido más de 75.000 euros desde que Ayuso llegó a presidenta.
La Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), una de las organizaciones que en los últimos años ha marcado el discurso de la derecha ultraconservadora, llega este viernes a un día crucial: la apertura del proceso de canonización de su fundador, el sacerdote jesuita Ángel Ayala. Es decir, el inicio del camino para reconocer “la santidad” de Ayala y elevarlo a los altares. Es una iniciativa ambiciosa, pues estos procesos son largos y deben cumplir unos requisitos exigentes, regulados por el Dicasterio de la Causa de los Santos. Pero, por otra parte, es una oportunidad que, de cumplirse, colocaría a la ACdP en la primera división de los movimientos y asociaciones laicales del mundo cuyos fundadores son santos.
Algunos alumnos de segundo de Ciencias Políticas de la Complutense supieron casi por casualidad, el mismo miércoles por la mañana, del coloquio que durante semana y media había obsesionado a la izquierda de la izquierda: la charla entre el diputado de ERC, Gabriel Rufián, y el de Más Madrid en la Asamblea, Emilio Delgado. El profesor de Economía Política, “muy puesto en el tema de las charlas”, les dijo lo que iba a suceder esa tarde y les animó a ir. “La verdad, no sé si mis compañeros fueron o no, porque también había torneo de Mario Kart”, cuenta en referencia al videojuego Marcos Martín, de 19 años, que estuvo en esa clase. Al recorrer este jueves los pasillos de Somosaguas, cubiertos de pintadas antifascistas, quedan claras dos cosas. La primera, que los jóvenes que han oído hablar de la semana decisiva para la reconfiguración de una izquierda fragmentada la siguen con distancia, casi como un ruido de fondo. La segunda, que el único político de ese espacio que despierta cierta ilusión es Rufián y, aun así, una eventual candidatura suya también les suscita reservas.
“Ayer salí de una guardia tremendamente complicada en la UCI neonatal en la que trabajo”, cuenta Artur, un neonatólogo que lleva siete años trabajando en la sanidad pública. “Con dos prematuros extremos de 500-600 gramos a los que costó más de 10 horas estabilizar, a las 14 horas de trabajo yo estaba realmente agotado. Me pasé las tres últimas horas de la guardia pensando en la necesidad de que alguien con mejor capacidad mental llegase ya para cogerme el relevo y poder estabilizarlos”.
“Lo llaman democracia y no lo es”, rezaba uno de los lemas del 15-M. En torno a 2012 un estudiante llamado Andrés Villena Oliver quería realizar una tesis doctoral sobre aquel movimiento que llenó las plazas e impugnó el sistema, pero su director le “impuso” otro tema: las redes de poder en España.
A Chen Bangxian la fama le llegó tarde y de golpe, como sobreviene la celebridad en nuestros días. El runner chino había cumplido ya los 50 cuando una publicación canadiense especializada en las cosas del correr reparó en él durante el popular ultramaratón de Xinjiang, en noviembre de 2022: había logrado completar los más de 42 kilómetros de la prueba en poco menos de tres horas y media —puesto 574º entre más de 1.500 competidores— fumando lo que se dice vulgarmente como un carretero. El mundo supo así del llamado Tío Chen, el deportista que encadenaba pitillos zancada a zancada hasta dar cuenta de una cajetilla por carrera, y las redes sociales echaron humo.
El Desafío Semanal es un reto para los lectores de EL PAÍS, con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales del periódico. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones y sugerencias en los comentarios de esta noticia o escribiendo al correo juegos@elpais.es.
Ver a María Guardiola hablando del feminismo de Vox, con la expresión aséptica, sin rastro alguno de todo lo que dijo antes, de todas las veces que señaló el machismo de los de Santiago Abascal, es ver en vivo y en directo cómo se doblega a una mujer hasta la humillación. Como si una mano en la nuca le hundiera la cara en el barro. Se la somete a ella, pero en esa degradación pública también hay un mensaje para todas: un ahorcamiento en la plaza pública para que quede claro quién manda y qué le va a pasar a la que se atreva a desafiar el poder patriarcal. Que en este caso viene de Génova por mandato de los ultras.
Circulan últimamente canciones, películas, videojuegos, eventos musicales de temática religiosa que son interpretados como la vuelta de algo que había desaparecido. Por supuesto que nada de ello tiene la densidad y coherencia de una cosmovisión religiosa completa, pero suscita diversos interrogantes en cuanto a su sentido y, sobre todo, acerca de nuestra condición humana. En el fondo se trata de símbolos descontextualizados que hoy sirven más de adorno que para simbolizar aquella totalidad que significaban en otros momentos de religiones omniabarcantes.
Cuando mi padre supo la verdad, quedó desolado. Totalmente hundido. Como si su último refugio, el que creía inconquistable, hubiese sido saqueado. Aquel cantante de blues al que llevaba un mes escuchando cada noche en YouTube para desconectar no era real, sino una diabólica creación de la inteligencia artificial (IA). “Entonces... ¿Qué va a pasar ahora?“, suspiró en su sillón.
Hay días en los que, antes incluso de abrir los ojos, sé que al levantarme entraré en una alucinación. Así que me incorporo despacio, pongo los pies en el suelo y ya estoy dentro de ella: las paredes, las cortinas, no digamos los sanitarios del cuarto de baño, así como la taza del desayuno, todo se organiza con el carácter de una infausta ficción. Salgo a la calle y el mundo me recibe con su acostumbrado despliegue de naturalismo aparente: tráfico desabrido, aceras rotas, personas que caminan hablando o fingiendo que hablan por teléfono (una escena típicamente onírica), y ese aire general de coreografía repetida hasta el tedio. Todo encaja en el delirio general, como si una mente superior (o inferior) se hubiera pasado la noche escribiendo un nuevo capítulo de esta realidad paralela (¿pero paralela a cuál?).
Nueve mujeres han sido asesinadas por violencia machista en España en lo que va de 2026, y aún no ha acabado febrero. Las tres últimas, junto a una niña de 12 años, en menos de 72 horas. La cifra deja una alerta preocupante por el fallo institucional. La mayoría de las mujeres estaban (o debían estar) bajo vigilancia: cinco de ellas habían denunciado previamente a su agresor y, en un sexto caso, lo había denunciado una tercera persona. Uno de los datos más preocupantes que se repite año tras año en las estadísticas es que la mayoría de las asesinadas nunca dieron la voz de alarma: apenas lo hicieron una de cada tres. Pero esta vez muchas sí lo habían hecho. Y el sistema les falló.
La inspectora que denunció por agresión sexual al director operativo de la policía (DAO), el máximo responsable uniformado de la Policía Nacional, no acudió a la vía interna para informar de su situación, a pesar de que existen protocolos específicos que recogen cómo actuar en situaciones en las que tanto la víctima como el denunciado son funcionarios de la Policía. Uno recoge “situaciones de acoso sexual, acoso por razón de sexo, género, orientación o identidad sexual” y un segundo “ante supuestos de violencia de género en la Policía Nacional”, que es el que aplicaría a esta inspectora, ya que denunció ante el juzgado que mantuvo una “relación de afectividad” con el ahora investigado. Sin embargo, y como en todos los ámbitos, aunque los protocolos existan no siempre las mujeres confían en que vayan a aplicarse o que vayan a hacerlo según marcan sus propias directrices. Este caso, además, afecta al policía de mayor rango en un cuerpo de 76.700 agentes. “El DAO es Dios todopoderoso en la Policía, no me extraña que se fuera directa al juzgado, yo haría lo mismo si me viera en una situación así”, justifica una agente que ha trabajado en las Unidades de Atención a la Familia y Mujer (UFAM) de la Policía y que pide no ser identificada.
Cuenta Celia Villalobos, malagueña de 76 años, que si su carrera política empezase hoy se lo pensaría dos veces. La exalcaldesa de Málaga, exdiputada y exministra de Sanidad con el PP cree que su oficio se ha convertido en “el tuit permanente” y lamenta que sus colegas en activo dediquen poco tiempo a “los problemas de verdad”. En un partido que presumía de disciplina, votó a favor del aborto y del matrimonio gay. Hoy cree que la corriente interna que empujaba a su formación política a lo contrario ha perdido peso: “Se han pasado a Vox”.