“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
La decisión de la jueza de Catarroja (Valencia) que investiga la dana, Nuria Ruiz Tobarra, de pedir al Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana (TSJCV) la imputación del expresidente de la Generalitat Carlos Mazón imprime un giro de 180 grados en la causa que indaga la catástrofe que dejó 230 muertos en Valencia en 2024. La jueza ha elevado la exposición de motivos en un documento de 109 páginas para investigarlo a partir de la premisa de que, como presidente de la Generalitat, Mazón era el máximo responsable del Gobierno autonómico, como marca la ley, es decir, el último responsable de la Administración que debía coordinar la crisis. En aquella fatídica jornada del 29 de octubre de 2024, afirma Tobarra, hubo “actuaciones omisivas” y una “cadena de negligencias”, con una “responsabilidad compartida entre el escalón superior e inferior” del Consell.
La invasión a gran escala de Ucrania por Rusia entra en su quinto año. Esta guerra, que de hecho comenzó en 2014 con la anexión de Crimea y el apoyo a los separatistas de Donbás, supone el rechazo absoluto a las aspiraciones de los protagonistas de la desintegración de la URSS, cuyo 35º aniversario se cumple este año.
Entre los proyectos anunciados por el Gobierno se encuentran la abolición de la soledad, la erradicación del bombero torero y la prohibición de bebidas energéticas a menores de 16 años. La soledad, dijo uno de esos ministros que aparecen con el cambio de tiempo como una prenda olvidada en un armario, se debe a una antropología neoliberal. La monserga comunitarista de derecha e izquierda hará que más de uno eche de menos el neoliberalismo: no tenía corazón pero al menos entendía que a menudo la comunidad oprime. A estas alturas no debería sorprender que algunos digan que el burka es libertad religiosa, pero desconcierta que haya políticos españoles críticos con la charlotada (festejo taurino bufo; actuación pública, colectiva, grotesca o ridícula): pueden acabar prohibiéndose a sí mismos.
La Guardia Civil alertó a todos con un mensaje. El pasado jueves, la cuenta oficial del instituto armado en X, con 2,2 millones de seguidores, publicó pasadas las once de la mañana un tuit fuera de lo habitual. Nada de detenciones ni multas. El texto señala: “Patrullas de la Agrupación de Tráfico realizan el acompañamiento y escolta urgente de una ambulancia que transporta un corazón para un bebé de dos meses”. En las imágenes se ve la gran rotonda que da entrada a Salamanca, con su catedral iluminada al fondo, y tres patrullas de la Guardia Civil que cortan el tráfico.
Dicen que la duda ofende. Sin embargo, para muchos jóvenes en el extranjero con titulación universitaria, como yo, la duda no es una provocación, sino una condición permanente. ¿Podré vivir algún día cerca de mi familia? ¿Podré comprarme un piso? ¿Podré tener hijos? ¿Podré mantenerlos? ¿Tendré tiempo siquiera para cuidar de un perro? Dudas aparentemente anodinas que, en la treintena, pesan tanto como los propios títulos universitarios. En mi caso, y en el de tantos otros, la historia se repite. Nietos de emigrantes que, sin más propiedad que unas madreñas, salieron hacia Europa dejando atrás hasta a sus hijos. Hoy nosotros, jóvenes inmigrantes —expats, para quien quiera dulcificarlo—, en lugar de madreñas en los pies, llevamos un iPhone en la mano desde el que nos ponemos al día de la condena cotidiana de la economía. Nueve años de estudios —un grado, un máster y un doctorado— y el sacrificio de dos generaciones para una única certeza: estamos condenados a la incertidumbre.
La expansión del soporte con oxigenación por membrana extracorpórea (ECMO), una de las terapias más complejas para sostener la vida en situaciones de fracaso respiratorio o cardiaco extremo, ha avanzado en España más rápido que su organización. La consecuencia, advierten los especialistas, es una red irregular, con comunidades autónomas bien estructuradas y otras donde la cobertura depende del esfuerzo voluntarista de equipos aislados.
El profesor Javier Bandrés recorre el nuevo Museo Complutense de la Psicología deteniéndose en cada objeto, durante casi cuatro horas, porque son multitud: una centenaria caja con lonchas de cerebelo de mono, un rudimentario instrumento decimonónico para medir el cráneo de un ser humano e inferir su personalidad, asombrosas ilusiones ópticas, una máquina setentera para intentar averiguar si alguien está diciendo la verdad. Al llegar a un anodino objeto negro, se pone serio. “Con este cajón y una rata se han observado fenómenos trascendentales del comportamiento humano”, proclama.
El milagro bíblico del pan y los peces equivaldría en la actualidad al ADN de una colilla que resuelve un crimen en minutos. Ciencia ficción con mucho predicamento: incluso el consejero del Interior Felip Puig confió en que unas puntas de unos cigarros revelasen los causantes del incendio de Portbou de 2012. Al año siguiente, la causa se archivó sin autor conocido. El ADN es esencial en el mundo de la investigación criminal, pero menos concluyente y definitivo por sí solo y, sobre todo, muchísimo más lento de obtener de lo que cuentan en las series. Esa dificultad ha llevado a los Mossos a externalizar por primera vez el análisis de 4.000 muestras de ADN para desatascar sus laboratorios genéticos. Cada año reciben unas 5.000, aunque su capacidad de respuesta oscila entre los 3.000 y los 3.500 análisis.
ADN humanitarioLos tipos de análisis de ADN que llevan a cabo los Mossos se dividen en dos: los humanitarios y los criminales. Los primeros incluyen los cadáveres que se encuentran sin identificar, en muchas ocasiones llegados a la costa. Y también las muestras vinculadas a personas desparecidas. “Cuando pasa un mes de una denuncia por desaparición, tomamos ADN de la familia”, explica el comisario jefe de la Comisaría General de Investigación Criminal, Ramón Chacón. De este tipo, llevaron a cabo 56 expedientes del año pasado. El resto, forma parte del conjunto de la actividad criminal que ocurre en Cataluña: asesinatos, agresiones sexuales, robos violentos, secuestros... Un catálogo amplio en el que se incluyen la mayoría de los delitos más graves.
“El ADN es un código numérico, que no proporciona datos personales”, insiste Chacón, sobre el resultado final del procedimiento. Con eso, se envía a distintes bases de datos nacionales y europeas, que contienen algunos perfiles, y si coincide, salta un match. Los Mossos analizan ADN nuclear, que es “claro y directo”, y ahora están en proceso de formación para llevar a cabo el mitocondrial, que estudia el “linaje femenino”. El futuro, añade el comisario, pasa por el “fenotipo”: “A través de un ADN anónimo, saber rasgos del autor”.
“No sé nada de mi mujer. Ni yo, ni ningún familiar. Está débil y enferma y aunque los médicos recomiendan su ingreso hospitalario, las autoridades se niegan a trasladarla. Con esta nueva condena, es muy probable que sus problemas de salud empeoren. Estoy muy preocupado”, expresa desde París en una conversación telefónica con EL PAÍS Taghi Rahmani (Qazvin, 67 años), marido de la Premio Nobel de la Paz Narges Mohammadi, condenada el pasado 7 de febrero a siete años y medio de prisión por los delitos de reunión, conspiración y propaganda. La pena se añade a las múltiples condenas que acumula la activista iraní, de origen kurdo, quien desde los años noventa no ha cejado en su militancia en favor de los derechos de las mujeres. Desde hace años, la República Islámica intenta silenciarla encadenando arrestos y condenas contra ella. Pero, aclara Rahmani: “Su compromiso con el pueblo de Irán es indestructible. No importa cuántas veces la detengan, ella sueña con la libertad de los iraníes y siente que tiene una responsabilidad con la gente y la democracia”, afirma su esposo unos días después de la nueva condena.
Cuando Ksenia Koldin describe el lavado de cerebro al que fue sometido su hermano, Sergii, dibuja con las manos varios círculos imaginarios en el aire. Lo que intenta decir es que la manipulación no es directa, va dando rodeos, es más sutil. Koldin, natural de Járkov, en el este de Ucrania, tiene 21 años. Contaba 17 primaveras cuando los tanques rusos entraron en Vovchansk, donde residía, hace ahora cuatro años. Vivía junto a su hermano en una familia de acogida después de que sus padres perdieran la custodia por problemas de alcohol. Koldin, que ha participado este miércoles en el Foro Global para la Reconstrucción de Ucrania, celebrado en Madrid, admite que ese historial hacía que fueran carne de cañón para la influencia rusa. Y Sergii, a sus 10 años, especialmente. “Era fácil de manipular”, dice. En el verano del primer año de invasión, tuvieron que cruzar hacia Rusia siguiendo caminos distintos. El crío llegó a renegar de su tierra tras meses de intoxicación rusa. Pero Koldin, que se describe como una mujer “luchadora”, no cejó en su empeño y lo trajo de vuelta a casa.
Mientras los activos digitales siguen sumidos en un profundo criptoinvierno, hay una parte de este mercado que parece aguantar, al menos por ahora. Pese a que el negocio de minería de bitcoin está de capa caída, ya que es cada vez más complicado y costoso crear nuevos tokens, la mayoría de estas empresas sube en Bolsa, entre un 10% y un 40% en el año. El motivo no está en el mercado cripto —bitcoin se deja un 23% desde enero— sino en su viraje hacia un nuevo nicho: el de la inteligencia artificial. Decenas de estas empresas han pasado de una fiebre a otra: aprovechan la infraestructura y la tecnología que ya poseen, como los centros de datos, para saciar el hambre creciente de la inteligencia artificial.
Hay un momento en Sirât en que el sonido resulta irremplazable para entender lo que viene después, una angustiosa cascada de emociones que dejan al espectador espachurrado en la butaca, tras un encadenamiento de sístoles y diástoles a lo bestia que le golpean hasta el desconcierto. Sucede casi a mitad de la película, cuando el coche de Sergi López se despeña por un acantilado, en un accidente que marcará el punto de inflexión de la historia, que había empezado como una road movie de búsqueda más. Seguramente por esta narrativa sonora y todas las demás que consiguen el envolvente sonido del filme, Amanda Villavieja, Laia Casanovas y Yasmina Praderas se sentarán como nominadas en la platea de la gala de los premios Goya este sábado y en la de los Oscar el próximo 8 de marzo, después de haber conseguido el premio Gaudí a la mejor dirección de sonido.
Udai no puede dejar de sonreír. Quiere casarse con una mujer con la que lleva más de un lustro saliendo. Pasan la tarde juntos, caminan de la mano por la ciudad. “Pero ¿dónde van a vivir?”, le pregunta su madre con cierta risa entre nerviosa y burlona. “No puede ser en una carpa”. El joven, alto y delgado, lo tiene claro: “Cuando termine la guerra, nos casaremos. Ahora es imposible”. Su ciudad es Gaza; la carpa es lo que le queda de casa. Su novia y él son palestinos que huyen de las bombas. La escena la atestigua la última película de Hernán Zin (Buenos Aires, 54 años), Todos somos Gaza, que le ha valido la nominación a mejor documental en los Goya 2026, pero también una gran cantidad de amenazas. “Vamos a los premios con preocupación, hemos recibido muchos insultos, amenazas de muerte y algunas en las que se manifiesta la intención de causarnos daño el día de la ceremonia”, dice. Tanto que han enviado una carta a la Academia en la que denuncian “una campaña organizada para intentar silenciar una obra que resulta incómoda” y piden que se “adopten las medidas de seguridad necesarias”.
Tracey Emin (Londres, 62 años) solo quiso ser dos cosas desde que era niña: bailarina o artista. A los trece años dejó el colegio y comenzó a tener sexo salvaje, promiscuo y alocado con muchos hombres, la mayoría de ellos ya en la veintena. A los quince, se apuntó a un concurso de baile en una discoteca de Margate, la localidad costera del sureste de Inglaterra donde se mudó con sus padres a muy temprana edad. En el centro de la pista, inmersa en sus propios movimientos e hipnotizada por su cadencia como un derviche danzante, soñó con la gloria. Lo que oyó a su alrededor, sin embargo, fue crueldad: “Puta, puta, puta”, gritaban desde fuera de la pista. Muchos eran los mismos con los que se había acostado.
A las puertas del inicio del Mundial de MotoGP con la disputa del GP de Tailandia este fin de semana, nadie en el paddock duda sobre el favoritismo de Marc Márquez y Ducati, imponentes defensores del título. Pero la temporada es muy larga, 22 paradas y 44 carreras. Y todo puede pasar en los próximos nueve meses, así es este deporte donde una caída puede mandarlo todo al garete. El guion, en todo caso, reserva un desenlace histórico para el curso se cumplan o no los pronósticos de la mayoría: si el español cumple, levantaría su octava corona de MotoGP, una cifra que le situaría en la cima de la categoría reina del motociclismo junto al icono italiano Giacomo Agostini, un piloto de otra época; si hubiera sorpresa, el ganador se erigiría como el David de las dos ruedas, capaz de vencer a Goliat en sus mejores días.
“Es surrealista”, dijo Hakon Evjen. El mejor futbolista del Bodo Glimt, autor este martes en San Siro del último de los cinco goles que su equipo le hizo al Inter de Milán en el playoff, no terminaba de comprender lo sucedido. El Bodo, un debutante, apenas un club familiar nacido en los márgenes helados del Mar de Barents, provinciano incluso en Noruega, está en octavos de la Champions a costa de humillar al actual subcampeón. La industria del fútbol también busca explicaciones a una clasificación que es todo un modelo de subversión del orden establecido.
Durante años, el menú degustación fue el símbolo máximo de la alta cocina: una experiencia cerrada, diseñada al milímetro, donde el cocinero marcaba el ritmo y el comensal se dejaba llevar, entusiasmado por la experiencia. Sin embargo, en los últimos tiempos se percibe un cambio claro en las preferencias: cada vez más clientes rechazan este formato, a veces por falta de interés gastronómico, otras porque buscan algo distinto.
Podríamos decir que el humorista y guionista Galder Varas (Bilbao, 39 años) arrasa en TikTok. Acumula 1,9 millones de seguidores en esa red social. Pero es que en Instagram tiene todavía más adeptos: 2,6 millones, que se suman a otro millón más en YouTube. El contenido que mejor le funciona no es precisamente un monólogo, sino los extractos de su show de comedia en salas en los que habla con el público. Sus espectadores le cuentan de todo y con muy pocos filtros y, poco a poco, de manera espontánea, él decidió ayudar a algunos de ellos a encontrar pareja entre el resto de asistentes. Esa pequeña parte de lo que es su espectáculo en vivo se ha convertido ahora en un programa de televisión, Esto no es un dating, que puede verse en Prime Video.