“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
Las mujeres jóvenes no se alejan de la ultraderecha, sino que se acercan a paso más lento que los hombres. Esta es la conclusión del último informe del investigador especializado en desigualdad, extrema derecha y juventud Javier Carbonell, para el European Policy Centre, un laboratorio de ideas con sede en Bruselas. “Los partidos de extrema derecha en toda Europa están erosionando lo que alguna vez fue una división de género pronunciada en sus electorados”, asegura, y pone la lupa sobre la “minoría significativa” de mujeres que se desvía hacia estos partidos “rechazando el feminismo y adoptando las normas tradicionales de género”.
Ofelia Hentschel es una señora de 34 años que alcanzó cierta celebridad en España en 2021 como concursante de MasterChef. No ganó. Quedó semifinalista. Pero su belleza pizpireta, su precioso nombre entre musa de Shakespeare y secretaria de Mortadelo, y su genio, no solo culinario, le reportaron suficiente crédito como para reunir a una parroquia de 165.000 fieles en Instagram. Un púlpito desde el que se ofrece como “experta en nutrición antiinflamatoria” y da cuenta de sus peripecias. Nada extraordinario. Hay miles de autodenominados influencers que acreditan menos méritos. El verdadero drama de Ofelia le sobrevino el sábado. Se había tomado cuatro días de vacaciones en Dubái, ese sitio donde se encarcela a homosexuales, con la fatalidad de que, entre hotelazo, piscina y cócteles, a Estados Unidos e Israel se les ocurre atacar a Irán, Irán empieza a lanzar misiles sobre Dubái, Dubái a interceptarlos, y la chica se asusta y quiere salir de allí como sea. Comprensible. Menos lo fue su patriótica arenga a los españoles para no pagar impuestos porque la Embajada no la llamaba, como si los otros 29.999 españoles en su situación no existieran, ni, por supuesto, tener una sola palabra para las auténticas víctimas de la guerra.
A Pedro Sánchez se le ha aparecido, otra vez, un cisne negro. El objetivo del presidente del Gobierno de aquí a que haya elecciones en España es comerse, en lo posible, el espacio de Sumar y Podemos. El tablero ya está girando a la derecha y las opciones electorales del PSOE están hoy entre sus socios. El recrudecimiento de la relación con Estados Unidos, a cuenta de Irán, es lo que Sánchez necesitaba para acabar de coronarse como líder de la izquierda. A fin de cuentas, su “no a la guerra” tiene profundas implicaciones en nuestro país. Primero, es un lema más transversal de lo que la derecha quisiera, a la contra del expresidente José María Aznar. Segundo, es la proclama con la que Podemos se presentó a las elecciones europeas de 2024. No es la primera vez que Sánchez desempolva esa idea, consciente de que hay una identidad profundamente antimilitarista en la izquierda española. Ocurrió con la guerra en Gaza, contra las acciones del Gobierno de Benjamín Netanyahu, y recientemente cuando Trump impulsó la operación contra Nicolás Maduro en Venezuela. Aunque la mayor implicación militar de este Gobierno haya venido por la invasión rusa de Ucrania, España siempre ha adoptado un perfil mediático bajo en su solidaridad con las tropas ucranianas, seguramente consciente de que tampoco es un tema que venda tanto entre sus adeptos.
Malala no necesita apellido. Basta decir su nombre sin pronunciar Yousafzai para activar imágenes reconocibles: es la niña que desafió a los talibanes en su Pakistán natal, la activista que consagró su vida a la educación de las niñas y que, con 17 años, se convirtió en la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz. Es una “heroína”, una “inspiración”, una persona “predestinada a la grandeza”. Son las etiquetas que enumera con distancia la propia Malala y que describen las expectativas que otros depositaron sobre ella cuando, con 15 años, un talibán le disparó en la cabeza. Lo cuenta en su último libro, Finding My Way (Encontrando mi camino), publicado en octubre. “No puedo escapar de la sensación de que una mano gigante me sacó de una historia y me dejó caer en otra completamente nueva. A los 15 años, no había tenido tiempo de descubrir quién quería ser cuando, de repente, todo el mundo quería decirme quién era”, escribe.
El Gobierno de España (PSOE y Sumar), ha rechazado tramitar los 86 expedientes que le ha enviado desde 2019 el Ejecutivo de la Comunidad de Madrid (PP) para retornar a sus países de origen a otros tantos menores migrantes bajo la responsabilidad de la Administración autonómica. Los datos, obtenidos por EL PAÍS en aplicación de la ley de transparencia, reflejan un choque de trenes en el que los pasajeros son los más vulnerables de los vulnerables. Madrid admite que ha intentado emplear la vía de la reagrupación o reunificación familiar para sacar de la región a jóvenes “con distintas dificultades de adaptación”, según los técnicos de sus servicios sociales; o “que están protagonizando episodios violentos o delictivos”. En contraste, el Estado considera que así regatea sus responsabilidades y el deber de velar por el interés superior de los menores. Hay un dato esclarecedor: las 86 solicitudes de Madrid suponen más del triple de las reunificaciones efectivamente realizadas desde cualquier región en prácticamente el mismo periodo de tiempo, que además se hicieron mayoritariamente por razones humanitarias.
A muchos grupos ecologistas y formaciones políticas como Teruel Existe no les entraba en la cabeza cómo era posible que determinados parques eólicos y solares —cuya autorización dependía tanto del Gobierno central como del aragonés— lograran el visto bueno ambiental en su provincia pese al impacto medioambiental que iban a generar. En concreto, tenían en el punto de mira el mayor proyecto eólico del país, impulsado por la empresa Forestalia, uno de los gigantes del sector: el conocido como Clúster del Maestrazgo. Ahora, una operación liderada por la Unidad Central Operativa de Medio Ambiente (UCOMA) de la Guardia Civil les ha dado la razón y ha permitido destapar una supuesta trama de corrupción medioambiental a la que no le falta un todopoderoso empresario presuntamente corruptor, sociedades opacas para el pago de las supuestas mordidas, un alto funcionario presuntamente implicado y un notario.
“Van a estar más tiempo que Franco”, constataba días atrás, en un mitin junto a Pedro Sánchez, el exalcalde socialista de Burgos Daniel de la Rosa. En realidad, ya lo han estado: el próximo 28 de julio se cumplirán 39 años desde que un inspector de Hacienda madrileño de nombre José María Aznar alcanzó la presidencia de la Junta de Castilla y León al frente de un partido que aún se llamaba Alianza Popular. Desde ese 1987 han desfilado cuatro presidentes más, todos con carné del ya rebautizado como Partido Popular. Y ni mucho menos se les puede comparar con Franco: a ellos los encumbró el voto ciudadano. El último es Alfonso Fernández Mañueco, al que las encuestas sitúan como favorito para revalidar la presidencia en una tercera legislatura, aunque muy lejos de las avasalladoras mayorías absolutas de los años noventa, cuando más de la mitad de los afluentes a las urnas en las nueve provincias de la región depositaba una papeleta con el logotipo de la gaviota.
La Junta de Castilla y León (PP) descalifica viviendas de protección oficial (VPO) en el barrio vallisoletano Villa de Prado, apodado Villa Gaviota porque en su día se asignaron pisos protegidos a afines del PP, rechazando informes negativos del Ayuntamiento de Valladolid y de técnicos autonómicos. EL PAÍS ha accedido a documentos de la Dirección General de Vivienda donde se desestiman los estudios municipales y autonómicos contra el levantamiento de esa protección. Vivienda esgrime una normativa franquista de 1968 pese a que los informes recuerdan una ley autonómica de 2010, que impide las descalificaciones si la Administración local lo veta, para intentar bloquear las “plusvalías individuales” derivadas de poder vender pisos anteriormente bonificados y cuyo precio se ha doblado. “No han desarrollado ningún reglamento de la ley de vivienda autonómica de 2010 para que puedan utilizarse criterios discrecionales a conveniencia. No generando normas, aplicando las de Franco de forma subsidiaria, generan inseguridad jurídica para hacer lo que les conviene”, explican fuentes de Vivienda críticas con estos procedimientos.
El Gobierno vasco cuenta con seis anteproyectos para construir un total de 189 apartamentos dotacionales sobre los tejados de 65 viviendas de titularidad pública, principalmente Viviendas de Protección Oficial (VPO). Es la fórmula por la que está apostando el Departamento de Vivienda para combatir la escasez de oferta residencial en País Vasco: levantar pisos sobre edificios públicos sin ocupar suelo, sin tocar el planeamiento urbanístico y sin incrementar la edificabilidad. De este modo, los nuevos alojamientos construidos mediante piezas modulares de madera o metálicas añadirán una o dos alturas sobre la cubierta de los edificios ya existentes.
Fernando Cabellos, vecino del barrio de Monte, situado al norte de Santander, avisó el lunes al 112 del mal estado de la pasarela por la que cayeron apenas 24 horas después siete jóvenes cuando hacían una ruta por los pequeños acantilados de la zona. Cinco de ellos fallecieron. Un dispositivo de búsqueda intenta encontrar todavía a otra chica desaparecida y una séptima se recupera de la caída en la UCI del Hospital Valdecilla de la ciudad. “El suelo cimbreaba”, explica Cabellos. “Vine para casa y llamé al 112″, relata.
Reto del día: pasar la jornada con una actitud más compasiva hacia el dolor ajeno. Y más paciente ante personas que juzgamos molestas. Según un estudio publicado el pasado diciembre en Journal of Personality, ejercitar conscientemente la compasión y la paciencia puede, en primera instancia, hacer que afloren sensaciones desagradables. Pero resulta probable que, al irnos a la cama, nos sintamos mejor que si hubiéramos afrontado el día torciendo la vista ante el sufrimiento de los otros. O impacientándonos a la primera de cambio cuando la gente no actúa de acuerdo a nuestras expectativas.
Las mujeres dj viven su mejor momento profesional, pero no ha sido ni es fácil llegar a lo más alto. Recientemente, una serie de acusaciones de agresión sexual a varios artistas de música electrónica en redes movilizó al sector, especialmente a las que abanderan el género, creando una especie de Me Too en las cabinas entre las pinchadiscos y una red de apoyo contra la inseguridad que, dicen, sufren en la escena. “Condeno cualquier forma de abuso, agresión y comportamiento depredador. Esto me ha afectado profundamente, estoy conmocionada y devastada”, reaccionó Sara Landry. “Estamos cansadas. Nos hemos visto obligadas a ser nuestra propia seguridad. Muchos hombres cruzan los límites, pero lo más doloroso para mí son todos los ‘bros’ que no hacen nada y se ríen”, remató Amelie Lens. Ambas suman cuatro millones de seguidores solo en Instagram y son dos claros referentes y líderes de la música techno, a pesar de todo.
Francis Galton, primo de Charles Darwin, fue el primero que propuso que las teorías darwinistas debían aplicarse a la especie humana. Acuñó el término “eugenesia” en 1883. Consistía en hacer todas las acciones necesarias para mejorar las cualidades raciales de la especie humana. Si se podía mejorar el ganado mediante la cría selectiva, lo mismo debía hacerse con la especie humana, impidiendo la reproducción de los menos aptos, según criterios intelectuales o psicológicos. Darwin siempre fue muy crítico con estas ideas. En su obra El origen del hombre (1871) reconoce que en la sociedad moderna se permite la supervivencia de personas con enfermedades o discapacidades hereditarias, pero la compasión también era un producto evolutivo y no debía ser ignorada.
El argumento de los más productivos— La base científica del darwinismo social ha sido ampliamente desacreditada, pero su influencia sigue muy presente. Es fácil encontrar sus postulados en algunas doctrinas económicas ultraliberales que presentan el mercado como una selva donde solo sobreviven los “más productivos”, o en políticas donde las ayudas sociales son vistas como algo “antinatural”.
— Cuando se sugieren políticas que discriminan a determinados grupos bajo la excusa de “estar menos preparados”, vemos el rostro de Galton y Spencer. Incluso en libros de autoayuda que utilizan argumentos de “biología del éxito” que reciclan los tópicos del darwinismo social.
Alcalá Norte, grupo revelación del último año y medio dentro de la música española, comienza a trazar el camino de su segundo disco. Hoy jueves ha publicado la primera canción, El hombre planeta, de un álbum que llegará en septiembre u octubre. El 20 de febrero de 2027 presenta en directo esta nueva colección de canciones en el Movistar Arena de Madrid, en el concierto de pago más multitudinario de su corta carrera. El debut de Alcalá Norte, de título homónimo y publicado en 2024, ocupó el primer puesto de los mejores del año de numerosas publicaciones especializadas y generalistas, entre ellas la del suplemento cultural de EL PAÍS, Babelia. Allí se incluía el himno La vida cañón, un lema que se ha convertido en consigna para definir momentos solaces y en recurso para titular libros, como La vida cañón: La historia de España a través de los boomers, de Analía Plaza. En el disco también se incluyen piezas como La calle Elfo, La sangre del pobre o Los Chavales, coreadas por un público intergeneracional que va de los 20 a los 50 años.
La mala noticia es que a partir de los 30 años el cuerpo comienza a enviar señales tan sutiles como constantes de cambio, siendo una de las más significativas la que ocurre bajo la superficie: la masa muscular inicia un descenso progresivo que, si no se atiende, puede impactar fuerza, energía y calidad de vida, así que con el paso del tiempo, ganar músculo deja de ser una tarea sencilla. El esfuerzo requerido aumenta década tras década, especialmente cuando se trata de las fibras de contracción rápida. A diferencia de los músculos de resistencia —las fibras de contracción lenta son las que permiten mantener actividades prolongadas—, estas fibras rápidas tienden a deteriorarse con mayor facilidad y exigen entrenamientos más específicos para mantenerse activas. Alejandro Maroto, entrenador personal de Sanitas, da nombre a este fenómeno: la sarcopenia. “Se trata de la pérdida progresiva de masa muscular y fuerza asociada al paso del tiempo, la cual se acelera con el sedentarismo, el descanso insuficiente o con una alimentación pobre en proteínas. Suele expresarse como menor potencia, peor estabilidad, fatiga temprana y una mayor facilidad para lesionarse”.
La guerra de Donald Trump y Benjamín Netanyahu contra Irán, además de violar el derecho internacional, es de una extrema peligrosidad por sus potenciales efectos económicos globales y la más que probable extensión de la violencia por parte del régimen iraní a todo Oriente Próximo. Tiene razón el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en su exigencia ayer a Estados Unidos, Irán e Israel para que pongan fin inmediatamente a las hostilidades y utilicen las vías diplomáticas para resolver el conflicto. Carece de fundamento y razón, en cambio, el desaforado ataque de Trump a España y sus toscas amenazas de bloqueo comercial, como si se tratara de un país enemigo en vez de un aliado de la OTAN y el anfitrión en su territorio de dos importantes bases militares de gestión conjunta.
Se ha dicho hasta la saciedad que la culpa es de los yanquis. Que todo habría sido distinto sin el embargo. Se omite, claro, que el embargo nunca ha sido tal, que Cuba ha comerciado con muchísimos países. En el mismo sentido, se ha llevado a alturas mitológicas el argumento de los logros que el régimen castrista alcanzó a tener en salud y educación. Menudos logros subsidiados por el totalitarismo soviético. Valiente educación que ordenaba a los lectores qué leer y qué no leer. La verdad es otra.
Las cárceles que elegimos (Lumen, 2018), el libro que recoge varias conferencias impartidas por Doris Lessing en 1985, comienza explicando dos historias. En la primera, la autora cuenta que, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, conoció a un sabio granjero que pertenecía a la minoría blanca gobernante de Zimbabue, antes Rodesia del Sur, país donde se crio. Poseía algunas de las mejores vacas del país, y otros granjeros acudían a él buscando consejo. El hombre, cuenta Lessing, decidió importar un semental escocés que le costó 10.000 libras esterlinas. Aquel toro debió ser un espectáculo: enorme y majestuoso, pero muy manso. Tenía su propio cuidador, un niño negro de 12 años a quien un día el animal, repentina e inexplicablemente, mató. El granjero decidió que había que sacrificarlo: “El toro ha matado, el toro es un asesino y debe ser castigado. Ojo por ojo, diente por diente”, dijo. Un pelotón de fusilamiento acabó con él. El granjero “no era ni un paleto ni un ignorante”, explica la escritora, “pero su acto —el de condenar a un animal por haber cometido una maldad— se remonta al más remoto pasado de la humanidad, es tan antiguo que no sabemos dónde empezó, pero sin duda ya ocurría en aquellos tiempos lejanos en que el hombre apenas sabía diferenciar entre seres humanos y bestias”.
Uno. En Sin conexión en Teherán, un testimonio de la brutal represión en Irán durante las protestas de enero publicado en Letras Libres, la autora muestra su asombro cuando personas muy distintas preguntan “cuándo viene Trumpy”. Eso no va acompañado de simpatía por Trump ni por Estados Unidos, sino por el rechazo a un régimen tiránico y la desesperanza porque parece que nada puede desalojarlo. Sorprende ver, allí y en otras regiones, una especie de aceptación: el orden liberal no funcionaba o era solo una pantalla para camuflar intereses y edulcorar la ley del más fuerte; si impera el planteamiento abierto de la ley del más fuerte, hay que aprovecharlo cuando perjudica a mi adversario. En realidad, piensan algunos, el mundo había cambiado hace tiempo, y, nos guste o no, debemos reconocerlo. Por supuesto, el realismo es una de las máscaras del autoengaño. Otra es asumir que el mundo que hemos conocido es el estado natural de las cosas y que el cambio solo es un incómodo paréntesis.
“Una colección es un autorretrato hecho con obras de arte”, dijo el añorado medievalista Jaime Barrachina, conservador del Museo Castillo de Peralada, en una memorable conferencia pronunciada en la Universidad de Barcelona en 2015. Con su inconfundible voz de oboe y vestido con un polo oscuro con la marca de una conocida fábrica cubana de puros habanos, Barrachina diseccionó durante una hora el coleccionismo con su gracia y maestría habituales. Habló de la necesidad de estudiar el coleccionismo desde otros ángulos, como la forma en que se distribuyeron las obras en el espacio en la posguerra, lo que él denominaba el “estilo Parador”, en alusión a la cadena hotelera pública creada por Alfonso XIII; un estilo que abarcaba alfombras y tapices de alta época, donde lo auténtico se mezclaba con lo falso, lámparas facticias con pie de columna barroca y pantalla de pergamino recortada de un cantoral, y que influyó en la decoración de muchos hogares de la época. También reivindicaba las colecciones hechas por mujeres que por entonces comenzaban a salir a la luz. Y las colecciones de los historiadores del arte, poco conocidas, por la aversión de los mismos a que nadie pudiera decir que se aprovecharon de sus conocimientos para construirlas, algo absurdo: “¿No se aprovecha de sus conocimientos un médico para vivir mejor o un arquitecto para tener una mejor casa?”, argumentaba Barrachina. Los historiadores del arte o los anticuarios suelen tener casas donde las piezas dialogan entre ellas y crean un clima visual que explica bien la persona que allí habita. Una casa es un refugio, una guarida, y la huella de la vida queda marcada en los objetos, en el arte, en los libros de sus propietarios. No hay nada peor que una casa vacía, un hogar convertido en habitación de hotel, algo que hoy abunda. Y no es una cuestión de dinero —a partir de 50 euros puedes comprarte un grabado, y un original por lo que vale una buena cena—, sino de educación, voluntad y gusto.