“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
La primavera ha entrado con fuerza después de una Semana Santa con un clima perfecto y de temperaturas en ascenso en casi todos los rincones del país. Un hecho que siempre recuerda a los conductores lo importante que es mantener el habitáculo del vehículo a una temperatura óptima y proteger su interior, tanto a los ocupantes como a asientos, salpicadero, volante o cuadro de instrumentos, de los intensos rayos solares. Por ello, en EL PAÍS Escaparate hemos profundizado en el gran catálogo de Amazon hasta encontrar el parasol para colocar en las ventanas traseras más vendido del momento.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha presentado el acuerdo de alto el fuego de dos semanas con Irán como un triunfo. Un logro que describe en su estilo característico, con muchas mayúsculas y muchas exclamaciones. Pero, a la espera de ver los resultados que arrojarán las negociaciones en Islamabad, lo conseguido de momento es una tregua de términos pírricos. El gran logro de Washington es abrir un paso marítimo que no estaba cerrado antes de comenzar su ofensiva; por el camino ha ofendido a sus aliados y dinamitado su imagen internacional, ha vaciado sus arsenales de munición y ha puesto en contra a su opinión pública.
Los botines para hombre protegen frente al frío en los meses más exigentes y las zapatillas Adidas funcionan como un comodín durante todo el año. Sin embargo, cuando la primavera asoma en el calendario, hay un tipo de calzado que te acompañará todos los días para vestir bien y que encaja a la perfección con el clima: las alpargatas.
“No hay nada más”, confiaban funcionarios del gobierno de Javier Milei luego de que el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, quedara en el centro de la polémica por un video en el que se lo veía abordando un avión privado a Uruguay, un gasto suntuoso que contrasta con su nivel de ingresos. Guiados por esa premisa, la estrategia oficial fue dejar pasar el tiempo y apostar a que los argentinos desviaran la atención hacia alguna otra cosa. Pero hubo más.
Cada palabra de Fatih Birol (Ankara, 1958) al otro lado del teléfono cae como un golpe sobre un cristal a punto de resquebrajarse. Desde hace más de una década está al frente de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el organismo que coordina la respuesta de las mayores economías del mundo a las crisis energéticas. El economista turco se ha convertido en una de las voces más influyentes en plena crisis energética global. Y en las últimas semanas, con el estrecho de Ormuz bloqueado y millones de barriles de petróleo fuera del mercado, sus advertencias han ido elevando el tono: el mundo se enfrenta, dice, a la mayor crisis de suministro de la historia y amenaza a la economía global.
Un antiguo aprendiz de zapatero, obligado a garrotazos por su padre a estudiar Medicina, se asomó en 1888 a un mundo diminuto que muy pocos habían contemplado y en el que nadie había visto lo que él vio. Santiago Ramón y Cajal, armado con un microscopio y cerebelos de pollo, descubrió que el sistema nervioso ―la sustancia del pensamiento― estaba compuesto por células independientes, que se comunicaban entre sí por besos. El investigador, de 35 años, pudo aplicar entonces la que fue su auténtica pasión de niño: la pintura. Dibujó aquellos asombrosos bosques de neuronas, con trazos intrincados y estilizados, y acabó ganando el Premio Nobel de Medicina en 1906. Un nuevo documental recuerda ahora que el científico hizo algo más. “Conscientemente o no, Cajal es una piedra fundacional de nuestro surrealismo”, proclama en la película el historiador del arte Jaime Brihuega.
Poco más de una hora después de que despegara la Artemis 2, los responsables de la NASA reconocieron un problema: el retrete no funcionaba.
La amistad más profunda, la espiritualidad y el misticismo pueden nacer del vínculo con un animal. Así lo ha experimentado Ramiro Calle (Madrid, 82 años), escritor de numerosos libros sobre espiritualidad y crecimiento personal, experto en doctrina budista y profesor de yoga. También es pionero y referente de esta práctica ancestral en España, además de un gran amante de los animales. Por su vida han pasado varios perros, gatos y un pájaro que le dejaron huella y a los que considera como sus maestros. “He tenido animales desde niño, porque mi madre los adoraba. Desde una san bernardo, Maya, que murió de anciana a los pies de la cama de mi madre; varios gatos nómadas, que iban y venían a nuestra casa; una entrañable perra chow chow, Yuga, y una montaña de los Pirineos, Jafet. A todos ellos los he amado profundamente”, explica Calle.
Desde que Picasso lo pintó en plena Guerra Civil por encargo de la República española, el Guernica es algo más que un cuadro: es un icono político. Tanto, que ese carácter icónico lo sometió a partir de 1937, y durante años, a una gira de exposiciones que terminó por dañarlo gravemente. Por eso en tres décadas no se ha movido del Museo Reina Sofía de Madrid, donde recaló en 1992 procedente del cercano Casón del Buen Retiro, el edificio del Museo del Prado al que había llegado en 1981 desde el MoMa de Nueva York y donde —por si cabía alguna duda de su dimensión política— había pasado una década protegido por un cristal antibalas y hasta por la Guardia Civil.
Uno de estos cinco escritores va a recibir hoy un millón de euros: Nona Fernández, Enrique Vila-Matas, Samanta Schweblin, Marcos Giralt Torrente o Héctor Abad Faciolince. Los conozco a todos en persona, los he leído y los admiro. Si yo estuviese en el jurado del Premio Aena me costaría mucho escoger un ganador. Son autores incuestionables, brillantes, singulares y poderosos que representan la excelencia de la literatura en español.
Tenemos un buen jaleo para nombrar las tres partes del día que se establecieron en función de la luz del Sol. Para empezar, en español solemos acudir a un plural cuando expresamos buenos deseos, pese a que nos estamos refiriendo a un singular: “Buenos días”, “buenas tardes”, “buenas noches”, igual que hacemos con “felices Pascuas”, “mis condolencias”, “recuerdos”, “saludos”, “abrazos”, “felicidades”… El singular les parecía ramplón a nuestros antepasados, que prefirieron transmitir un valor más amplio, no reducido a un momento sino extensible a todos los que vengan.
Un hombre, un solo hombre, ha anunciado que una civilización entera va a morir de la manera más inminente, quizá convencido ya sin remedio de su papel de nuevo dios que escribe sus evangelios en las redes sociales. Así funciona: celebra que la humanidad alcance el confín espacial más remoto y, luego, no es que prevenga de la desaparición de un gobierno o de un régimen o de un país, sino de una civilización por completo. Al cabo, aquello que se ha construido durante generaciones y siglos puede aniquilarse en unas pocas horas; y por eso tantos prefieren la destrucción: por impacientes.
En un momento dado le dije a Bu que andaba escribiendo algo, que había frenado ese algo en verano y que me costaba recuperar el ritmo. Sin darle tiempo a responder, le di mi móvil. “Lee el primer capítulo”. Empezó a leer y, de repente, me quedé dormido. Primero sobre unos cojines, y luego fui a poner la cabeza en su regazo. Ella, para no despertarme, leyó el primer capítulo y todos los demás. Lo que pasó después fue extraño. Bu tenía en casa La gente no existe, de Laura Ferrero. Lo abrió durante días sin leer más de dos páginas. Se rindió, víctima de tiempos modernos en los que la riqueza es la atención: quién la ofrece, quién la capta.
No deja de crecer el interés por el brillo capilar, así como la oferta de champús, mascarillas, sérums o aceites que lo prometen. Según la empresa de consultoría global Future Market Insights, el mercado de productos y tratamientos para potenciarlo experimentará un fuerte crecimiento en la próxima década, impulsado por la creciente concienciación sobre la salud capilar y la popularidad de los resultados profesionales en casa. Se estima que a nivel global este segmento alcanzará los 3.280 millones de euros en 2035, con una tasa de crecimiento anual del 6,8%.
A comienzos de febrero, Britney Spears vendía su catálogo a Primary Wave por aproximadamente 200 millones de dólares (unos 173 millones de euros). La operación forma parte de una tendencia más amplia. En los últimos años, Bob Dylan vendió sus derechos editoriales a Universal Music Publishing por 300 millones de dólares (259 millones de euros); Neil Young cedió el 50% de su catálogo a Hipgnosis Songs Fund; y Shakira hizo lo propio con ese mismo fondo británico. Hipgnosis, fundado en 2018 por Merck Mercuriadis, financiaba sus compras captando dinero de inversores a través del mercado bursátil.
Para la presidenta Isabel Díaz Ayuso no cabe duda sobre sus seis viajes a Estados Unidos: “claro que funcionan”. Los ha defendido desde su escaño en la Asamblea madrileña frente a las críticas feroces de la oposición de izquierdas. Tras el último de tres días a la Gran Manzana, a principios de marzo, volvió a echar mano de una de sus bases de datos preferidas, el Registro de Inversiones Extranjeras del Ministerio de Economía. La Comunidad de Madrid es la número uno en recepción de dinero estadounidense, el 61% del total en España durante sus siete años de Gobierno, tiempo en que las empresas estadounidenses han invertido 28.300 millones de euros en Madrid. Los datos, sobre el papel, son reales y transmiten la idea de un diluvio de dinero, casi tanto como lo que gasta todo el Gobierno madrileño en un solo año. Son cifras espectaculares para generar titulares favorables a Madrid, como tanta información en ese registro. Pero tienen un problema enorme. Buena parte de esos fondos no acaban en Madrid. Son una fantasía estadística.
El BBVA ha aceptado devolver 18.200 euros a un cliente que realizó una transferencia desde su cuenta del banco, incitado por unos estafadores que se hicieron pasar por empleados de la entidad. El defensor del cliente bancario reconoció que la persona engañada “no había cometido una negligencia grave” al transferir el dinero, por la sofisticación del engaño.
El primer asentamiento español en América fue fruto de un fracaso. Cristóbal Colón y sus marinos llevaban más de un mes en las costas caribeñas después de haber atravesado el Atlántico por primera vez. Habían sobrevivido a tormentas, a los miedos de una tripulación titubeante y a algún intento de amotinamiento. Era la noche del 25 de diciembre de 1492: el mar estaba en calma, la costa a la vista, la luna brillaba en el horizonte y los botes habían recorrido la zona reconociendo bajos y peñas. La confianza —y el cansancio tras la celebración de la Nochebuena— llevó a todos a la cama, Colón incluido, dejando al mando a un somnoliento grumete que no vio ni oyó que su nave, la Santa María, estaba cerca de una restinga de arena. Encalló suavemente. No pudieron salvarla y con sus restos levantaron el fuerte Navidad. Aquello obligó a cerca de 40 tripulantes a salir de su zona de seguridad, convivir con los indígenas y compartir tareas cotidianas con ellos. También mostró a aquellos pobladores que las naves en las que habían llegado esos hombres, aunque enormes y sofisticadas, se hundían. El primer naufragio de un imperio naval que se extendería durante más de 400 años acababa de cambiar la Historia.
La premisa: una tímida joven conoce a un hombre rico y misterioso. El escenario: una casa tan lujosa como aislada, preferiblemente inmersa en una naturaleza indómita; un lago, un acantilado, una selva tropical. La protagonista se siente atraída por el hombre, pero algo le impide confiar en él. Un aire de amenaza recorre la casa. Ella se siente arrojada a resolver un misterio. Contra todo pronóstico, habrá un “final feliz” en el que un último giro redime al hombre misterioso, la historia de amor se confirma y el malestar en la casa se pacifica.