“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
Dicen que quien peca y reza empata. Todo apunta a que este será el plan de muchos en Madrid el fin de semana de los próximos 6 y 7 de junio. Por un lado, darán rienda suelta a su lado más fiestero en alguno de los diez conciertos que Bad Bunny llevará a cabo en la capital; por otro, encontrarán un rato para la oración y el acto de contrición aprovechando la visita del Papa, prevista para las mismas fechas. Las coincidencias son milimétricas: el primer acto multitudinario del sumo pontífice, junto al Bernabéu, coincidirá en día y hora con uno de los conciertos del artista puertorriqueño, que se celebrarán en el estadio Metropolitano. Y los hoteles ya empiezan a hacer caja, pese a quedar dos meses y medio para las citas.
Ante Willem Dafoe (Appleton, Wisconsin, 70 años) es imposible no rendirse. Despliega todo tipo de simpatías; entra a las chanzas y las realiza él mismo; los equipos de sus rodajes solo hablan bien de Dafoe... Sean Baker contaba cómo el intérprete se amoldó a un proyecto tan pequeño como The Florida Project, con niños sin experiencia y actrices aficionadas, para acabar logrando la tercera de sus cuatro candidaturas a los premios Oscar.
David Fernández ha escrito el primer libro no hagiográfico sobre Isabel Díaz Ayuso. Metódico, incansable, de esos reporteros que se quedan al teléfono en la redacción hasta la madrugada, ha entrevistado más 180 personas durante cuatro años para tratar de entender cómo una licenciada en Ciencias de la Información a la que sus compañeros en el PP subestimaban ha logrado convertirse en el símbolo más potente de la derecha en España. El autor quizá se haya sumergido en las aguas profundas del mayor enigma de la política actual. David Fernández (Madrid, 1975) perfila a una mujer astuta que ha laminado a todos los enemigos que se ha encontrado en el camino. Y también a alguien que ha convertido en un superpoder la capacidad de no dudar y de atreverse con cualquier asunto, conocido o no, que raya la temeridad y la deja en la frontera de lo caricaturizable. El autor aparece esta mañana en una cafetería con su barba y su pelo cano, y un abrigo tres-cuartos. Bajo el brazo trae Ayuso, de la editorial Libros del K.O, que estará a la venta a partir del 20 de abril. Cualquiera que se haya fijado se habrá dado cuenta de que por la puerta ha entrado un periodista.
‘Ayuso: Zancadillas, intrigas y venganzas en la Corte de Madrid’David Fernández. Editorial Libros del K.O. Precio: 23,90 €.La Comisión de Festejos de Villamanín (León, 1.000 habitantes) ha recibido una “denuncia penal” que lleva a los juzgados el polémico premio de la Lotería de Navidad de 2025, cuando el Gordo cayó en ese pueblo con un número, el 79.432, del que algunas papeletas no fueron compulsadas. Los agraciados aceptaron por mayoría una quita de unos 10.000 euros de los aproximadamente 70.000 que correspondían a cada participación con el fin de que todos, tanto los que tenían un boleto formalizado como los que no, se llevaran la misma cantidad. La denuncia penal significa que alguno de ellos no comparte este reparto y, además, lo judicializa. EL PAÍS ha contactado con dos expertas en Derecho Civil y Loterías para explicar qué recorrido tiene el proceso en los tribunales. Rosa Nieto y María Oliva Gómez apuntan a que la clave será determinar la “intencionalidad” que tuvo la Comisión de Fiestas al no compulsar todas las boletas para discernir si la asociación pretendía engañar a los compradores o si fue un mero error, como han venido reivindicando los implicados.
Si hemos tenido duquesas rojas y curas obreros, a nadie le extrañará que en España tengamos también ecologistas de derechas: ¡en algo ha de notarse que somos el país más biodiverso de Europa! Está por ver, eso sí, si los ejemplares de ecologista de derechas son más o menos numerosos que los ejemplares —209, según el último censo— de urogallo cantábrico. Al fin y al cabo, el ecologismo es uno de esos temas en los que la derecha se ha venido convenciendo de su propia falta de legitimidad para pronunciarse. Por una parte, la derecha ha juzgado históricamente la política medioambiental como una de esas políticas blandas que resultarán siempre ornamentales frente a los grandes ministerios de Estado y la gestión pura y dura de la economía. Por otra, ha asumido con asombrosa desenvoltura el papel que la izquierda le reserva en la materia: ostentar la representación de los malvados, del promotor que da un pelotazo junto a la costa al señoro que se queja de los tapones del agua mineral. Esta mala conciencia ecológica resulta llamativa, siquiera sea porque no hacen falta mayores vuelos conceptuales para unir conservadurismo político y conservacionismo ambiental. Ni, ya puestos, hace falta una memoria muy larga para recordar los tiempos en que la imagen del progreso, para la izquierda, era la chimenea humeante de una fábrica. Si el capitalismo lo ha hecho mal en la Amazonia, también sabemos qué dejó el colectivismo en el mar de Aral.
Con el proceso extraordinario de regularización de inmigrantes empieza, para miles de personas, una carrera frenética por alcanzar la meta de la legalidad. Para que uno sea reconocido como real tiene que demostrar “es” desde el punto de vista administrativo; no basta con presentarse y decir “hola”.
Los días de esperanza e ilusión que están viviendo cientos de miles de migrantes sin documentos en España ante la regularización extraordinaria puesta en marcha tienen la otra cara de la moneda en dos grupos, los apátridas y algunos de los menores extranjeros no acompañados, que se quedan fuera del proceso. Los primeros habían sido incluidos en los borradores del decreto que fueron trascendiendo en días pasados, pero el Ministerio de Interior solicitó su exclusión y el Consejo de Estado le dio la razón en el informe jurídico que ocasionó los últimos cambios en el texto legal. El segundo grupo se trata de cerca de 2.500 muchachos que llegaron solos a España con un pasaporte que indicaba que eran menores, pero han sido sometido a pruebas biométricas -o se han negado a pasarlas- y la Fiscalía ha determinado que son mayores. Ahora tienen dos documentos legales que se contradicen, razón por la que no están tutelados como menores ni pueden acceder a la regularización como mayores, un limbo que desprotege a estos muchachos y les priva de casi todo. Algunos están en situación de calle por esa razón.
Isidro Sánchez no quiere hablar de más en el juicio del caso Kitchen. Eso queda ya claro cuando el fiscal César de Rivas intuye que los regates del colombiano rozan la contradicción. O la mentira. Este hombre de 50 años constituye una pieza clave para entender cómo el espionaje a Luis Bárcenas se extendió a su estancia en la cárcel de Soto del Real (Madrid), donde ambos hicieron “amistad” al compartir vida entre rejas, después de que el extesorero popular ingresase en 2013 por primera vez en prisión preventiva (cuando amenazaba con tirar de la manta). Pero Isidro Sánchez, que cumplía condena en aquella época por narcotráfico, no lo pone nada fácil este jueves, durante la sexta sesión de la vista oral.
Arsenio Domínguez, secretario general de la Organización Marítima Internacional (OMI), clama desde hace semanas por el cumplimiento de la legalidad internacional en el estrecho de Ormuz y por las difíciles condiciones en que se encuentran los 20.000 marineros atrapados en los alrededor de 2.000 buques bloqueados en el golfo Pérsico. Este panameño, arquitecto naval, defiende la necesidad de mantener el sistema de paso vigente desde 1968 para Ormuz —gestionado por sus dos países ribereños (Irán y Omán)— como única garantía para una navegación libre y segura en la zona. En una entrevista online con este diario, explica desde Londres que ya trabaja en el día después al fin del bloqueo, cuando haya que organizar el tráfico marítimo de 2.000 buques ansiosos por salir del Golfo, una tarea que reconoce llevará semanas. Y lamenta, casi con amargura, que el mundo solo preste atención a la importancia estratégica del transporte marítimo en momentos de shocks de suministro, como la pandemia o la presente crisis.
Se ha convertido ya en una situación cotidiana: en cualquier reunión de amigos, dos personas discrepan sobre un mismo asunto, ya sea la denominación de origen de un vino o quién dirigió qué película, hasta que una de ellas desenfunda su móvil y recurre al oráculo moderno, la Inteligencia Artificial. Esa consulta, que podría perfectamente haber sido una búsqueda de Google (y, por tanto, habría generado un gasto energético mucho menor) es la punta del iceberg de eso que, desde hace un tiempo, nos explican que no es un avance tecnológico más, sino el principio de una nueva era. Un cambio de paradigma que va a afectar a todos los órdenes de nuestra vida, empezando por el laboral.
El tráiler de la tercera temporada de Euphoria, estrenada el pasado 13 de abril, termina sacando pecho de los logros de sus jóvenes protagonistas. “Ganadora del Emmy, Zendaya; nominada al Emmy, Sidney Sweeney; nominado al Oscar, Jacob Elordi”, presume HBO, antes de presentar a Alexa Demie o Hunter Schafer sin ninguna coletilla detrás. El nombre que no está es el de Barbie Ferreira (Nueva York, 29 años), una de las pocas actrices de las anteriores entregas de la serie que no aparece en esta última. “Después de cuatro años interpretando al personaje más especial y enigmático, Kat, me despido con mucha tristeza”, anunció ya en 2022 en sus stories de Instagram —donde actualmente acumula 4,8 millones de seguidores—. El texto se mostraba encima de un dibujo hecho por Schafer de Thunder Kit Kat, el alter ego dominatrix del personaje de Ferreira. “Espero que muchos de vosotros os hayáis visto reflejados en ella, como yo hice, y que os haya alegrado ver su evolución hasta convertirse en el personaje que es hoy”, se despidió.
La nueva película de Isabelle Huppert, La mujer más rica del mundo (Thierry Klifa), indaga en uno de los escándalos más sonados de la crónica social francesa de los últimos años. El film, que aterrizará en las salas españolas el 17 de abril, se inspira libremente en el llamado affaire Bettencourt, un caso que tuvo todos los ingredientes para despertar la atención de la prensa y la opinión pública: una historia de “amistad” poco convencional, ricos enfrentados entre ellos, grabaciones ocultas por parte de un mayordomo, corrupción política, sospechas de fraude fiscal... La figura central del escándalo fue Liliane Bettencourt, la todopoderosa heredera del gigante L’Oréal, fallecida en septiembre de 2022. El imperio cosmético está ahora en manos de su hija única, Françoise Bettencourt-Meyers, dueña de una fortuna de más de 43.000 millones. Cuando el caso salió a la luz en torno a 2007, la fortuna de Liliane se estimaba en 17.000 millones de euros, una cifra astronómica que la situaba como la mujer más rica de Francia. Y durante varios años llegó a ser incluso la mujer más rica del mundo, según la revista Forbes. Netflix ya apostó por esta rocambolesca historia cuando en 2023 estrenó la serie documental El escándalo Bettencourt: el escándalo de la mujer más rica del mundo. Pero ¿cómo logra alguien amasar semejante fortuna? Pues como la inmensa mayoría de los grandes patromonios de la actualidad: gracias a unos orígenes muy privilegiados.
El Desafío Semanal es un reto con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales de EL PAÍS. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones en los comentarios o escribiendo a juegos@elpais.es. También puedes sugerirnos alguna pregunta (con sus opciones) y valoraremos publicarla. ¿Te animas a resolverlo?
Con sus 80 años, 11 de ellos como presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva es uno de los líderes democráticos más experimentados del mundo. En una entrevista con EL PAÍS, el líder sindical elegido tres veces para encabezar el mayor país de América Latina puso voz al asombro de muchos ciudadanos por la actual situación geopolítica: “Es como si el mundo fuera un navío a la deriva, sin ninguna institución que oriente el comportamiento civilizatorio de las naciones”.
Estar en Budapest el domingo pasado por la noche fue volver a ver cómo se hace historia junto al Danubio. Mientras las muchedumbres entusiastas se congregaban a la orilla del río frente al edificio del Parlamento iluminado y coreaban “¡Ria-ria Hungaria!” y “¡Hungría, Europa!”, todos éramos conscientes de que las repercusiones de la espectacular victoria electoral del partido Tisza, de Péter Magyar, se van a notar mucho más allá de este país centroeuropeo. El resultado es muy buena noticia para Ucrania y para la Unión Europea y, en la misma medida, mala noticia para los presidentes ruso, Vladímir Putin, y estadounidense, Donald Trump, los dos principales valedores del régimen de Viktor Orbán. El mayor interrogante ahora es si Hungría puede ser el primer país del mundo que logre superar de verdad una erosión populista tan devastadora de la democracia —la orbanización que Trump está intentando emular en Estados Unidos— y si Europa tiene la voluntad política y la imaginación necesarias para que lo consiga.
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha puesto en evidencia los riesgos económicos, climáticos y de seguridad que genera la dependencia de los combustibles fósiles. Hoy, los líderes del mundo enfrentan una disyuntiva: avanzar hacia la estabilidad y la sostenibilidad que ofrecen las energías renovables, o seguir siendo rehenes de la incertidumbre en un contexto internacional marcado por conflictos impredecibles y crecientes rivalidades geopolíticas.
La reunión de líderes progresistas de todo el mundo promovida estos días en Barcelona por el presidente Pedro Sánchez para acordar una respuesta común a la involución autoritaria de nuestras democracias y a las violaciones del derecho internacional, es ya en sí misma un primer paso hacia la construcción de una alternativa a la extrema derecha. Está claro que esta alternativa no puede ignorar los dos terribles flagelos que son consecuencia de esa involución: las guerras ilegales de agresión desencadenadas por Putin, Netanyahu y Trump, que amenazan con degenerar en un conflicto nuclear, y la ausencia de medidas destinadas a hacer frente al calentamiento global que, si no se detiene, convertirá a la Tierra en un lugar inhabitable.
Hace unos días, el 14 de abril, se cumplieron 95 años de la llegada de la Segunda República a España. Se suele contar la historia colocando aquel periodo que empezó entonces como la antesala de la Guerra Civil cuando acaso sea más importante entenderlo como la culminación de lo que se estaba cocinando en la década anterior y que el golpe de los militares y la dictadura posterior vino a interrumpir. La década de los veinte fue un tiempo de crisis profunda. En las dos direcciones que suele activar cualquier crisis. Como un momento de abatimiento y confusión y caos, pero también como una época en la que se produjeron deslumbrantes estallidos de creación cultural y científica y donde se desencadenó un enorme caudal de ideas, proyectos y descubrimientos. Todo podía irse al traste, y todo era posible. Al mismo tiempo.
A veces, uno sospecha que no está solo dentro de sí mismo, como si cada gesto que hacemos proyectara una sombra que no se limita a seguirnos, sino que toma decisiones por su cuenta en otro plano de la vida. La física, que con frecuencia tiene intuiciones novelescas, ha llamado a eso supersimetría. Imagina que cada partícula del universo posee una especie de doble oculto. No un reflejo exacto, como el del espejo del baño, sino una versión transformada: donde hay materia, habría una suerte de eco perteneciente al mundo de las fuerzas. Donde hay solidez, habría una vibración paralela. Donde hay algo que pesa, habría algo que roza la realidad como una pluma.