“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
Nuestro tiempo es desagradable y frustrante por varias razones: por la zafiedad inmarcesible de los líderes que elegimos, por la alegría inconsciente con que nos abandonamos a la crispación manufacturada de las plataformas tecnológicas (que a cada segundo ganan dinero y poder con nuestros miedos y nuestros odios), por la influencia irresistible que la estupidez y la ignorancia de unos pocos van teniendo en las vidas de todos: uno puede pensar en el sabotaje grotesco de las políticas ambientales que se lleva a cabo en el país más contaminante de Occidente, pero éste no es el único ejemplo de las decisiones que, tomadas sólo en una parte del mundo, tendrán consecuencias en todas. Pero tal vez nada me causa tanto desasosiego como el éxito que parecen estar teniendo en Europa y Estados Unidos la xenofobia organizada, la persecución de los inmigrantes y el racismo sin complejos. Nunca, desde que tengo uso de razón política, había visto en las democracias occidentales un ejercicio tan ostentoso y desacomplejado de propaganda cuyo único propósito sea convencer al ciudadano medio de que su modo de vida corre peligro, y de que la culpa es de los inmigrantes.
La operación Furia Épica de Estados Unidos contra Irán será, según Donald Trump, un despliegue “masivo y continuado”, en el que el Pentágono cuenta con utilizar su mayor músculo militar en Oriente Próximo desde hace casi un cuarto de siglo para atacar a la Marina del país enemigo, su programa de misiles y a las propias autoridades. Un plan con el que Washington aspira a precipitar un cambio de régimen y en el que promete no escatimar esfuerzos militares. El jefe del Pentágono, Pete Hegseth, lo ha descrito como “la operación aérea más letal, más compleja y de mayor precisión en la historia”.
Hace tiempo que quedó claro que los ideales del mundo MAGA (Make America Great Again o Hagamos América grande de nuevo) se pueden resumir en uno solo: lo que diga su líder, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Dos destructores antimisiles de la Navy desplegados en la base naval de Rota (Cádiz), el USS Roosevelt y el USS Bulkeley, participan en la operación Furia Épica, lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán para descabezar al régimen de los ayatolás y eliminar sus capacidades nucleares y misilísticas. Los dos buques, con unos 300 tripulantes cada uno, se han desplazado al Mediterráneo Oriental como parte del despliegue naval puesto en marcha para la ofensiva, según fuentes militares estadounidenses. Aunque no se conoce su misión concreta, fuentes militares señalan que el objetivo de los dos destructores es reforzar la denominada Cúpula de Hierro de Israel y neutralizar los misiles balísticos lanzados por Irán en represalia por el ataque conjunto israelo-estadounidense. Esa misma función ya la han cumplido los destructores destacados en Rota al menos en dos ocasiones, en abril de 2024 y junio de 2025, cuando Teherán también lanzó drones y misiles contra el Estado judío en respuesta a una agresión previa de Tel Aviv.
“Conflicto en Oriente Próximo” es ya casi un clásico de la geopolítica tras décadas de inestabilidad que sacuden periódicamente los mercados de energía. La relativa calma en los meses finales de 2025, tras unos años convulsos por la invasión rusa de Ucrania, saltó por los aires a principios de año, tras la intervención de Donald Trump en Venezuela, y recibe el golpe de gracia con el ataque masivo de Estados Unidos e Israel para deponer el régimen iraní. El bloqueo del estrecho de Ormuz —parcial o total, aún está por ver—, una infraestructura energética crucial por la que pasa una quinta parte del mercado de petróleo y gas, provocará fuertes subidas de precios en cuanto abran los mercados, el próximo lunes. La duración y alcance de ese bloqueo es crucial para estimar el impacto en las cotizaciones. Pero de momento los mercados van a reaccionar con una fuerte sacudida al súbito aumento de la prima de riesgo geopolítico, con varios escenarios de riesgo de los que dependen la intensidad de las subidas y su persistencia.
El ataque militar desencadenado ayer por Estados Unidos e Israel contra Irán —y la respuesta de Teherán tratando de extender el conflicto a otros países de Oriente Próximo como Omán, Emiratos o Kuwait— representa un episodio gravísimo en la peligrosa deriva actual de minusvalorar la negociación, la diplomacia o el derecho internacional como herramientas para la resolución de conflictos. En este sentido, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sin haber agotado antes la vía diplomática, ha vuelto a llevar su concepto de las relaciones internacionales a un extremo que podría ser irreversible.
Son muchos los motivos por los que se puede criticar al régimen iraní, pero eso no impide entender que el ataque lanzado nuevamente por Estados Unidos e Israel es un acto de agresión que viola el derecho internacional. No cabe entenderlo, como argumentan sus promotores, como un ataque preemptivo para neutralizar amenazas inminentes antes de que se materialicen, no solo porque ese supuesto no se ajusta a las reglas vigentes del uso de la fuerza (legítima defensa y mandato del Consejo de Seguridad), sino porque la actual debilidad de Teherán hacia descartable cualquier acción ofensiva por su parte ante el temor de un castigo insoportable. Y menos aún se puede calificar de intervención humanitaria, como sostiene hipócritamente el heredero del último shah, Reza Pahlevi.
En dos ocasiones Donald Trump ha repetido la jugada con los negociadores de Teherán. Negociar y, de no obtener rápidamente el resultado apetecido, golpear. Lo hizo el pasado junio, cuando remachó la guerra aérea de Israel con su ataque sobre las instalaciones nucleares iraníes, justo después de sentarse a negociar en Omán. Y lo ha repetido ahora, en mitad de una negociación que los representantes de Teherán valoraban positivamente, cuando el régimen se tambaleaba, tocado por la anterior guerra, con las manos manchadas de la sangre de millares de manifestantes y detestado mayoritariamente por la población.
W.J. Hennigan. ‘The President of War’. The New York Times. 28 de febrero.Fareed Zakaria. ‘Bomb and hope’ is not a strategy. The Washington Post, 27 de febrero.David Remnick y Karim Sadjadpour. ‘What Could Go Wrong, or Right, in a War with Iran’- The New Yorker Radio Hour. 27 de febrero.“Serena”, contesta sin pensarlo Yolanda Díaz cuando se le pregunta por su estado de ánimo. La vicepresidenta segunda del Gobierno (Fene-A Coruña, 54 años) llevaba un año madurando su decisión de renunciar al liderazgo del espacio a la izquierda del PSOE. Pocas horas después de hacerlo público, se le nota relajada mientras se toma un café en su despacho del Ministerio de Trabajo. No trasluce intención de ajustar cuentas con nadie y reparte buenas palabras: para los suyos, para el PSOE y hasta para Pablo Iglesias. Eso sí, avisa de que no se implicará en el debate sobre su sucesión para no repetir lo que Iglesias le hizo a ella: designarla públicamente sin contar con su autorización. En su primera entrevista tras el anuncio, Díaz reafirma su intención de continuar en el Gobierno y deja entrever que su futuro personal será lejos de la primera línea política.
La expresión fue acuñada por George Simmel hacia 1908. Un secreto vacío no se puede ni desvelar ni refutar, precisamente porque está vacío, porque no contiene nada; es el secreto perfecto, invulnerable. Un ejemplo ideal es el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981: el gran secreto sobre el golpe de Estado del 23 de febrero es que no hay ningún secreto. ¿Significa esto que lo sabemos todo acerca de él? Por supuesto que no: no existe un solo acontecimiento en la historia de la humanidad del que lo sepamos todo; ese conocimiento absoluto no pertenece a la historia: pertenece a la fantasía o a la conspiranoia. Puede parecer curioso que lo que todavía no sabemos del golpe apenas se haya estudiado: por ejemplo, qué ocurrió con exactitud aquella noche en las diversas capitanías generales, o en las diversas capitales de provincias; pero en realidad no es curioso: saberlo contribuiría a refinar nuestro conocimiento de la verdad, pero no es espectacular ni genera titulares, no desvelaría el gran secreto imposible de desvelar sobre el golpe de Estado del 23 de febrero y, por lo tanto, no es un negocio. De eso se trata en gran parte: de que no pare el espectáculo, de seguir con el negocio.
La expectación era máxima 45 años después del golpe fallido, y la incapacidad del Parlamento para aprobar una Ley de Secretos Oficiales que sustituya a la vigente, aprobada en dictadura, y homologue a España con otras democracias europeas, alimentó las suspicacias. Pero una vez desclasificados los “todos” los documentos que el Gobierno asegura haber “encontrado” en archivos de Defensa, Interior y Exteriores sobre el 23-F, llama la atención la ausencia de numerosos informes, y entre ellos, muchos con el sello de “secreto” a los que este periódico tuvo acceso en 2021, tras consultar los casi 13.000 folios de la causa judicial sobre el golpe fallido.
El 23-F me sorprendió en un gélido campus universitario estadounidense. Me enteré por la llamada de un amigo español de la zona. No había forma de conectar telefónicamente con España ni de saber qué estaba pasando. Vivíamos en el mundo predigital, faltaba todavía una década para que se creara la CNN, y las noticias sobre España eran una rareza. A cada hora en punto los boletines de la radio se limitaban a repetir, con una frialdad casi mecánica, que se estaba produciendo un golpe militar y que el Congreso había sido tomado con todos los diputados en su interior. Nada más. Pero el verdadero golpe fue el que viví en mi interior, una súbita caída en la angustia, quizá porque ya me imaginaba de exiliado. Y, sobre todo, por la sensación, que compartimos un pequeño grupo de españoles que nos reunimos aquella tarde, de ver frustradas nuestras esperanzas en superar nuestras trágicas anomalías históricas. Los viejos males de la patria. Eso de “esto no tiene solución” a lo que éramos ―somos― tan propensos.
No estaba previsto. El Gobierno decidió desclasificar los documentos secretos del 23F, que finalmente fueron muy decepcionantes para la mayoría de los expertos, por varios motivos. Sobre todo porque Javier Cercas, una persona muy influyente en el mundo progresista y el gran cronista de ese golpe, se lo había pedido en público al presidente del Gobierno. Y también para marcar la agenda con algún asunto diferente a los habituales, con algo que saque a la política del bucle tóxico habitual. Pero en ningún momento los estrategas de La Moncloa pensaron que esa decisión, que ahora ven como un acierto completo –“hemos tenido la mejor semana política en mucho tiempo, al fin se habla de contenido”, se relajaba un ministro estos días- tendría como consecuencia un debate intenso sobre el regreso del rey Juan Carlos a España, promovido por el PP y buena parte de la derecha.
Llegó la noche del 23 de febrero de este 2026 y en la tele pública nos mostraron las portadas de los principales periódicos. Virgen Santa, qué unanimidad. Era como si por segunda vez en la historia pudiéramos respirar tranquilos dado que se nos aseguraba que la actuación del rey Juan Carlos había sido intachable. Era una unanimidad impuesta por una serie de pruebas irrefutables que nos negaban el espacio a la duda, porque las dudas eran los recelos de esos aguafiestas que nunca están contentos con nada, las dudas eran conspiranoicas. Algunos periodistas e historiadores que levantaron la patita para esgrimir alguna duda razonable fueron mandados con cariño a la cama, como los niños, porque para una vez en la vida que nuestro territorio patrio es atravesado por la estrella de la unanimidad habrá que dejar que brille. Pero, ay, amiga, al cabo de unas horas, cuando el amanecer rompió esa nueva noche de los tiempos, comenzamos a mostrar lo que puede hacer un español con la unanimidad.
En julio de 2021, en el congreso del PP de Galicia que reeligió por quinta vez a Alberto Núñez Feijóo como líder de los populares gallegos, el equipo de Organización del entonces presidente nacional, Pablo Casado, tuvo una monumental bronca con el PP gallego en las bambalinas del cónclave. El problema era que el equipo de Feijóo no quería que Casado bajara las escaleras hasta el escenario del congreso junto al presidente de la Xunta, sino que pretendía que lo hicieran cada uno por separado. Primero uno, y luego el otro, con distancia. “Al final lo conseguimos, pero Miguel Tellado, que ya era la mano derecha de Feijóo, hizo lo que pudo para que no sucediera. Casado, siempre que iba a Galicia, se ponía de los nervios”, rememora una fuente de aquella etapa, que recuerda que el territorio gallego bajo el trono de Feijóo era un fortín inexpugnable para la entonces dirección nacional del PP.
Si para Vox el PSOE es “la mafia”, el PP es “la estafa”. Así lo repiten Santiago Abascal y los suyos, que suben en las encuestas y las urnas con un discurso rupturista que presenta al partido de Alberto Núñez Feijóo como pilar de un “bipartidismo corrupto” que deja a Vox como única “alternativa”. Pero algo no encaja en este relato en el que Vox luce como un partido sin ataduras. No encaja Valencia, ni Valladolid, ni Castellón, ni Guadalajara, ni Toledo. En total, más de 70 gobiernos no encajan.
En un esquinazo del oeste de la provincia de Soria, no lejos del Burgo de Osma, se yergue una explotación moderna, tecnificada y gigantesca de manzanos que produce, ella sola, cerca de 40 millones de kilogramos de fruta al año. Más o menos el 10% de las manzanas que consume el país entero. Cerca del mar de manzanos, pero al otro lado del Duero, se levanta -es un decir- un pueblo llamado Navapalos abandonado por completo en los años 70 durante el éxodo hacia Madrid que desangró el pueblo, la comarca y la región. Hay viviendas hundidas, corrales destruidos, una atalaya musulmana que lleva ahí desde la Edad Media y un puñado de calles, en principio, desiertas. Parece un pueblo vacío, pero no: en él reside una pequeña colonia de cinco jóvenes antisistema empeñados en restaurar algunas casas con sus propias manos y vivir ahí dándole la espalda a la globalización. La explotación frutícola, propiedad del grupo Nufri, que emplea a cientos de trabajadores, muchos de ellos inmigrantes africanos, llegó a Soria en 2008 empujada por el cambio climático: en Lérida, su lugar de origen, las cada vez más frecuentes noches tropicales amenazaban la producción. Guillermo Jiménez, uno de los cinco pobladores del pueblo vecino, llegó a Navapalos en 2021 procedente de Alcobendas. Cuenta que a veces, cuando los de Nufri emplean insecticidas y el viento juega en su contra, el veneno cruza el río: “Sin querer, nos fumigan”. También que está empadronado en el Burgo, que trabaja ocasionalmente de camarero, que quiere quedarse a vivir ahí y que hace días le llegó la papeleta de las próximas elecciones autonómicas de Castilla y León del 15 de marzo. Con ella en la mano hace una defensa de lo que él considera un voto útil: “En Madrid yo votaba a Podemos; pero aquí, todo tan del PP, igual lo hago por el PSOE”.
Las “formas groseras”, las “malas maneras”, las “bravuconadas” y los “dejes chulescos” del comisario Emilio de la Calle eran bien conocidos en algunos círculos de la Policía Nacional desde hace muchos años. Por eso, los escandalosos audios publicados por EL PAÍS esta semana, en los que se le escucha gritar, insultar y amenazar a una subinspectora que estaba bajo su mando, han causado estupor y rechazo internamente, pero no sorpresa: “Lo raro es que haya tardado tanto en salir”, se comenta en el cuerpo.
El líder norcoreano, Kim Jong-un, enfundado en un abrigo de cuero negro que podría haber vestido cualquier villano de James Bond, con una sonrisa y el pelo perfectamente moldeado en ese peinado que le aplana la cima del cráneo, dio por concluido el pasado miércoles el IX Congreso del Partido de los Trabajadores con un discurso ante las tropas que desfilaban por la plaza que lleva el nombre de su abuelo, Kim Il-sung, fundador de Corea del Norte y de la dictadura hereditaria: “Nuestro ejército lanzará terribles ataques de represalia contra cualquier fuerza en el momento en que cometa actos militares hostiles que infrinjan nuestra soberanía nacional y nuestros intereses de seguridad”.