“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
El precio del petróleo está en el nivel más bajo desde que comenzó el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, tras un desplome del 10% este viernes. La plena apertura del estrecho de Ormuz anunciada por Irán en el marco de la tregua acordada con Estados Unidos, y condicionada al alto el fuego de Israel en Líbano, ha deparado la noticia que se esperaba desde que se anunció la tregua entre Teherán y Washington, la semana pasada. Aunque aún no hay acuerdo de paz y Donald Trump ha anunciado que mantendrá su bloqueo, el anuncio es el primer paso en la recuperación de un shock petrolero con pocos precedentes.
Buenas noticias para Europa: la marea ultra amaina. Los votantes de Hungría han vapuleado a Viktor Orbán. En el último par de años, los nacionalpopulistas han perdido el gobierno en Polonia (aunque no la presidencia) y en los Países Bajos, y han sufrido retrocesos en Suecia y Finlandia. La italiana Giorgia Meloni (que recibió un varapalo en su referéndum para la reforma judicial) se acerca al consenso europeo según se aleja de Donald Trump, quien ahora la desprecia. El presidente de EE UU se encuentra cada vez más solo: sin más aliado que Israel, enredado en un choque frontal con el papa León XIV, y cuestionado internamente por su rumbo errático. Su apoyo expreso a un candidato, o que JD Vance acuda a una campaña, ya no suma; en Canadá o en Dinamarca los votantes premiaron a quienes plantaron cara a Trump (ahí quiere estar Pedro Sánchez). Otra razón para el optimismo: el presidente de EE UU puede convertirse en noviembre en un pato cojo, en minoría en el Congreso y con su partido enfocado a la sucesión. Será más débil. También, sin nada que perder, más imprevisible.
Durant una estada a Buenos Aires, Marcel Duchamp va assabentar-se del casament de la seva germana Suzanne amb el pintor Jean Crotti. Com a regal de noces, va enviar-li un paquet a París. “Era un llibre de geometria que havia de penjar amb cordills al balcó del seu apartament de la Rue Condamine; el vent havia de travessar el llibre, triar els seus propis problemes, girar i arrencar les pàgines”. Així en parlava el mateix Duchamp dècades més tard en una entrevista en què rememorava aquella “idea divertida”. I és que amb el Readymade Malhereux [Readymade Infeliç] (1919), aquell tractat científic que representava el coneixement humà s’abandonava a la intempèrie i se’l condemnava a desaparèixer per l’acció atzarosa de les forces de la natura. Una provocació que qüestionava l’ordre establert. D’aquesta acció dadaista només va sobreviure un petit quadre que va pintar la mateixa Suzanne, un grapat de fotografies i una reverberació reveladora: els llibres també podien ser artefactes artístics.
En España hay en estos momentos más personas que nunca en la lista de espera de una intervención quirúrgica. Son en total 853.509, de las cuales, 184.000 llevan esperando más de seis meses, según el último informe del Ministerio de Sanidad. La evolución de los datos de la última década indica que el recorte progresivo de las listas y los tiempos de espera se interrumpió bruscamente durante la pandemia y no hemos vuelto a recuperar la posición anterior.
Lo que Amando de Miguel bautizó como “franquismo sociológico” y que creímos desterrado con la victoria socialista en 1982, vuelve con fuerza transcurrido el primer cuarto del siglo XXI. Mismo lobo, con distinta piel, es el nuevo despertar del conservadurismo español ultranacionalista, ultraconservador y ultramontano. Como persona pero, sobre todo, como mujer, me hacen temblar las palabras del diputado de Vox en la Asamblea de Murcia Antonio Martínez Nieto. Desde la tribuna institucional, vuelven a resonar resabios más propios de los arranques encarnados de Manuel Fraga Iribarne que del siglo XXI. El aborto, “aberración moral”, pata de “la cultura de la muerte” para él, es un derecho adquirido con sangre, sudor y lágrimas gracias a un movimiento feminista que luchó de forma incansable. Como en la moda, lo viejo vuelve. Señoras, vayamos preparando las maletas para visitar Londres en caso de que queramos ejercer nuestros derechos. En España, si por personajes de este pelaje fuera, la única “cultura de la muerte” a permitir sería la representada por Millán Astray. Espeluznante.
Durante los 41 minutos que la tripulación de Artemis 2 se escondió detrás de la Luna, el mundo entero contuvo el aliento. Después del lanzamiento, se trataba del siguiente momento más delicado de toda la misión. En la cara oculta del satélite, expuestos al vacío y a la radiación solar, incomunicados y sin posibilidad de ayuda, la vida de las cuatro personas que más lejos han estado de la Tierra dependía de la precisión quirúrgica de unos cálculos que ya no podían corregirse. Durante esos minutos estaban solos en el universo. Es difícil imaginar la carga dramática, la emoción e incluso el vértigo que el equipo de la NASA sintió al oír la voz de Christina Koch en sus receptores de radio: “Es maravilloso volver a escuchar a la Tierra”. Estaban ante la hazaña más reciente de la humanidad.
El siglo amaneció con una impresionante constelación de líderes de formaciones tradicionalmente progresistas en el poder en Europa: Blair, Schroeder, D’Alema, Jospin, Guterres, Kok, entre otros. El presidente de la Comisión Europea era Romano Prodi y el director general del FMI era Michel Camdessus, un francés cercano a los socialistas de ese país que, con figuras del consenso de París como Delors y Lamy, tanto influyeron en el mundo posterior a 1989. En Estados Unidos mandaba Bill Clinton. El segundo cuarto del siglo XXI amanece en cambio con un panorama desolador para los progresistas europeos, que disponen de poder ejecutivo solo en dos países europeos de peso: el Reino Unido y España. ¿Qué pasó?
La inhumanidad, ese viejo fantasma que la filosofía ha tratado de exorcizar desde Platón, sigue ahí, tan viva como siempre, quizá más humana que el propio hombre y hasta podría considerarse su invento más perdurable. Lo inhumano no procede de las bestias ni de las máquinas: es la conciencia refinada que ha aprendido a justificarse. Los filósofos lo sabían, cada uno a su manera: lo inhumano no es lo otro del hombre, sino su verdad más íntima y de la que prefiere apartar los ojos.
Les llibreries del país seran tan plenes a vessar de literatura el Dia del Llibre, que no serà estrany que els amics de les belles lletres quedin desorientats davant d’un tal arreplec. Decennis enrere, quan se’n publicaven menys, la tria era una mica més segura; avui, per contra, el més probable és que un comprador poc aciençat entri en un estat d’alienació total, en una perplexitat insondable. En aquest cas, potser el lector no comprarà cap llibre; però això no faria cap favor a la nostra indústria editorial, de la qual viuen —o fan la viu-viu— una colla de persones amb un ofici molt lloable.
A Gustavo Petro se le acaba el tiempo. El próximo 7 de agosto dejará de ser presidente de Colombia. En cuatro años, muchas de sus promesas se han quedado por el camino. A veces por errores suyos, otras por la resistencia y los miedos de un país en el que no había gobernado la izquierda en décadas. Ahora, el desgaste del poder ha caído a plomo sobre él. A veces se le ve irritado y de mal humor, pero esta mañana un Petro sonriente y en impecable traje azul entra acompañado de su comitiva presidencial por la puerta del Pabellón 8 de la Fira de Barcelona. Petro participa en la IV Reunión en Defensa de la Democracia junto a los presidentes de España, Brasil y México, un combo progresista con el que se siente a gusto. En la entrevista con EL PAÍS, el presidente colombiano, que el domingo cumplirá 66 años, defiende el multilateralismo y la lucha contra el cambio climático, al tiempo que no puede dejar de lanzar dardos sobre el sistema electoral, abriendo incluso la duda sobre si reconocerá los resultados de las elecciones si considera que hay irregularidades. Sus esperanzas se centran en que su candidato, Iván Cepeda, por ahora el favorito en las encuestas, sea el siguiente en ocupar su despacho. Reconoce que no conseguirlo sería un fracaso personal.
La fractura entre los seguidores de la milicia chií Hezbolá y el Gobierno libanés era este viernes evidente en el abarrotado camino de regreso que miles de personas han emprendido hacia el sur de Líbano. Tras 46 días de desplazamiento forzoso por la guerra con el ejército israelí, miles de ciudadanos han aprovechado las primeras horas del alto el fuego temporal, de solo 10 días de duración, para retornar a un territorio devastado y donde Israel afirma que mantendrá los ataques. Mientras Beirut ha iniciado un diálogo con Israel y se ha comprometido a desarmar a Hezbolá, la población fronteriza, en su mayoría cercana al movimiento proiraní, regresa al sur entre alabanzas hacia sus combatientes. “Nuestros jóvenes han luchado contra Israel hasta la muerte”, proclama orgullosa Randa Manna, de 61 años, desde lo alto del vehículo. “Y levantaremos una nueva generación que luche contra Israel”, afirma junto a su nieto, ambos haciendo la señal de la victoria con los dedos.
La nueva generación de acuerdos en la derecha se ha inaugurado en Extremadura con un pacto en el que el PP elige gestionar el poder a cambio de entregar el marco ideológico a Vox. El partido de Santiago Abascal ha ganado en influencia y ha impuesto al PP un acuerdo muy diferente al último que ambos partidos consensuaron en 2023 para la anterior investidura de María Guardiola. En el de hace tres años, la inmigración, por ejemplo, era inexistente; ahora es la columna vertebral del acuerdo. La extrema derecha ha arrastrado al PP a aceptar en el nuevo pacto la “prioridad nacional” de los españoles sobre los inmigrantes en el acceso a ayudas y prestaciones sociales, así como a la vivienda pública, lo que choca con el documento marco que Génova elaboró para las negociaciones. Aquel texto ordenó a “no aceptar propuestas que supongan desigualdad entre ciudadanos por razón de territorio, ideología, lengua, sexo, origen u otra condición”.
“Nos vemos en el próximo congreso de la lengua en…”. Esta frase no pudo pronunciarse cuando finalizó el último Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), en Arequipa (Perú), el pasado 17 de octubre. En contra de lo que había sucedido en algunas ocasiones anteriores, en la clausura no se hizo oficial qué ciudad acogerá el siguiente CILE. La razón estuvo en un congreso marcado por fuertes discrepancias entre los responsables de las dos principales instituciones organizadoras, el del Instituto Cervantes, el escritor Luis García Montero, y el de la Real Academia Española (RAE), el catedrático de Derecho Administrativo Santiago Muñoz Machado, que tampoco se pusieron de acuerdo en este punto. Sin embargo, la ciudad de Panamá, a través de la Academia Panameña de la Lengua, se había postulado para acoger el undécimo CILE —que se prevé para finales de 2028—, con el visto bueno de los responsables de las 23 academias del español. No obstante, seis meses después sigue sin anunciarse oficialmente, aunque las fuentes consultadas confían en que pronto se desbloquee este asunto.
“Me tenía que subir a un tanque y me había hecho unas pruebas médicas. Después de la pausa para cenar, mientras me estaban poniendo la peluca, tenía a un médico al teléfono que me dijo: ‘Parece que tienes un aneurisma cerebral”, explica la actriz que ha protagonizado algunas de las escenas más memorables del cine de las últimas décadas, dentro y fuera de España. Pero Penélope Cruz (Alcobendas, 51 años) otorga un doble matiz al adjetivo inolvidable cuando relata lo que le ocurrió en su primer día de rodaje de La bola negra, la esperadísima próxima película de Javier Ambrossi y Javier Calvo (que competirá por la Palma de Oro en el Festival de Cannes), mientras se forjaba una de esas escenas que prometen grabarse en las retinas de los espectadores: su personaje, una cupletista de los años treinta, tiene que unirse a un grupo de unos 300 figurantes e interactuar con ellos mientras canta y baila. “Yo nunca me olvidaré de esa escena. Primero por la libertad que dan ellos. La energía de ese momento no se puede construir de otra manera, no se puede ensayar de más, tenía que tener algo muy salvaje. Y después por esa llamada del médico. Yo empecé a llorar, intentando que no se me estropeara demasiado el maquillaje, mientras al otro lado había 300 personas esperando para seguir con el número musical. ‘¿Cómo que parece?’, le contesté. Y me dijo que no era seguro, que había que repetir las pruebas. Yo solo le pregunté: ‘¿Puedo hacer ejercicio ahora mismo? Porque tengo que bailar y cantar toda la noche’. Y me dijo: ‘Sí, tranquila, lo puedes hacer’. Entonces me subí al tanque, y siempre recordaré la sensación de estar escuchando el inicio del número musical, pensando que tenía que darlo todo, y a la vez con un miedo… Mi cabeza iba a mil por hora, combinada con la adrenalina del número musical, que es impresionante”.
Estilismo:Juan Cebrián
Maquillaje y peluquería:Pablo Iglesias (NS Management) para Chanel.
Diseño de set:Virginia Sancho.
Producción:Cristina Serrano.
Asistentes de fotografía:Marcos Jiménez y Mario Val.
Asistente digital:Orlando Gutiérrez.
Asistentes de estilismo:Paula Alcalde y Carmen Cruz.
Asistente de producción:Marina Marco.
Manicura:Laura Hurtado
Un cuarto de siglo puede parecer una medida arbitraria para especular en materia de cultura, pero el período 2001-2025 es el último en que la literatura se produjo y leyó sin inteligencia artificial, un elemento destinado a cambiar muchas cosas de forma inminente. Dos buenas excusas para proponer un mapa tentativo de la novela española de los últimos 25 años. Una advertencia: este repaso no recoge todas las obras y voces valiosas. Tampoco es un canon.
Empieza el buen tiempo, los días se alargan, apetece salir más y, casi sin darte cuenta, tomas una decisión: “Voy a empezar a hacer ejercicio”. Te marcas un objetivo. Quizá caminar 10.000 pasos al día, ir al gimnasio tres veces por semana o salir a correr. Los primeros días todo va bien, incluso sientes orgullo, pero pasan las semanas y algo cambia: un día fallas, luego otro, y, sin darte cuenta, abandonas. Si te identificas con esta historia, no eres la única persona. Es una historia extraordinariamente común que nos lleva inevitablemente a una pregunta incómoda: ¿Qué ha fallado?
Gabriel Weston (Londres, 55 años) vive en una casa del barrio londinense de Lambeth. Idéntica a las vecinas por fuera, por dentro es una explosión de color. En la buhardilla hay una cama junto a su mesa de trabajo. “Es empezar a escribir y entrarme sueño”, explica. Advierte de que sus gemelas de 12 años llegarán en cualquier momento. Está inquieta. El colegio, público, ha alertado de una posible reyerta entre bandas. “Una es muy curiosa y querrá quedarse a mirar”, dice. Habla con entusiasmo y sin pausa. Ofrece té.
Al recibir la nacionalidad española, cuando le preguntaron dónde quería situar su origen el actor argentino Ricardo Darín dijo, porque le gustaba el nombre, “Jaén”. Ahora, el municipio de esa ciudad lanzó una campaña ingeniosa para poner una placa con la leyenda: “Aquí decidió nacer Ricardo Darín”. En un video, algunos jienenses cuentan historias inventadas —ese es el chiste— para argumentar por qué la placa debe colocarse donde ellos sugieren.
El coche ha girado a su derecha para entrar en la calle lateral en el momento en el que mi perra y yo cruzamos por el paso de peatones. Mi perra tiene las patas cortas y los andares tranquilos, y ni a ella ni a mí nos apura la prisa en este momento en que la luz de la tarde se vuelve oblicua y dorada. La parada obligatoria no ha podido retrasar al conductor más de unos segundos. Pero él saca la cabeza y me grita algo que tardo en entender, ya que lo dice con el vozarrón de la furia automovilística en Madrid: “¡Vete al Retiro!”. No es mi primer encuentro y me temo que no será el último con un fenómeno que hasta ahora yo no sabía que tiene nombre, pero que de un modo u otro llevo padeciéndolo toda la vida. En uno de mis primeros recuerdos, voy por una calle de Úbeda de la mano de mi madre y ella me da un tirón y me aparta un lado en el momento en que uno de aquellos grandes coches negros de entonces dobla la esquina a toda velocidad. Mi madre se acordaba siempre de aquel susto que pudo habernos costado la vida a los dos. Aunque no se hubiera detenido, ella sabía quién era el conductor, ya que entonces había muy pocos coches: un médico muy conocido, con la sombría autoridad sacerdotal que los médicos tenían entonces. Muchos años después, conocí a un director teatral que me contó que era de Úbeda. Su apellido me trajo el recuerdo del automóvil agresivo, y le pregunté si por casualidad su padre había sido médico. El hombre debió de sentir algo de congoja retrospectiva al descubrir que, a causa de la pasión conductora de su padre, aquel encuentro pudo no haber sucedido.
El jueves, durante el último entrenamiento del Atlético de Madrid en el Cerro del Espino, Antoine Griezmann marcaba junto a Koke el paso del trote de un grupo compuesto por la gran mayoría de los jugadores que jugarán de inicio la final de la Copa del Rey. Minutos antes, durante el rondo, mostraba el mismo aire de disfrutón con el que trata de impregnar sus últimos partidos como rojiblanco y en el fútbol español. El verbo disfrutar ha adquirido un uso preponderante en el futbolista que más focos acapara para la cita de este sábado (21.00, TVE-1 y Movistar) por enfrentarse los dos clubes, Real Sociedad y Atlético, en los que se ha sentido realizado como futbolista. “Cuando estoy en el campo disfruto de cada pase, de hacer una entrada, de una asistencia o de una instrucción del Cholo. Estoy disfrutando mucho de todo”, aseguró este viernes el atacante galo en la sala de prensa de La Cartuja.