“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
Se vende liga saudí de golf.
A los doce años, Caballo Loco ya había matado un búfalo y montaba a su primer caballo. A los doce años, Hristo Stoichkov hizo el camino de regreso a casa llorando. Tres kilómetros a pie, hollando la tierra y el barro de la Bulgaria comunista, sin parar de llorar. El entrenador de su equipo le había dicho a aquel niño bajito de treinta y pocos kilos que no servía para el fútbol. Que no volviera a entrenar. Fue el día más duro de su vida.
Me llevan a las instalaciones de la autonómica valenciana À Punt para hacerme una entrevista, y en el vestíbulo, medio arrumbada o medio expuesta, me encuentro con la paella rusa de El show de Joan Monleón, la estrella de aquel canal en sus orígenes, allá por 1989, cuando se llamaba Canal 9. Al lado está el sofá de Tómbola, la otra contribución de la cadena a la historia de la tele, pero a mí solo me emociona esa ruleta de la suerte con forma de paella mixta (¡ay!) que presidía uno de los platós más descacharrantes, verbeneros, barrocos, saturnales, zafios y vanguardistas, mito de mi infancia valenciana. Joan Monleón fue un personaje irrepetible e imposible de encasillar, quizá comparable en parte con Javier Gurruchaga: un talento escénico apabullante, enérgico, inmensamente popular y siempre divertido.
El director de EL PAÍS, Jan Martínez Ahrens, ha nombrado como nuevo subdirector de Opinión de este periódico a Marc Bassets. Hasta ahora corresponsal en Berlín, Bassets (Barcelona, 1974) ha trabajado durante 26 años en diversos destinos internacionales. Desde 2014 lo hace para EL PAÍS, donde también ha sido delegado en Washington y después corresponsal en París. Anteriormente, trabajó durante más de una década en el diario La Vanguardia desde varias ciudades europeas y de Estados Unidos. En su nuevo cometido al frente de la sección de Opinión en EL PAÍS, también será responsable del suplemento Ideas, que coordina Joseba Elola.
En 1949 nacía en un barrio de Chicago, de inmigrantes albaneses (hoy le esperarían a la salida del colegio y sería deportado), un tipo muy gracioso que tuvo una revelación al descubrir el blues. Formó un grupo y luego incluso hizo una película, cuya historia es la siguiente: dos hermanos, Jake y Elwood, tienen una iluminación en misa y deciden salvar de la quiebra un orfanato. Por el camino, su mayor oponente es un grupo nazi, y Jake enuncia una declaración de principios que podría ser el undécimo mandamiento: “Odio a los nazis de Illinois”. Lo habrán adivinado, es John Belushi, y el otro, Dan Aykroyd (canadiense, hijo de inmigrantes, también sería deportado): los Blues Brothers. De pocas palabras, vestidos siempre igual y con una misión divina. Pues bien, a otro chico hijo de inmigrantes de Chicago (igual, sería deportado), nacido en esos años, le encantó la película. También habla poco, viste siempre igual y tiene una misión divina. Hay una foto suya de juventud disfrazado como uno de los Blues Brothers (facilitaba las cosas que era cura, ya llevaba el blanco y negro de serie y solo tuvo que ponerse sombrero y gafas de sol). Se trata de Robert Prevost, el actual papa León XIV.
El auge de las derechas nacionalistas avaladas por algunos de los mayores tecnoemperadores ha hundido el mundo en una época de profundas convulsiones que sacuden el plano internacional, el nacional y, por ambos caminos, el individual. Sus representantes más extremos libran un asalto contra los ideales de un orden mundial multilateral basado en reglas, de plenitud democrática, de cohesión social y de derechos humanos universales. El asalto se halla en pleno desarrollo, pero su furia, ruido y sus demoledoras consecuencias parecen estar abriendo una ventana de oportunidad para revertir la marea. Esa percepción y esa esperanza afloraron en los discursos y debates de las fuerzas del mundo progresista global reunidas este viernes y sábado en Barcelona y constituyen la base de su intento de resistir y contratacar tras un periodo marcado por muchos reveses.
El auge de la extrema derecha es uno de los grandes asuntos de nuestro tiempo: suele citarse como una amenaza para la democracia y uno de los mimbres de las distopías por venir. La izquierda, como le corresponde, reacciona entre el horror, el desánimo y la llamada a la resistencia. En mitad del sándwich, la derecha tradicional parece vivir en la indecisión, descabalgada de la época, debatiéndose entre arrimarse al toro, con los riesgos que conlleva (la tan señalada preferencia por el original ante la copia), o mantenerse en una moderación responsable.
En Chernóbil la tragedia se toma la molestia de avisar. Lo hace por teléfono y a las cuatro de la madrugada.
Lisa Kudrow (Los Ángeles, 62 años) será siempre Phoebe pero para muchos también Valerie Cherish, la protagonista de ‘The Comeback’ (HBO Max), una serie creada y protagonizada por ella misma en la que da vida a una actriz madura que intenta volver a la rueda de la industria del entretenimiento poniendo buena cara a todo tipo de humillaciones. Su primera temporada, en 2005, no consiguió un éxito masivo pero aquella mujer ligeramente patética aunque entrañable con un pasado glorioso que intentaba resucitar su carrera en un reality show se ganó a los paladares más exquisitos. En la vida real, la serie se canceló, pero 10 años después resucitó, con una segunda temporada en la que la perspectiva tragicómica de lo que el show business representa para una “señora de una cierta edad” dio grandes momentos humorísticos. De nuevo una década después, Valerie regresa, por tercera y última vez: en esta ocasión se embarca en una producción televisiva guionizada por una inteligencia artificial en plena huelga de guionistas. “Antes solo había ciertas personas que lo pillaban y les encantaba. Ahora tengo la sensación de que la mayoría de las personas con las que hablo entienden de qué va”, explica con su característica y desconcertante risa Lisa Kudrow por videollamada desde el salón de su casa en Los Ángeles.
El Reino Unido ha empezado a añadir ciertas dosis de crítica a las toneladas de nostalgia que aún provoca la figura de Isabel II. El país se dispone a celebrar el centenario de la reina más longeva de su historia, que definió la imagen contemporánea de Gran Bretaña con la llamada “segunda era isabelina”. El 21 de abril hubiera llegado a los 100 años. Falleció a los 96, en un país que aún se lamía las heridas del Brexit, había dejado atrás una pandemia gestionada de manera nefasta y escandalosa por Boris Johnson y a punto estuvo de hundirse económicamente por las torpezas del breve mandato de Liz Truss en Downing Street.
Uno de los primeros recuerdos de mi vida se remonta a una noche de invierno en un Madrid muy frío y por entonces también muy oscuro, sin apenas contaminación lumínica. Me veo allí, de pie en mitad de la calle de mi infancia, colgando de las manos de mis padres y mirando al cielo. Ya era raro estar levantada y fuera de casa siendo tan tarde, porque yo debía de andar por los cinco años; pero aún resultaba más extraño comprobar que toda la avenida estaba llena de personas paradas y con los ojos clavados en el firmamento. Silencio, expectación, algo de viento, nuestra respiración condensándose en diminutas nubes. De pronto, una estrellita comenzó a caminar con rapidez dibujando un arco en la negrura. Era el Spútnik ruso, el primer artefacto en orbitar el planeta, el momento más trascendental de la carrera espacial, mucho más que el alunizaje, porque fue la primera vez que el ser humano se liberó del útero asfixiante de la atmósfera terrestre. Abrimos la puerta al universo y yo lo vi con mis propios ojos, y por eso quise ser astronauta, y participé, en mi niñez y adolescencia, de la embriaguez de la exploración del cosmos que en aquellos años se vivía.
El pasado martes, 14 de abril, el influencer Clavicular fue hospitalizado por una supuesta sobredosis mientras realizaba una retransmisión en directo en un centro comercial de Miami, ciudad en la que reside. Durante la emisión, el joven de 20 años comenzó a dar muestras de comportamiento errático y ausente, con dificultades para abrir los ojos o sostener la cabeza. “Hago lo que puedo, pero estoy destruido”, masculla. Uno de sus acompañantes, Androgenic -otro influencer, conocido como “el Clavicular australiano”, le pregunta si quiere “un addy” (Adderall, medicamento de anfetamina usado como tratamiento del TDAH). Pocos instantes después, la emisión en directo se interrumpe.
“Estoy fuera y necesito que hagas una transferencia urgente para cerrar un negocio con un nuevo proveedor. Es confidencial. Confío en ti”. Esta llamada puede ser el gancho para caer en el fraude del consejero delegado. La treta funciona así: un empleado recibe un correo o una llamada de un jefe —cabe recordar que la inteligencia artificial (IA) permite clonar voces con relativamente pocos medios— para hacer una transferencia, facilitar un número de cuenta o cambiar los datos de una factura. El carácter urgente y la sensación de que el problema solo puede solucionarlo esa persona son dos elementos de alarma, de tal forma que el operario llega a la convicción de que realmente es un asunto de vida o muerte, solo él tiene la llave para cerrar el trato; en ese punto ha caído en la trampa.
El papel de los bancosSon los bancos los que, en última instancia, dan luz verde a la fuga del dinero a las cuentas de los estafadores. ¿Pueden entonces ser señalados como responsables? La respuesta es sí. La jurisprudencia dice que las entidades deben extremar las precauciones con las operaciones sospechosas. La pregunta en el aire es hasta qué punto se entiende que llega este deber de diligencia. En abril, el Tribunal Supremo dejó claro que la banca debe contar con sistemas para detectar operaciones sospechosas. De no contar con estas cortapisas, las entidades pueden ser emplazadas a responder por el fraude.
¿Qué ocurre cuando la fotografía no solo documenta sino también reimagina? Memorias entre la tierra y el cielo es un cuerpo de trabajo colaborativo creado junto con mi madre. A través de retratos ficcionados de amantes y amigos, esta serie imagina su historia de amor con mi difunto padre, desde su primer encuentro hasta su despedida final. La obra se resiste al borrado: es un intento de hacer visibles los frágiles recuerdos de un amor en gran medida no fotografiado. Mientras desarrollaba esta serie, reflexionaba a menudo sobre cómo los dibujantes forenses reconstruyen un rostro o un momento a partir de los relatos de testigos. Aquí, mi madre es la testigo de su propia historia de amor y yo traduzco sus recuerdos en imágenes. Este proceso me permite ampliar los límites de la fotografía, desplazando la historia y transformando la memoria y la emoción en algo tangible.
La desigualdad actual es peor que la que Estados Unidos vivió durante la Gilded Age de finales del siglo XIX, dice Joseph Stiglitz. “La persona más rica de aquella época era John Rockefeller, pero su fortuna no era comparable a la de Elon Musk, Larry Ellison o Jeff Bezos”, explica por teléfono el economista, laureado en 2001 con el Nobel de Economía. “Su influencia política bajo el mandato de Donald Trump tampoco tiene precedentes, con Musk como el ejemplo más claro”.
Nicolas Faller (1968, Colmar, Francia) es consejero delegado de UBP Asset Management, la gestora de fondos del banco suizo Union Bancaire Privée (UBP). Originario de una región situada a pocos kilómetros de las fronteras con Alemania y Suiza, Faller dirige una firma que administra unos 40.000 millones de dólares (34.000 millones de euros), dentro de un grupo que gestiona alrededor de 200.000 millones de dólares, con un negocio históricamente centrado en la banca privada y cada vez más orientado a la gestión de activos para clientes institucionales y a la distribución internacional.
En economía, se conoce como el milagro del río Han a la industrialización masiva y el crecimiento económico acelerado que transformó a una Corea del Sur rural y devastada tras la guerra con el norte (1950-1953) en una potencia industrial. Hoy, un nuevo milagro, esta vez cultural, vuelve a sacudir al país asiático y lo pone de nuevo a la vanguardia. Además, el fenómeno tiene también nombre: Hallyu, literalmente la “ola coreana”. Una ola con la que la cultura pop surcoreana ha inundado los mercados mundiales con una rapidez inusitada. Series de televisión, películas galardonadas con Oscar, grupos de pop que arrasan en descargas en Spotify y llenan estadios, marcas de cosmética que crean tendencia…. La etiqueta K (K-pop, K-dramas, K-cinema, K-beauty) se ha convertido en un fenómeno de exportación global que domina las listas de éxitos y las plataformas de streaming.
Los pasatiempos que invitan al lector a hacer una pausa del torbellino informativo y desafían su ingenio se abren hueco, desde hace más de un siglo, entre las noticias y los artículos de opinión de los periódicos. El entretenimiento inteligente y el ejercicio para las neuronas que aportan crucigramas, sopas de letras o sudokus han sido un espacio muy cuidado en los 50 años de historia de EL PAÍS, con firmas legendarias como las de Peko o Mambrino, cuyo relevo llevan hoy Tarkus, Nataly Sanoja, Elro, Clavileño o Jurjo. Desde esta semana, con el propósito de mantener esa calidad y mejorar la experiencia del usuario, el diario ha acometido una renovación integral de su página de juegos en internet con un rediseño y una visualización más clara y atractiva.