“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
A las diez de la mañana del viernes, un tractor cargado de aceitunas llega a la cooperativa Nuestra madre del sol, en Adamuz (Córdoba, 4.100 habitantes). En pocos minutos lo hace otro y, poco después, uno más. La actividad es intensa en las instalaciones, que afronta el final de una potente campaña olivarera que arrancó en noviembre. Es el epicentro y motor económico de la localidad: 900 de sus 1.200 socios son vecinos del pueblo. Días atrás, el enorme espacio por el que ahora pasan los vehículos agrícolas estaba repleto de autobuses, ambulancias y todoterrenos de la Guardia Civil. La mujer respira al ver que a su alrededor todo vuelve a la normalidad. “Ha sido una locura, pero aquí la vida tiene que seguir”, destaca Ana Victoria García, su gerente, de 35 años. Y continúa con su tarea. En Adamuz necesitan respirar, mirar hacia adelante y dejar atrás el mayor dispositivo de emergencias de su historia, que se desactivó el jueves por la tarde tras el hallazgo de las dos últimas víctimas.
La borrasca Ingrid ha sumido a España en una situación meteorológica delicada, con un aviso especial de la AEMET por nevadas en cotas bajas y temporal marítimo en el cuadrante noroccidental peninsular, además de avisos en todas las comunidades, Ceuta y Melilla por riesgo de nieve, viento, frío, tormenta u oleaje.
¿Qué es una rave? La respuesta depende de cuándo, dónde y a quién se pregunte. En los noventa, cuando la promesa de los años 2000 deslumbraba a la vuelta de la esquina, el Norte global (y especialmente Reino Unido) lo tenían claro: una rave era una fiesta autogestionada y colaborativa en la que se bailaba techno, jungle, gabber y otros sonidos que te decían que esa era la música del mañana. Por algo uno de sus lemas, que se popularizaría en pegatinas y pintadas, fue See you in 2017, un guiño a la canción techno Reflections of 2017. El futuro estaba en marcha y la derecha política que lo privatizaría todo vería a esas fiestas como una amenaza a su nuevo orden: la prensa se indignaría urgiendo a la disciplina policial frente a esos jóvenes colocados durante días en espacios abandonados o alejados de la urbe.
Lecturas recomendadasRaving, de Mckenzie Wark. Traducción de Mariano López Seoane y epílogo de Marta Echaves. Caja Negra, 2023. 184 páginas. 19 euros.
Microfestivales y otros escenarios posibles, de Nando Cruz. Sílex, 2025. 312 páginas, 23 euros.
Retromanía, la adicción del pop a su propio pasado, de Simon Reynolds. Traducción de Teresa Arijón. Caja Negra, reedición de 2024. 448 páginas. 30 euros
Historia universal del after, de Leo Felipe. Traducción de Alejo Ponce de León. Caja Negra, 2022. 260 páginas. 19 euros.
Out of Order: The Underground Rave Scene 1997–2006, de Molly Macindoe. Front Left Books, 2015. 436 páginas. 57 euros.
Loops, una historia de la música electrónica, de Javier Blánquez y Omar León Morera (editores). Reservoir Books, edición revisada de 2021. 736 páginas. 25 euros.
Sara Khadem, de 28 años, siente la obligación moral de hablar sin miedo sobre lo que pasa en su país de origen, Irán, desde su casa en Andalucía, donde vive (con su marido y un hijo de cuatro años) como española desde que se negó a jugar con velo el Mundial Rápido de ajedrez en Almaty (Kazajistán), en diciembre de 2022. Las imágenes atroces que le envían, con centenares de cadáveres y tremendos gritos de los familiares que deben pagar por acceder a ellos, la incitan a hablar de nuevo (por videollamada) con EL PAÍS, que ya la entrevistó en profundidad hace tres años.
Dos recuerdos ya alejados me vuelven a la memoria estos días. En el primero de ellos es la noche del primer triunfo electoral de Barack Obama y yo vuelvo muy tarde a mi casa, después de haber participado en un programa de la cadena local New York One. Las instalaciones de la cadena, en el antiguo Meatpacking District, son muy espaciosas, pero la sección en español es tan modesta que los participantes en la tertulia tenemos casi que pegarnos los unos a los otros a lo largo de una única mesa para no salirnos del plano. Los gestos quedan limitados por el peligro de clavar un codo al comentarista de al lado. A todos se nos contagia una cierta sensación de euforia, alimentada por la elocuencia épica sin restricciones de ironía o sentido del ridículo que es tan propia de la vida política en Estados Unidos. No nos cuesta nada recitar las vacuidades del momento: el resultado histórico, la capacidad de renovación de la democracia americana, el presidente negro que va a cerrar las heridas inmemoriales del racismo, etcétera. Al salir me encuentro en la sala de espera con un hombre negro muy alto, muy bien vestido. Le digo, irreflexivamente: “Enhorabuena”, y él me contesta: “Yo he votado a McCain, pero gracias”.
Un día después de que el PP se hiciera con la Presidencia de la Mesa de la Asamblea de Extremadura, el martes, María Guardiola trató de retomar los contactos con Vox, revelan fuentes de su entorno. Los ultras congelaron el lunes las negociaciones para investir a la presidenta en funciones, pero siguen abiertos a un acuerdo. Sin embargo, en el gabinete de la dirigente del PP aseguran que solo reciben largas. La semana que viene; la siguiente... La formación de extrema derecha no concreta el día para una nueva reunión.
Marruecos ha sido el primer país africano y uno de los primeros árabes en adherirse a la controvertida Junta de Paz impulsada por Donald Trump, en principio para supervisar la tregua en la franja de Gaza aunque con ambición de convertirse en sustitutiva de la ONU en la resolución global de conflictos. Pese a las reticencias de muchos Estados invitados, que como Francia, Alemania, Suecia, Noruega, Austria o España han declinado la invitación de la Casa Blanca a participar en la Junta creada el jueves durante el Foro de Davos, Rabat ya anticipó el lunes su incorporación al órgano liderado por el presidente de Estados Unidos que en 2020 reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.
En diciembre de 2024 y como otros miles de personas, Ali Mahmud al Kak llevaba cinco años retenido ―sin juicio ni horizonte de libertad― en el campo de Al Hol cuando les llegó la noticia de que una ofensiva rebelde había puesto fin a casi 14 años de guerra en Siria. No estaba cautivo en la parte del país donde se desmoronaba el régimen de Bachar El Asad y los guardas abandonaban las prisiones, sino en el noreste, bajo mando de las fuerzas kurdo-árabes aliadas de Estados Unidos, pero se agarró al clavo ardiente de la esperanza. “Estábamos felices y los guardas tenían miedo. El precio de escapar bajó [de 500] a cien dólares porque estábamos convencidos de que, de un momento a otro, llegarían a liberarnos. Luego pasaron los días, vimos que no sucedía nada y nos sentimos dejados de lado. Pensé que iba a morir allí”. Al Kak, de 53 años, no solo sobrevivió, sino que lo rememora hoy en la otra punta meridional del país, su humildísima casa de la ciudad de Alepo. Es, desde el pasado julio, uno de los escasos 360 sirios liberados por motivos humanitarios.
La movilización de decenas de voluntarios para localizar a Boro, el perro perdido tras el terrible accidente ferroviario de Adamuz, refleja el cambio en la relación con las mascotas, cada vez más consideradas parte esencial del hogar. “Es familia”, explicaba emocionada Ana García, una de las supervivientes, que viajaba en el tren junto a su hermana, aún ingresada en la UCI, cuando pedía ayuda para buscar a Boro. Finalmente, el jueves agentes del Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil lograron capturarlo y devolverlo a los suyos. “Gordo, ya nos vamos a casa”, le decía su dueña al reencontrarse con él.
“¿Quieres ser la telonera de Taylor Swift?”. Con esa pregunta, cuya respuesta se antoja obvia, se despertó una mañana la cantante Sofia Isella, que descubrió a través de su madre que una de las figuras más importantes del pop quería que fuera la responsable de abrir su concierto en Wimbledon. La propuesta de Swift sorprendió a muchos. ¿Cuán malévola puedes ser en la gira Eras? Sofia Isella está abriendo un nuevo y oscuro camino en el pop, titulaba August Brown a un artículo publicado en Los Angeles Times en el que comentaba que la desconfianza de Ia cantante hacia las instituciones se extiende a su carrera discográfica, pues pese a estar en el radar de Swift, sigue siendo independiente. “He conocido a muchos peces gordos, y son gente muy amable, pero me encanta la sensación de ser independiente”, dijo Isella. “Quizás cambie de opinión, pero estoy intentando comprender completamente un sello y cuáles son sus funciones, así como qué es lo que le ofrece al artista en la era de las redes sociales. Estoy intentando evaluarlo a fondo antes de firmar ningún contrato”, explicaba la cantante, nacida en California y residente en Los Ángeles.
En estos tiempos en los que gran parte de la ficción televisiva que se produce está basada en marcas o historias preexistentes (precuelas, secuelas, extensiones de franquicias, adaptaciones y remakes hay a patadas cada año), no parece sorprendente que la saga de películas españolas más taquilleras de los últimos años terminara por tener su versión televisiva. Padre no hay más que uno, los filmes dirigidos y protagonizados por Santiago Segura, arrancaron en 2019 su camino triunfal en los cines y en 2025 se estrenó su quinta y última entrega, con lo que ya se podría considerar una serie (con capítulos largos) en sí misma.
La visita al Foro de Davos no ha sido precisamente el paseo triunfal que esperaba el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acostumbrado a llegar a los encuentros internacionales, acaparar la atención, a veces ofender a los anfitriones, proponer actuaciones normalmente irrealizables cuando no inaceptables y regresar a Washington sin que nadie se atreva a levantar la voz. Sin que se haya producido un abierto divorcio entre EE UU y sus aliados históricos, a los que el inquilino de la Casa Blanca se empeña en hostigar, lo cierto es que tanto Trump como sus colaboradores, que imitan el comportamiento de su jefe, se han encontrado por primera vez con la exteriorización explícita del malestar que genera. Las caretas han caído.
Mentimos: nos mentimos sin parar porque hace cinco siglos un señor mintió.
Tiene razón Arturo Pérez-Reverte en lo que dijo en su tribuna hace unos días: “La Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas”. Pero esto, que preocupa al escritor y académico y que ha motivado la escritura de su texto, es, en mi opinión, el único principio científico defendible si se quiere tener una Real Academia Española (RAE) a la altura de sus capacidades. En las líneas que siguen hablo como filóloga sobre el sentido que creo debe tener hoy el principio de “limpia, fija y da esplendor”.
El último año ha evidenciado un cambio fundamental en la relación transatlántica. Lo que antes eran disputas comerciales o divergencias diplomáticas se ha transformado, bajo la actual Administración estadounidense, en una política sistemática de coerción, en constante violación del derecho internacional. La presión sobre Groenlandia no es más que el último episodio de la voluntad de dominio de Donald Trump: no olvidemos la imposición unilateral de aranceles arbitrarios, o su cercanía a Vladímir Putin en Ucrania, su Estrategia de Seguridad Nacional, o las sanciones al excomisario Thierry Breton. Es evidente que el modelo de seguridad basado en la dependencia externa de Estados Unidos se ha agotado y que la estrategia de apaciguamiento seguida hasta ahora se ha saldado con un rotundo fracaso. Se impone un cambio de rumbo para garantizar la soberanía e independencia europeas, con medidas coyunturales pero también estructurales.
Del accidente de Adamuz sabemos aún pocas cosas. Desconocemos, por ejemplo, cuáles han sido sus causas, aunque la investigación se está centrando en una hipótesis: la de la rotura de la vía por fatiga. Como no conocemos las causas, tampoco sabemos quiénes han sido los responsables, si es que los hay. La hipótesis del factor humano ha sido descartada: no fue culpa de la velocidad, ni de un error del maquinista, ni de ningún otro miembro del personal. Pero la infradotación, la externalización de servicios a empresas privadas, la liberalización del sector de la alta velocidad, la falta de voluntad a la hora de atender las quejas de trabajadores y usuarios y la desviación de fondos públicos a actividades delictivas también son factores humanos. Cuando los expertos emitan sus informes sabremos si alguno de ellos ha podido influir en la tragedia. O igual no. Igual, con el informe en la mano, los hunos nos dicen huna cosa y los hotros, hotra.
La doctora Megan Jones Bell recibe en una de las varias sedes que Google tiene en el centro de Londres. La conversación tiene lugar en una sala de trabajo luminosa y pulcra, pero fría. Un responsable de comunicación de la firma presencia el diálogo, para evitar cualquier terreno pantanoso. No será necesario. Jones Bell es muy consciente de que la relación entre las empresas tecnológicas y la salud mental es materia delicada, y evitará en todo momento entrar en polémicas.
Al inicio de la película Materialistas (2025), de la coreano-canadiense Celine Song, una pareja primitiva roza sus frentes y narices, en un acto que parece concentrar toda la intención del amor. Este contacto nariz con nariz, conocido popularmente como beso esquimal, se ha registrado en muchos otros mamíferos. Una investigación reciente afirma que, más que un acto de afecto, es un elemento importante en la comunicación social de los animales, incluso en especies solitarias.
Cada año se presentan varios prototipos de robots humanoides. Su impacto suele ser mayor cuanto más se parecen a las personas. Pero hay excepciones. Un grupo de investigadores de la Southern University of Science and Technology ha desarrollado un ingenio con aspecto de flotador con patas extensibles (de hecho, eso es lo que es) cuyo diseño podría ser de ayuda en labores de asistencia tras catástrofes naturales: el robot puede contraerse y reptar por espacios estrechos, para luego inflarse y andar de forma estable. También puede flotar, nadar y volar.