“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
Els catalans tenim el millor pla de foment de la lectura del món: la Renfe. Amb les hores de retards que patim cada dia, ens regala la possibilitat no només de llegir sencera A la recerca del temps perdut —mai més ben dit—, de Marcel Proust, sinó que, en un parell de setmanes, tindríem temps fins i tot per escriure-la.
El tren del poder, entre el misteri i l’esperpentPer Carlota Rubio
Al catàleg paròdic de discussions de bar que és Pel carril del mig (La Segona Perifèria), l’alter ego derrotat d’Albert Pijuan, Felip Roda, escriu que a Catalunya tenim “una reticència congènita” a pensar en una implementació seriosa del transport públic, per un excés d’individualisme. La conclusió cunyadesca és que és millor deixar-ho estar i dedicar els diners a “aquests espais de llibertat que són les carreteres, just allà on els catalans podem engrapar les regnes (o el volant) del nostre destí”. Explica molt bé Antoni Martí Monterde que els trens i les estacions formen part dels fonaments de la literatura catalana moderna, però si mirem com s’acosten els creadors actuals a la nostra xarxa ferroviària, no en queda res, d’aquella èpica civilitzadora.
Hi ha un misteri subtil en les fotografies del projecte Infraestructura intangible (2018), de l’artista Paula Artés. La vegetació és familiar, i també els senyals i les catenàries, però és perceptible un desencaix en l’ambient. Artés, que l’any passat va exposar a Fabular paisatges, de Manuel Borja-Villel, i a la mostra col·lectiva CITISSIMUM ALTISSIMUM FORTISSIMUM, al Santa Mònica, investiga amb imatge i documents com es manifesta el poder a la central hidroelèctrica guatemalteca RENACE o a la llotja del Santiago Bernabéu (totes dues de Florentino Pérez). En aquell projecte previ va perseguir els punts negres de la xarxa ferroviària catalana: “La informació sobre aquests punts de risc és pública, però quan els vaig anar a buscar, el problema no era visible”. A Artés li interessa observar l’ambigüitat d’aquests espais d’expressió del poder polític, quan el tenim tan davant dels ulls que no el veiem.
També el dramaturg Joan Yago, conegut sobretot com a autor dels textos de La Calòrica, es va fixar en la vinculació entre poder i trens a l’espectacle Breve historia del ferrocarril español, que va estrenar primer al CDN de Madrid i després al TNC. És un espectacle de teatre documental sobre la cultura del pelotazo que explica la xarxa ferroviària espanyola, d’ara i d’abans: “El 1830 encara no hi havia trens a la península, va ser a la dècada dels cinquanta que la família Borbó va descobrir que podien fer diners amb les concessions públiques a les empreses que construirien tota la xarxa ferroviària. Espanya va acabar amb una xarxa exageradament desenvolupada, per sobre d’Itàlia i Alemanya, i comparable a la de França, un país molt més industrialitzat”. Evidentment, la bombolla va explotar, i això explica la crisi financera posterior. La idea, diu Yago, sorgeix quan als mitjans es comença a parlar de la possibilitat que el rei Joan Carles hagi rebut benefici de la construcció del tren d’alta velocitat. “Sens dubte el text és una comèdia, però em va caldre fer poca deformació dels fets per fer riure, sense exageració em va sortir un esperpent”.
Les millors novel·les de noir en català pel BCNegra, el Festival de Novel·la Negra de Barcelona, que celebra la 21a edició del 2 al 8 de febrer i enguany reivindica la transgressió i la diversió en la lectura sota el lema “malavida”.
Barcelona, trilogia policíaca Rafel Tasis Clandestina 482 pàgines. 22 eurosEls morts no parlen Miquel Aguirre Llibres del Delicte 347 pàgines. 19,50 euros Secrets ofegats Susana Hernández La Campana 304 pàgines. 20,81 eurosL’hort de les ànimesMargarida Aritzeta Clandestina 280 pàgines. 20 euros Veus de mort als Encants Vells Sylvia Lagarda-Mata Comanegra 352 pàgines. 20,9 euros La ferocitat Nicola Lagioia Traducció d’Albert Pejó Bromera 267 pàgines. 22,95 eurosLa desclasificación de más de tres millones de documentos relacionados con Jeffrey Epstein el pasado viernes tiene una nueva e inesperada protagonista: la princesa Mette-Marit de Noruega y, por extensión, la familia real del país nórdico. Los archivos del empresario —que supuestamente se suicidó en la cárcel en agosto de 2019— dejan un reguero de folios con el nombre de la princesa, que está citada alrededor de mil veces en los mismos. Ambos se cruzan decenas de correos, en tono amistoso, muy cercano (ella le llama “encantador”) y que llega a rozar el coqueteo, durante años. Se ven en ocasiones, aunque, al parecer, ella no visitó la conocida isla donde se cometieron numerosos delitos sexuales. Ambos se cuentan intimidades: él se preocupa por su salud; ella, por buscarle pareja. En un correo, ella le llega a decir: “París es bueno para el adulterio”. En otro, él a ella, en referencia a las obras de Nabokov, autor de Lolita: “Ahora veo por qué te gustan estos libros”.
Las alfombras, con el paso del tiempo, no solo absorben suciedad, sino que también se les impregnan malos olores. Es cierto que las alfombras son grandes aliadas para dar calidez y decorar el salón, una habitación o incluso el pasillo, pero también son nuestras mayores enemigas a la hora de hacer limpieza, sobre todo en las casas con mascotas. Es cierto que a día de hoy hay un montón de robots aspiradores que, sin ningún tipo de esfuerzo, pueden limpiar de una forma muy efectiva nuestras alfombras, pero ¿qué pasa con los olores? Al igual que usamos detergentes para lavar nuestra ropa o desodorante para neutralizar el olor de nuestro cuerpo, también existen desodorantes para eliminar los malos olores de los textiles de nuestro hogar.
Con el invierno en pleno esplendor y un frío especialmente intenso en los últimos días, en los que incluso hemos visto nevar, es fundamental elegir un calzado adecuado para mantener calientes nuestros pies. Desde EL PAÍS Escaparate destacamos unas botas de invierno que, además de ser muy cálidas, son barefoot.
En el mundo en el que vivimos −que es el mundo de Donald Trump− una semana puede ser una eternidad y un miércoles cualquiera, contener más giros en su trama que la película de un guionista tramposo. Pocas cosas sobreviven al parpadeo nervioso del ciclo incesante de noticias, y a veces cuesta recordar lo que pasó hace apenas 10 días. Como cuando, en lo que parece otra vida, Europa vivía en vilo por los planes del presidente de Estados Unidos de hacerse con Groenlandia. De ahí que la obstinación en los titulares de Minneapolis como símbolo de la resistencia a la brutal política migratoria de la Casa Blanca y a su agenda autoritaria haya hecho perder los nervios a Trump, tan acostumbrado a controlar el relato.
Desde hace semanas, los teléfonos vibran sin cesar en Minneapolis. Son cientos de pequeños calambrazos al día; uno por cada mensaje que reciben los vecinos apuntados en los grupos de Signal que vigilan y hostigan a los 3.000 agentes de la policía secreta migratoria de Donald Trump desplegados en la ciudad.
En un tiempo en el que la realidad a menudo parece una distopía poco verosímil, Jacinda Ardern da la impresión de llegar desde otro mundo. Un mundo que defendía que el poder podía ejercerse de otro modo. Un mundo en el que la empatía no era debilidad, sino fortaleza. Un mundo que se enamoró de la forma de gobernar de la joven primera ministra de un país pequeño y remoto, casi invisible en el mapa informativo, en las antípodas de los hiperliderazgos masculinos que hoy se imponen. Ella era otra cosa. En todo. Incluso en la forma de marcharse. Renunció al cargo en 2023, tras ejercerlo durante seis años, porque no tenía ya “energía suficiente”. Lo anunció con la voz entrecortada en una rueda de prensa que dio la vuelta al mundo.
Algo después de la pandemia, mi amiga y estupenda escritora Claudia Piñeiro me empezó a enviar unos memes que circulaban bastante en su país, Argentina. Resulta que cada año, al llegar al mes de julio, la gente se intercambiaba bobadas con la imagen de Julio Iglesias y un texto de doble sentido, como, por ejemplo, una foto del cantante con la cara hinchada y abajo la leyenda: Preocupa la inflación de Julio. O un retrato de Iglesias chillando y la frase: EsTres de Julio. Unas tontadas, en fin, rematadamente tontas y, por ello, muy divertidas, sobre todo si cada día del mes te llegaba alguna, a cuál más delirante. Sospecho que el próximo verano (o invierno allá) esta broma estacional bajará bastante, porque un humor tan blanco e inocente no casa bien con la siniestra sombra de las recientes noticias.
Vuelven a sonar los tambores de guerra en la Casa Blanca. Un mes después de la intervención militar que capturó al presidente Nicolás Maduro en Venezuela, el objetivo es ahora Irán, el país que Estados Unidos ya bombardeó en junio pasado para castigar su programa nuclear y al que ya estuvo a punto de atacar de nuevo hace dos semanas ante la violenta represión de las protestas contra el régimen. El presidente Donald Trump, acosado por la indignación en torno al violento comportamiento de la policía de inmigración en Minneapolis y por la publicación de nuevos documentos de los archivos de Jeffrey Epstein, ha confirmado que ha lanzado un ultimátum a Teherán para alcanzar un acuerdo por la vía diplomática. No ha querido decir cuándo expira.
Una Europa que sigue ensayando cuál es la mejor manera de tratar al volátil Donald Trump sabe que, al menos en la OTAN, tiene en su jefe, Mark Rutte, a un político que ha demostrado ser capaz de manejar al impredecible presidente estadounidense, en gran medida con adulaciones públicas sin fin. Pero la estrategia del holandés, que él mismo reconoce que resulta “irritante” para muchos, ha comenzado también a presentar fisuras en una semana en la que varias capitales han sentido que Rutte puede estar yendo demasiado lejos en su apoyo incondicional al inquilino de la Casa Blanca, a costa de los demás socios de la Alianza Atlántica.
El año 2025 terminaba y Mette Frederiksen (Aalborg, 48 años) no pasaba por el mejor momento. Su partido, el socialdemócrata, acababa de sufrir una derrota dolorosa en las elecciones municipales. Por primera vez en más de un siglo, había perdido la alcaldía de Copenhague. El Gobierno de la primera ministra danesa, una coalición con el centro y el centroderecha, “parecía un cortejo fúnebre camino de su entierro político”, dijo un comentarista de la cadena televisión TV2. Nadie daba por seguro que pudiera seguir gobernando tras las elecciones previstas en 2026.
Pocos refugios tan amables como los pasillos de discos, libros o películas de la FNAC, la tienda de productos culturales y tecnológicos que es parte del grupo Fnac Darty. Su director general, Enrique Martínez (Valencia, 55 años), transmite esa misma sensación de cercanía y calidez. Defiende la sostenibilidad e incluso la reducción del consumo. Pese a ello, se ha ganado la confianza del magnate checo Daniel Křetínský, quien ha lanzado una oferta pública de adquisición (opa) amistosa para hacerse con el control del grupo francés de distribución de productos culturales y electrónicos. La operación se articula a través de su holding EP Group, que ofrece una prima del 19% en efectivo sobre el precio de cierre de anterior a la oferta, con el objetivo de elevar su participación por encima del 50%. La propuesta valora la compañía en unos 1.100 millones de euros.
Culto y sensibleAdemás de buen lector, según ha contado en entrevistas, Enrique Martínez es amante de la ópera. Hace poco ha recomendado, por ejemplo, ver la versión de Ariodante, compuesta por Georg Friedrich Händel, que se representa en París.
Seguir la política española del día a día se está convirtiendo cada vez más en una tarea a tiempo completo. Ahora mismo, por ejemplo, cualquier ciudadano que quiera estar informado sobre ella se ve obligado a seguir cada novedad del frente judicial que afecta a los casos de corrupción, a la vez que ha de dedicar un tiempo no menor en tratar de digerir las continuas informaciones que aparecen sobre las causas de la tragedia ferroviaria. Y como trate de fijarse en lo que afecta al Parlamento, el esfuerzo no es menos oneroso: ahí le espera el complejo mundo de los decretos ómnibus, aquellos que abarcan varias áreas temáticas dentro de un mismo instrumento legislativo. Como hemos visto con el último de ellos, aquel en el que se mezclaba la subida de las pensiones con el escudo social y otras medidas varias, lejos de servir para que pudieran aprobarse todas, el resultado ha sido el contrario. Se rechazó en bloque, cuando si se hubieran presentado por separado lo más posible es que la mayoría de ellas hubieran encontrado el consenso necesario.
Hubo un tiempo que entre mis amigos los había rojos, muy rojos, cuya ideología, pese a ser muy cinéfilos, les obligaba a odiar a John Ford y a John Wayne. Este desprecio se extendía a cualquier estilo de vida norteamericano empezando por abstenerse de consumir refrescos de cola y, por supuesto, prohibirse cualquier viaje a Nueva York. En cambio, otros rojos, menos acérrimos, solo teñidos de rosa púrpura, no dejaban de admirar las películas del Oeste, el cine negro, las comedias de los años 50 y en secreto soñaban con inmiscuir su vida entre los rascacielos de Manhattan para embeberse con el jazz y blues que se expendía en el club Village Vanguard. Al fin y al cabo, los esclavos negros habían sacado esas melodías del alma para expresar el dolor y la pena. En la cultura negra la pena era azul y la cantaban con voz de madera; los saxos y clarinetes extraían un licor dulce y muy largo; todos los pianos en los antros del sur también servían de féretros; Billie Holiday, la primera, cantaba a sus hermanos ahorcados que colgaban de los árboles como una extraña fruta. Nadie de izquierdas podía ser ajeno a esa pena azul que incluía tanta belleza y melancolía. En aquel tiempo sucedía que si un comunista visitaba la Unión Soviética volvía desolado, escandalizado, consciente de que lo habían engañado. Le pasó a Gide, a Camus y a muchos de aquellos intelectuales del momento. Por el contrario, si alguno de mis amigos rojos viajaba por primera vez a aquel Nueva York de los años 60 lleno de explosiones de música y de arte que reventaban por todas partes volvía transformado. Nueva York era entonces el verdadero Este del Edén. Allí se cumplían todos los sueños creativos, excitantes, divertidos y sobre todo lucrativos que uno llevaba en el equipaje. Esa ciudad constituía una experiencia iniciática, pero en Norteamérica el miedo se ha vuelto violencia y la violencia ya no se distingue de la decadencia. Hoy Nueva York ha dejado de ser un polo de atracción. Ya no seduce a nadie.
La británica Clare Melford, de 52 años, recibió el 23 de diciembre un email en el que se le comunicaba que el estatus de su visado para entrar en EE UU, adonde tenía planeado viajar en enero por trabajo, pasaba de “aprobado” a “pendiente”. Minutos más tarde, su móvil empezó a recibir mensajes de familiares y colegas: la subsecretaria de Estado, Sarah B. Rogers, la citaba en un tuit como uno de los cinco extranjeros a los que EE UU había decidido negar la entrada al país. “Melford dirige el Global Disinformation Index (GDI), una organización que monitoriza webs en busca de ‘discurso del odio’ y desinformación. (…) Esta ONG usa el dinero de los contribuyentes para exhortar a la censura y hacer listas negras de prensa estadounidense”, dijo Rogers.
Óscar Puente no para de decir estos días que en este momento no le importa nada su carrera política. El ministro de Transportes, responsable máximo de gestionar las dramáticas consecuencias del primer accidente mortal de la alta velocidad española, que ya se ha cobrado 46 vidas, está concentrado en cosas más complicadas y más urgentes, explica. Tiene una investigación abierta sobre las causas del accidente muy delicada, con 46 familias que exigen “la verdad”, y la promesa de Pedro Sánchez de ofrecérsela. Tiene la línea Madrid-Sevilla bloqueada. Tiene retrasos de horas en la de Madrid-Barcelona. Tiene Rodalíes al borde del colapso después de otro accidente mortal. Pero aunque él no le dedique tiempo, a su alrededor, en el Gobierno y en el PSOE, hay mucha gente preocupada: ¿sobrevivirá políticamente Puente a una tragedia como esta?