“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
La feria de arte contemporáneo Arco, que celebra su 45ª edición hasta el 8 de marzo en Ifema (Madrid), se asemeja con su espesura de estands a un bosque de obras de arte. Y como todo bosque, este también se encuentra poblado de árboles. Entendido como emblema de la naturaleza, la ecología o la biología; como sujeto o como material; motivo o contexto, el árbol se antoja este año un protagonista destacado entre las propuestas de las 211 galerías llegadas de 30 país que participan en este gran acontecimiento anual del arte contemporáneo en España. Aunque se ubican en un yermo paraje industrial, basta enfocar la mirada para ver árboles por todas partes.
Era el año 1984, tal vez 1985, y Juan José Campanella (Buenos Aires, 66 años) estudiaba cine en Nueva York y comía perritos calientes en un local llamado El rey de la papaya con el único objetivo de ahorrar dinero para comprar una entrada de teatro. Quería ir a ver, una vez más, I’m Not Rappaport, la obra teatral de Herb Gardner que signó toda su carrera y contribuyó a trazar las líneas de su ya consagrado universo creativo: los grandes temas de la vida —el amor, el paso del tiempo, la familia— tamizados por historias de gente común. Gente como él, que quiere ir al cine no para evadirse sino para reconocerse, y que disfruta de encontrar personajes que no vuelen ni tengan superpoderes. Que busca derramar lágrimas en la butaca y sintonizar con emociones sutiles, aunque crea que ya no son consideradas algo cool.
Pixar sabe muy bien lo que hace. Lleva sabiéndolo 40 años, desde que abrió sus puertas como estudio de animación independiente; y también 20, desde que pasó a formar parte de Disney (el fructífero matrimonio celebrará su vigésimo aniversario este mayo). De ahí que hayan ido pillando el truco a lo que su público, cada vez más amplio, espera. Por eso ya no hay proyecto menor para ellos, ni secundario. Es el caso de Hoppers, su primera película del año —en salas el 28 de febrero—, pero que, en perspectiva, es la segunda en importancia. La cuarta secuela de ese arrollador éxito que es desde hace dos décadas Toy Story llegará a mediados de junio, pero antes, Pixar tiene claro que tiene más que ofrecer al espectador.
El Real Madrid volvió a emitir el lunes por la noche señales de la impotencia derivada de su caída de nivel en los últimos meses. Pasaban cinco minutos del 90 y el Bernabéu se vaciaba entre el enfado y la indiferencia mientras al equipo se le esfumaba la Liga. Llevaba casi una hora intentando remontar el 0-1, pero tenía al Getafe de falta en falta en su campo. Se desesperaba. Cuando solo quedaban segundos, Mastantuono estalló contra el árbitro: “Vaya vergüenza, vaya puta vergüenza”, le gritó dos veces, según el acta. Roja directa. Era la tercera vez que le sucedía a un futbolista del Madrid esta temporada en un momento de frustración extrema, al verse incapaz de dar la vuelta a un partido en el que se le escapaba algo importante. Estas expulsiones dibujan la trayectoria del desplome general que no ha conseguido frenar la llegada al banquillo de Álvaro Arbeloa.
El FC Barcelona cuenta con más de 142.000 socios, pero parte de esta base social se encuentra algo desmovilizada, en una especie de letargo mientras aguarda el regreso total al Spotify Camp Nou, en el que su presencia ha disminuido. Su porcentaje de abonos puestos a disposición por el club se ha reducido del 85% antes de las obras al 55% actual. La desmovilización del socio se ha notado también en el presente proceso electoral: en 2021, antes de la validación de las firmas para definir las candidaturas, se recogieron 24.990 papeletas; este lunes se sumaban 11.843.
En el año 2022, Luisa Anaya Pérez fue seleccionada para participar en el concurso nacional de gastronomía ¿A qué sabe la patria?, cuya final se llevó a cabo en el Complejo Cultural Los Pinos de Ciudad de México, un lugar icónico porque durante muchos años fue la residencia oficial del presidente. Luisa apareció con un manojo de leña traída de su pueblo y un brasero de cartón y, en mitad de los jardines, se puso a hacer fuego. Un policía asustado acudió a toda prisa, incrementando la incredulidad de Luisa, a quien le costaba entender que estaba transgrediendo una norma. “¿Cómo voy a cocinar si no es con humo?”, se defendió. Luisa empezó a los ocho años a cocinar con humo imitando a su madre y nunca ha cocinado de otra manera. Como no había otro remedio, la dejaron continuar. Su receta —un conejo horneado relleno con flores silvestres— fue la ganadora en la categoría individual. En la ceremonia de entrega, con la voz y los pies temblorosos, recibió el reconocimiento entre cocineras de distintos Estados y frente a un público nacional, y dedicó el premio a sus antepasados por haberle transmitido la necesidad de cocinar, reconociendo públicamente su herencia cultural.
Hay una manera disparatada pero sentimental y tierna de volver a Estambul a través del visillo vintage de los años setenta y ochenta. Es la que nos llevaría a contar hasta 4.231 colillas de cigarros de la marca turca Samsun, pero observando, cual perito experto en obsesiones, si las colillas están retorcidas o no, si tienen restos de carmín o no, si están apuradas hasta el filtro o no. Toda esta minuciosa tarea, en principio pueril, nos metería de lleno en la novela El museo de la inocencia, ese peculiar universo acerca del amor obsesivo y el culto a los objetos que protagonizan Kemal Basmacı y su amada Füsun. Quizá sea la novela más famosa y compartida del escritor turco Orhan Pamuk.
Uno de los temas que más preocupa a las familias en cuanto a la crianza de los hijos es que estos logren ser educados, amables y respetuosos. Pero en ocasiones se les exigen comportamientos o conductas que no resultan apropiadas para la edad o la madurez cerebral que poseen en ese momento. La sociedad continúa perpetuando una mirada adultocentrista; es decir, una visión del mundo donde el adulto constituye el centro y la referencia de todas las cosas. Bajo esta perspectiva, se tiende a pensar en los niños como pequeños adultos en miniatura, lo que lleva a ignorar su desarrollo evolutivo y su madurez, sin tener en cuenta sus necesidades y capacidades reales.
Era un martes laboral cualquiera para Joaquín Prat. Faltaban pocos minutos para que acabara El tiempo justo, y tocaba dar paso a Jorge Javier Vázquez. En el último tramo del programa, Amador Mohedano ejercía violencia mediática hacia su sobrina Rocío Carrasco y las primeras imágenes de Tamara Gorro y Cayetano Rivera con la hija de este. En medio de todo eso, Prat conectó con la redacción para comentar “la poca gracia que le ha hecho a Donald Trump que España, y concretamente el Gobierno de Pedro Sánchez”, no le ceda las bases aéreas para su guerra contra Irán. Segundos después, la pantalla se partió en dos y a un lado continuaba el presentador, dispuesto a ceder los trastos a su compañero de cadena. Al otro, el presentador de El diario de Jorge, con sus cartulinas en la mano, acompañado de una señora.
En enero de 2026, el Secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, emitió una directiva que exigía que los contratos con empresas desarrolladoras de sistemas de inteligencia artificial (IA) permitieran su uso sin restricciones. Como consecuencia de esta directiva, a finales del pasado mes de febrero, transcendió un enfrentamiento entre la empresa de IA Anthropic y el Departamento de Guerra de Estados Unidos que se convirtió en viral. En el centro de la disputa estaban dos líneas rojas fijadas por el director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei: la negativa a permitir que su modelo de IA, Claude, se utilizara para la vigilancia masiva interna o para sistemas de armas totalmente autónomos. El gobierno de Estados Unidos exigió eliminar estas líneas rojas y cuando Amodei se negó, el gobierno estadounidense respondió declarando a Anthropic “empresa de riesgo” para la seguridad nacional, una clasificación que anteriormente se había aplicado principalmente a adversarios extranjeros como Huawei. El presidente Trump también ordenó a las agencias federales dejar de utilizar los productos de Anthropic, y el Pentágono prohibió a sus contratistas mantener relaciones comerciales con la empresa.
Carlo D’Ursi Fortunato (47 años, Bari) está contento. Acaba de ganar el Goya a mejor cortometraje documental por el último trabajo que ha dirigido, El Santo. La historia que narra es muy personal; sigue la estela de su abuelo, médico que hace medio siglo falleció, a los 45 años, un 25 de diciembre en Senise, un pueblo de unos 3.000 habitantes, en la provincia de Potenza, al sur de Italia. “A partir de su muerte, le empiezan a atribuir milagros y a considerarlo una especie de santo”, apunta D’Ursi. Él ignoraba esa faceta de su ancestro, pero durante una visita al “pueblo donde se va a llorar” —“lo llamaba así porque solíamos ir solo el Día de los muertos—, un vecino se le quedó mirando fijamente. Entonces, el lugareño comenzó a gemir, a clamar y a convulsionar: “Son los ojos del santo, los ojos del santo”, gritaba.
Italia y los derechos LGTBI+Carlo D’Ursi nació en Italia, pero desde hace tiempo tiene nacionalidad española. Algo que le da cierta seguridad cuando viaja a su país de origen. “Mi tío, que es juez en Italia, últimamente me insiste en un consejo cuando viajo allí con mi marido y mis hijos: ‘Sed discretos”, cuenta. “Las autoridades pueden retenerme durante un rato, interrogarme… Lo que pasa es que ahora yo soy español —tuve que renunciar a la nacionalidad italiana— por lo que puedo eludir eso. Si fuese italiano, estaría bajo su jurisdicción”, ahonda.
Desde que la ultraderechista Giorgia Melonia gobierna en el país mediterráneo, los derechos LGTBI+ han sido puestos en entredicho. “Sí a la familia natural, no a los lobbies LGTB”, dijo la actual primera ministra antes de llegar al poder. En Italia, el matrimonio igualitario no es legal, además el actual Ejecutivo ha presionado para cambiar algunas leyes con la finalidad de intentar vetar las familias monoparentales. En el Mapa Arcoíris de Europa, que anualmente elabora ILGA, la organización internacional LGTBI+, Italia destaca en los puestos de cola (el 35 de los 49 Estados analizados; España está en el 5) y se sitúa más de 25 puntos por debajo de la media de avances con respecto a los países de la Unión Europea.
Un cuento de vikingos y un bosque con un tesoro, un drama sobre maltrato infantil y salud mental y una comedia negra con The Beatles de fondo. Con su alocada mezcla de géneros, El último vikingo es una película tan rara como sus personajes. También es igual de triste y tierna.
El último vikingoDirección: Anders Thomas Jensen.
Intérpretes: Mads Mikkelsen, Nikolaj Lie Kaas, Søren Malling, Sofie Gråbøl, Bodil Jørgensen, Lars Brygmann, Nicolas Bro.
Género: tragicomedia. Dinamarca, 2025.
Duración: 116 minutos.
Estreno: 6 de marzo.
El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, presumía esta semana de la superioridad de su país y de Israel en su ofensiva conjunta contra Irán. El enemigo, aseguraba, se está viendo obligado a economizar los proyectiles que lanza. Respecto al primer día de conflicto, sus disparos se han reducido en un 86%. “Estamos ganando con contundencia”, presumía. Pero Washington, pese a que la Administración de Donald Trump lo niega categóricamente, afronta un problema similar: escasez de municiones tras los intensos lanzamientos de los primeros días de la Operación Furia Épica.
Las leyes LGTBI+ de Madrid fueron aprobadas en 2016. Se trataba de dos normas ―una para luchar contra la discriminación del colectivo en general y otra específica para las personas trans e intersex― que el Partido Popular, entonces liderado por Cristina Cifuentes, llevó adelante. La actual presidenta regional, Isabel Díaz Ayuso, ya era diputada y, como la mayoría del PP, apoyó una y, con su abstención, permitió que saliera la otra. Sin embargo, a finales de 2023, la misma Díaz Ayuso, que recién estrenaba mayoría absoluta en la cámara madrileña, planteó el recorte de esa legislación. La diputada Mónica Lavín, que había entrado en el parlamento madrileño en las elecciones celebradas ese año, y que ejercía como portavoz de Familia y Asuntos sociales, fue la encargada de defender el recorte de derechos. Lavín era parte de Los Pocholos, un clan de jóvenes treintañeros que rendían pleitesía a Antonio Castillo Algarra, que llegaron a la política de la mano de Ayuso, y que han salido en bloque de las instituciones madrileñas hace dos semanas.
Este jueves marcó el final del periodo de Kristi Noem como secretaria del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) de Estados Unidos, tras ser destituida por el presidente Trump. La noticia se estaba rumorando desde hace días, especialmente tras las comparecencias de Noem esta semana en el Congreso ante el Comité Judicial del Senado. Como última responsable de la ofensiva migratoria emprendida por la Administración Trump, Noem fue cuestionada por los congresistas —especialmente los demócratas, pero también algunos republicanos— por los abusos en las redadas migratorias y, en particular, el asesinato de dos ciudadanos estadounidenses, Renee Good y Alex Pretti, durante operativos en Minneapolis el pasado enero. Noem defendió las acciones de los agentes federales y se negó a rectificar su acusación de los asesinados como “terroristas domésticos”. Además, se le cuestionó por un polémico contrato publicitario del DHS valorado en unos 220 millones de dólares, en el que ella destacaba de manera personal.
El batería de la mítica banda británica The Rolling Stones, Charlie Watts, compró esta casa en 1983 y vivió en ella durante casi cuatro décadas, hasta su muerte el 24 de agosto de 2021. Halsdon House es una propiedad situada sobre una finca de 22 hectáreas en una zona tranquila y discreta a las afueras de Dolton, un pueblo tradicional de Devon, en el Reino Unido.
Si alguien sabe de la importancia de colocar un banco en la calle es Blanca Valdivia (Móstoles, 44 años). Esta socióloga educada en el colectivo okupa y en la Complutense de Madrid ya se había doctorado en Gestión y Valoración Urbana por la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) con la tesis La ciudad cuidadora. Calidad urbana desde una perspectiva feminista cuando un diagnóstico de demencia y párkinson cambió su dinámica familiar hace ahora 17 años. Cuando su padre empezó a enfermar, el centro de salud al que debía acudir regularmente le quedaba a 10 minutos caminando desde casa, pero siempre tenía que venir una ambulancia para trasladarlo.
Mientras los demás sufren intentando descifrar el acertijo, tratando de averiguar cómo demonios podrían neutralizarle, Carlos Alcaraz se planta en Indian Wells con una camiseta azulada de los LA Lakers, sigue haciendo mil cabriolas con la raqueta —oficialmente, su quinta extremidad— y luce también su nuevo peinado, con el ángulo que recorre el nacimiento de la sien hasta la nuca completamente rasurado. “¿Te gusta?”, se dirigía a un aficionado durante un entrenamiento, al mismo tiempo que se afilaba y el resto de los tenistas que competirán estos días en California tratan de imaginar la fórmula, esa vía hasta ahora imposible de acabar con la secuencia del murciano: victorias y más victorias. Son 12 este año. No será fácil, por tanto.
Y FINALMENTE, MEDVEDEV LLEGÓAtrapado en Dubái desde la semana pasada, a consecuencia del conflicto bélico en Oriente Medio y el cierre del espacio aéreo, el ruso Daniil Medvedev finalmente logró aterrizar en Indian Wells. Junto a él desembarcaron sus compatriotas Andrey Rublev y Karen Kachanov.
“Te sientes como en una película de Hollywood”, expresó el moscovita, ahora undécimo del mundo gracias al triunfo en Dubái. De allí tuvo que viajar a Omán —siete horas de coche—, aunque se vio obligado a regresar al punto de origen porque el conductor no tenía el pasaporte.
Después de rehacer el camino, voló a Estambul y al día siguiente, cogió otro vuelo hasta Los Ángeles. Rublev también optó por el desplazamiento inicial por carretera, aunque tuvo que esperar un par de horas más en la frontera. Igualmente, también logró llegar a Indian Wells. Los tres debutarán este viernes.
Previamente, el tenis español registró los avances de Cristina Bucsa (6-4 y 6-0 a Daria Vidmanova) y Roberto Bautista (6-4, 6-7, 6-4 a Fabian Marozsan), pero en paralelo lamentó las caídas de los debutantes Rafael Jódar (6-1 y 6-2 para Alejandro Tabilo) y Dani Mérida (6-3 y 6-4 contra Alex Michelsen).
Hay un rincón de la costa de Huelva donde cada día se vive un pedacito de verano. Da igual que haga frío, que sea invierno o el mar esté embravecido. Está en una playa larga, larguísima, junto a una vieja torre de oro a cuyos pies ocurre de todo. Hay pescadores que surcan la orilla a toda velocidad en bicicletas eléctricas de anchas ruedas. Hay sesiones fotográficas donde los novios parecen darse el “sí, quiero” mientras las novias empapan sus vestidos de sal. Hay atrevidos —o no— bañistas que disfrutan de las olas. Y quienes prefieren la tranquilidad de una arena repleta de conchas para vivir aventuras entre las páginas de un libro. También jinetes y amazonas que, por pura afición, pasean a caballo en un atardecer que sobrecoge a un paso del parque nacional de Doñana, territorio del lince ibérico.
En una esquina de Legazpi, entre edificios de nueva construcción y aceras anchas que aún se debaten por convertirse en barrio o servir de atajos, un local con grandes ventanales brilla de noche y de día. En su interior, el cocinero Cadu Gasparini (34 años, São Paulo) remueve una salsa al ritmo de un vinilo de los Arctic Monkeys. Gasparini lleva la mitad de su vida entre fogones y acaba de abrir Flor (Algete, 17, Madrid), un restaurante que, en apenas tres meses, se ha convertido en una de las sorpresas más delicadas y radicales de la capital.
FLOR