“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
La biblioteca de Barcarrota fue uno de los hallazgos bibliográficos más relevantes del siglo pasado. La encontró un matrimonio, Toni Saavedra y Raúl Cordón, cuando decidieron reformar su casa familiar, una vivienda antigua en la plaza de la Virgen de Soterrano, en la pequeña localidad de Barcarrota (Badajoz) en 1992. La piqueta del albañil, en uno de sus envites, en lugar de sacar ladrillo sacó papel. En el hueco que había sido tapiado con esmero encontraría, además del libro atravesado por la herramienta, otros 10. Todos datados en el siglo XVI y escritos en varias lenguas.
Las mujeres salieron ayer a las calles para celebrar el 8M, una jornada que cada año justifica su necesidad para reflexionar sobre el lugar de las mujeres en nuestra sociedad: felicitarse por lo alcanzado, denunciar y reivindicar lo que falta. Miles de personas se manifestaron en las ciudades de España, en una reivindicación que no fue ajena al momento político nacional y mundial. El movimiento sacó a la calle el antifascismo, ante el ascenso de la extrema derecha que amenaza con revertir los avances en igualdad, y el pacifismo, ante el contexto de escalada bélica. A pesar de las divisiones, las manifestaciones masivas fueron una nueva demostración de vigor en un país donde hace apenas medio siglo las mujeres no podían abrir una cuenta bancaria sin permiso de sus maridos y ha sido su empeño el que ha sacado adelante leyes que han convertido el país en un referente internacional. En España, el feminismo ha demostrado ser una fuerza esencial de progreso.
Los rectores de las seis universidades públicas madrileñas y la presidenta Isabel Díaz Ayuso firmaron el pasado martes un acuerdo para la financiación plurianual de los campus cuyo principal valor es el acuerdo en sí. Un modelo económico para varios años que asegure su sostenibilidad es lo que reclamaban estas instituciones a Ayuso, principal responsable de su infrafinanciación. Por vez primera, los seis centros contarán con un marco de previsibilidad, como señaló ese mismo día la conferencia que agrupa a sus rectores, cuya responsable habló de “verdadero hito”. El Ejecutivo regional presumió de su carácter “histórico”. Por ello, es muy poco comprensible que casi una semana después ninguna de las dos partes haya hecho público su contenido íntegro, una lamentable falta de transparencia que impide a los ciudadanos saber qué se hace con su dinero.
El pasado 17 de febrero falleció el reverendo Jesse Jackson. Seguramente muchos jóvenes no sabrán quien es, pero durante algunas décadas fue una celebridad mundial por su labor infatigable en defensa de los derechos civiles y de las minorías en Estados Unidos. No era tarea fácil ni exenta de peligros. A Martin Luther King le mataron precisamente por hacer este trabajo. Hay una frase de Jackson que se me quedó grabada en la memoria el día que la leí: una minoría organizada es una mayoría política. La frase tiene todo el sentido en su contexto, teniendo en cuenta que la población afroamericana de Estados Unidos no llega al 15%, pero es una sentencia muy certera y extrapolable a muchos otros países y situaciones.
Esta semana nos ha recordado algunas de las consecuencias de vivir en ciudades llenas de dispositivos “inteligentes”. La primera, que un gobierno que tiene acceso masivo a los datos privados de los ciudadanos puede usar el poder coercitivo del Estado para utilizarlos legalmente contra la población. El desencuentro del Departamento de Guerra de EE UU con Anthropic nos ofrece un anticipo de cómo la quieren usar, especialmente cuando tenga que afrontar las olas de protesta y desconcento en las calles de EE UU. En las últimas semanas, Google, Reddit, Discord y Meta han recibido (y en muchos casos, satisfecho) cientos de citaciones administrativas del Departamento de Seguridad Nacional solicitando identificación de cuentas de usuarios que han criticado al ICE o han señalado las ubicaciones de agentes del ICE. La misma infraestructura que se despliega para investigar, detener y encerrar a inmigrantes servirá para perseguir manifestantes, activistas y opositores que ejercen su derecho a la libre expresión para participar de forma activa en la vida pública, una condición irrenunciable de una democracia. Y servirá para perseguir mujeres que han ejercido su derecho a decidir sobre su propio cuerpo y han terminado un embarazo, o adquirido la píldora del día después.
Durante mucho tiempo pensamos que la desinformación era, básicamente, una guerra de mensajes. Aparecía una mentira en internet y alguien, un periodista, un verificador o un medio, salía a desmontarla. El combate enfrentaba a un rumor frente a un dato. Hoy el campo de batalla es bastante más complejo y el concepto mismo de desinformación necesita ser redefinido permanentemente. La crisis de Oriente Próximo es, además de un problemón, una ocasión inmejorable para comprobarlo.
Recientes informes señalan que el feminismo ha disminuido entre los jóvenes y la etiqueta de “feminista” se percibe como una herramienta de manipulación mediática. Resulta preocupante, pues nos aleja de profundizar en la igualdad real entre hombres y mujeres, al tiempo que se puede entender por “feminismo” un concepto erróneo. La RAE define el término machismo como “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres”. El feminismo, sin embargo, es, en palabras de la la RAE, un “movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres”. Por tanto, toda persona que crea en la igualdad entre hombres y mujeres es feminista, aunque no lo sepa.
Cuesta creer que la directora inglesa Deborah Warner (Oxfordshire, 66 años), toda una autoridad en Shakespeare, no se hubiera enfrentado hasta ahora al texto de El sueño de una noche de verano. “La explicación es sencilla y tiene que ver con mi primera experiencia como espectadora”, cuenta tras un ensayo en el Teatro Real. “Con nueve años vi en Bristol la histórica producción de Peter Brook y decidí que quería dedicarme a esto”. Salió de aquella función con el deseo de hacer teatro y la certeza, compartida por muchos directores de su generación, de que había poco que añadir al “deslumbrante Sueño” brookiano.
El Gobierno de Aragón, que se han repartido PSOE (2015-2023) y PP (desde entonces) en el último decenio, no puede saber exactamente cuántas viviendas protegidas tiene. Tampoco cuántos ciudadanos querrían vivir en una de ellas. Así lo recoge la Cámara de Cuentas en un informe de fiscalización sobre 2023 y 2024, que aprobó este 26 de febrero, y en el que concluye que Aragón “no dispone de un Registro de viviendas ni de una base de datos actualizada y contrastable al respecto”. La documentación, denuncia el organismo fiscalizador, se compone de hojas de Excel dispersas, sin criterios comunes y sin garantía de actualización, en las que, además, faltan fechas de alta y baja de los inmuebles. Peor: el registro de solicitantes de vivienda pública lleva suspendido desde 2013, fecha en la que dejó de ser obligatorio apuntarse a él. Todo ello, concluye el ente fiscalizador, penaliza las políticas públicas y la transparencia.
Esto no se lee muy a menudo: sucedió algo altamente inusual en un reciente concierto de cámara. El Trío Albéniz había terminado de interpretar casi dos horas de música en el Ateneo de Madrid el pasado 23 de abril y se estaba bañando en aplausos, cuando la atención del público se dirigió a las butacas. Una mujer se ponía de pie entre ovaciones: María de Alvear, compositora de algunas de las piezas que acababan de escucharse. Acto seguido, un par de filas más adelante, hacía lo mismo David del Puerto, autor de otra parte del programa. Y un tercero, Ismael García Daganzo, cuyo Nocturno en detalles se había estrenado esa tarde. En un entorno tan obsesionado con el pasado, escuchar obras de autores vivos es infrecuente; que el compositor se encuentre entre el público, raro; que esto suceda con tres, prácticamente histórico. La mayoría de los asistentes había acudido a oír piezas del mítico (y difunto) Piazzolla, las cuales conformaban la mitad del concierto, pero se llevaron ese regalo inesperado del mundo de los vivos.
Son tan ligeros que lo lógico sería que se los llevara el aire. El Pipistrellus pipistrellus, uno de los más comunes, oscila entre los tres y los ocho gramos. Vuelan con las manos, gracias a una membrana de piel extendida sobre sus dedos. Si el destino se porta bien con ellos son capaces de vivir hasta unos 20 años. Hay mucho falso mito alrededor suyo, como por ejemplo que chupan sangre. De las 1.500 especies de murciélagos en todo el mundo, apenas tres lo hacen. Se distribuyen desde México hasta el centro de Chile y Argentina. Lidia Mayordomo, de 37 años, ha dedicado a este mamífero una gran parte de su tiempo desde que comenzara su trabajo de fin de grado en la universidad. “No sé lo que me gusta de ellos, pero me encantan. Son fascinantes”, reconoce. Mayordomo, junto a su profesor William Carvalho, de 41 años, acaba de firmar un estudio sobre cómo, en una ciudad que “perturba tanto el medio” como Madrid, la presencia de vegetación favorece el incremento de murciélagos. “Esto no sería ninguna frivolidad. Los murciélagos no solo favorecen la biodiversidad, sino que mejoran la calidad de vida de las personas”, afirma Carvalho. La semana pasada, un concejal de medioambiente del ayuntamiento de Quebec (592.884 habitantes, Canadá) les llamó para interesarse por el proyecto para tenerlo en cuenta en los futuros planes urbanísticos de la ciudad.
A golpe de aleta, Diana, una tortuga boba de unos 20 años —la especie puede superar los 60—, ha recorrido más de 6.400 kilómetros desde Ceuta hasta el Caribe, una de sus zonas de anidación. Los investigadores que la siguen la rescataron en junio del año pasado de las redes de la almadraba de Ceuta, a la que se había acercado atraída por los peces capturados, una fuente fácil de alimento. Entonces nadie imaginaba que acabaría cruzando el Atlántico. Salió por el Estrecho de Gibraltar en septiembre del año pasado y llegó a la costa americana este febrero, donde todavía se encuentra.
El 20 de noviembre, J. E. metió todas sus cosas en dos mochilas y le dijo hasta nunca a la prisión de Quatre Camins, a 28 kilómetros al norte de Barcelona. Los días previos estaba ansioso por que llegara el momento. Sentía la necesidad de arreglar su vida y dejar atrás la carpeta con los errores que han acabado marcando sus últimos cinco años de encierro. “Allí dentro tienes mucho tiempo para autoanalizarte y sé que no soy mala persona”, se reivindica este hombre de habla tranquila nacido un 29 de febrero de hace 62 años. Asegura ser fuerte y cierto optimismo impregna su discurso. Pero también es realista, sobre todo ante algunas expectativas incumplidas en sus primeras semanas de libertad, como cuando se vio obligado a dormir un par de días en la calle porque se había quedado sin dinero para pagarse una habitación: “¿Eso no se puede preparar antes? En algunas cuestiones he perdido la fe en el sistema”.
El tren de la fabricación masiva de chips basados en silicio ya pasó para España y el resto de Europa. Lo cogieron otras potencias tecnológicas norteamericanas y asiáticas y alcanzarlo es inviable. Pero hay uno en camino más robusto, tolerante a mayores densidades de potencia, capaz de operar con voltajes más altos y a un mayor ancho de banda. El billete para subirse a esta tercera generación de procesadores, el elemento clave de cualquier dispositivo electrónico, se llama nitruro de galio (GaN), un semiconductor más veloz, reducido, resistente y barato. Indra Group lidera un consorcio, formado también por Televés Corporación, SPARC Foundry y RBZ Robot Design, para empezar a fabricar en Vigo estos nuevos chips en el plazo de un año: es el proyecto GIGaNTE.
Si hubiera que acreditar y concretar la Santísima Trinidad del retrato de la España contemporánea, el trío de cineastas que a través de películas y series están levantando testimonio de cómo son los españolitos de la calle de manera amarga, cariñosa y sincera, ellos son Víctor García León (Madrid, 49 años), Borja Cobeaga (Donostia, 48 años) y Diego San José (Irún, 47 años).
Uno de los anuncios más sonados de la historia de la publicidad televisiva fue el de Coca-Cola Light en los años noventa. Un grupo de mujeres oficinistas hacían una pausa estratégica cada día a las 11:30 de la mañana para mirar por la ventana cómo un musculoso obrero de la construcción se quitaba la camiseta durante un descanso para beberse el refresco apoyado en una excavadora gigante. En su época se convirtió en icono de empoderamiento sexual femenino. Pero visto con perspectiva, reafirmaba también el imaginario masculino colocándole al obrero el complemento viril por excelencia: el vehículo. Es lo que la politóloga estadounidense Cara Daggett acuñó en 2018 como “petromasculinidad”.
La primera noche que visité Londres, durante un viaje de paso del ecuador, terminamos de noche en el Soho. Habituados a los turistas pardillos, nos estafaron a gusto. Lo asumí como experiencia educativa; con el tiempo, incluso me acostumbré a instalarme allí, en un hotel en Wardour Street, estratégicamente situado entre espléndidas librerías y tiendas de discos. Tenía además la coartada histórica de su cercanía a Denmark Street, antiguo corazón de la industria musical británica, ahora consagrado al culto de la guitarra eléctrica.
Quienes se acerquen a las tres temporadas completas de la serie israelí Teherán (ocho capítulos por entrega, disponibles en Apple TV) se van a llevar más de una sorpresa. La serie, que ha pasado ciertamente desapercibida en España incluso tras el estallido de la guerra (es la cuarta opción entre los usuarios de la plataforma, detrás de Terapia sin filtro o Hijack) alberga ciertas peculiaridades que merecen una lectura más pausada.
Hay dos nombres propios y dos días simbólicos para entender el presente del Celta de Vigo, el club en boca de todos (esta semana también en boca de Madonna, que dice guardar la camiseta icónica que se puso la Ambición Rubia en un concierto en Balaídos en 1990). Los nombres propios son Marián Mouriño, presidenta, y Gael García, responsable de marketing. Las dos fechas son 23 de agosto de 2023 y 26 de mayo de 2024. En la primera, el club presidido aún por Carlos Mouriño organizó una fiesta del centenario a la que había que acudir por invitación. En la segunda, final de temporada y con la permanencia asegurada, se clausuró el año del aniversario con una enorme fiesta popular en los alrededores de Balaídos por donde se paseaba con vaqueros y camiseta del Celta, de bar en bar y con cerveza en vaso de plástico, la nueva presidenta, Marián Mouriño.
No es el mejor momento del Rayo Vallecano. Sus jugadores y cuerpo técnico difundieron recientemente un comunicado quejándose del campo, que “no reúne las condiciones mínimas exigibles para disputar un partido de la máxima categoría”, y de las deficientes instalaciones, donde algunos días, aseguran, ni siquiera hay agua caliente en las duchas. La afición dedica a su presidente, Raúl Martín Presa, una pitada ensordecedora en el minuto 13 de cada partido para que el empresario que en 2011 compró el club por menos de lo que cuesta el alquiler mensual de un piso en Madrid (961 euros por el 98,6% de las acciones, asumiendo su deuda), se vaya. Pero hay algo hermoso, fabricado con la materia prima de los milagros laicos, en torno a ese estadio destartalado. Son las niñas de seis años que cantan a pleno pulmón las canciones del Rayo en las gradas de Vallecas; y esos padres que, pudiendo hacer a sus hijas del Madrid o del Atleti, las embrujaron con el equipo del barrio por el mismo motivo por el que compran los libros de texto al librero de la esquina y la fruta al frutero que les llama por su nombre. Mientras el Bernabéu se llena de turistas que por la mañana han ido al museo del Prado y por la tarde quieren visitar la nave de los galácticos, cientos de familias cruzan la calle cada dos semanas para comulgar con sus vecinos después del trabajo.