“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
Rousseau eligió el lago Lemán, en Suiza, para contar en uno de sus libros que su sociedad ideal era Esparta: pequeña, severa, autosuficiente, patriótica e insolentemente no cosmopolita y no comercial. Mary Shelley se encerró en una villa junto a ese lago para idear en una noche mítica Frankenstein, sobre las consecuencias de la falta de límites en la ciencia. Nabokov pasaba largas temporadas en un hotelito en esta zona, discreto y elegante, y aquí escribió Ada o el ardor, deslumbrante novela sobre la pasión. A orillas del Lemán está también la sede de la Organización Mundial de Comercio (OMC), una de las instituciones multilaterales más castigadas por una sacudida del orden global que es una mezcla de Rousseau, Shelley y Nabokok: un mundo en el que crece el populismo ultra y prima la ley de la selva, en el que tecnologías como la inteligencia artificial son tanto una oportunidad como una amenaza, y en el que las pasiones neoimperialistas de Estados Unidos son capaces de empezar una guerra que envuelve en una espesa niebla de incertidumbre los escenarios de futuro. La nigeriana Ngozi Okonjo-Iweala (Ogwashi-Ukwu, 71 años), directora general de la OMC, recibe en Ginebra a EL PAÍS y otros diarios europeos agrupados en la alianza LENA, y hace un repaso por esta era que ella prefiere denominar “de la disrupción” más que del desorden. En casi una hora de conversación, Okonjo-Iweala se las ingenia para no pronunciar la palabra “Trump” en una habitación bañada por una luz afónica, con las montañas suizas aún nevadas y el famoso lago tras los ventanales.
Vuelve el peligro alemán. ¿El de los años treinta? Quizá uno parecido al de la Gran Recesión, el designio que denostó el añorado Ulrich Beck en “Una Europa alemana” (Paidós, Barcelona, 2012). ¿Se acuerdan? Se refería a cuando “las crisis invitan a la acumulación de poder”: en aquel momento económico-financiero, aunque “en ciertas circunstancias pueden provocar su caída”.
Al anochecer de un miércoles reciente, mientras una fría lluvia caía afuera, los pasillos de un centro recreativo parroquial en Queens comenzaron a llenarse lentamente. Uno a uno, estudiantes de todas las edades fueron llegando. Caminaban de un lado a otro por el pasillo de baldosas verdes, estrechando la mano de cada persona ya sentada, mientras desde las aulas vecinas se filtraban los sonidos de violines afinándose y el rasgueo rítmico de guitarras. Una niña corrió hacia su ensayo, con un estuche de violín tan grande como ella misma. Los padres que bordeaban el pasillo –muchos de los cuales son estudiantes también– se acomodaron para esperar sus propias clases.
Uno no debería viajar solo donde antes ha viajado enamorado. Hay algunas razones poderosas por lo obvias, empezando porque el amor sabe buscar sus sitios y nos llevará a Córdoba o a Nápoles o a París antes que —con perdón— a Collado Mediano. Si se fijan, además, hay una cierta predestinación en estos viajes: una especie de providencia o de ángel de la guarda de los enamorados por el cual todo sale bien incluso cuando sale mal; si hace sol, porque parece que la primavera en conjunto se ha puesto de nuestro lado; si llueve, porque acuérdate cómo llovía. Después, cabe pensar —aunque el amor gusta, como dice el Lied, de la errancia—, que alguien es más alguien cuando su figura destaca en un tiempo y, sobre todo, en un paisaje: “me dueles en Galicia en 2012”. Son siempre curiosas las materialidades —libros, imágenes— que nos evocan ante los demás, pero quizá ninguna más intensa que las ciudades y los restaurantes, los hoteles y los bares que fueron un día santos lugares del amor.
Algunos iluminados proclamaban a finales del siglo XX que la economía iba a crecer de forma sostenida e indefinida, sin altibajos, gracias a los aumentos de la productividad derivados de la revolución tecnológica en marcha que había traído internet a nuestros hogares. Era el fin de los ciclos económicos, decían pensadores relevantes, en línea con el fin de la historia que sentenció Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín. El pronóstico de una economía a salvo de crisis se demostró ilusorio bien pronto. El año 2000 vivió un batacazo de los valores tecnológicos, la llamada crisis puntocom: el Nasdaq inició en marzo un desplome que se prolongó dos años y destruyó un 78% de su valor. En esos dos años ocurrieron los atentados del 11-S y se confirmó que EE UU había entrado en recesión entre marzo y noviembre de 2001. Empezó la “guerra contra el terror” de George Bush y nunca acabó, se formó el trío de las Azores para atacar Irak, el terrorismo islamista golpeó a Europa. Hay extraños paralelismos con el hoy, cuando coinciden el temor a la sobrevaloración de los valores tecnológicos y un incendio catastrófico en Oriente Próximo. Hasta vuelve a sonar el “no a la guerra”.
Los reclusos de la prisión de Puerto Vallarta fueron los primeros en alertar al exterior. Por medio de mensajes de audio, lo advirtieron desde el sábado 21 de febrero: algo se estaba preparando dentro del penal, “se iban a presentar sucesos de violencia”, tenían miedo y temían perder la vida, pedían ayuda. Avisaron a la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco, que, asegura, notificó a su vez a las autoridades. Nada pasó. Un día después, la joya turística se despertó envuelta en humo. El Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) había tomado la ciudad en represalia por el operativo del Ejército contra su líder, Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho. En la prisión se aprovechó el caos y se desató el motín. Un trabajador del penal cuenta que duró casi 12 horas. El saldo: 23 reos fugados y un vigilante, Rafael Hernández, asesinado. Tres semanas después, 17 de estos presos, muchos condenados por homicidio y por desaparición forzada, siguen libres.
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, anunció este viernes que su Gobierno comenzó a conversar con representantes de la administración de Donald Trump. El anuncio llegó pocas horas después de la liberación de 51 presos ―de los que la organización Prisioners Defenders asegura que al menos cinco son políticos― y tras días de cacerolazos y asambleas estudiantiles, en señal de hartazgo frente a una crisis energética que ha puesto en jaque el transporte, la educación y el día a día de los cubanos. “Hace más de tres meses que no entra un barco de combustible en el país. Estamos trabajando en unas condiciones muy adversas, con un impacto inconmensurable en la vida de todo nuestro pueblo”, sostuvo en su alocución.
El humor bien entendido empieza por uno mismo: quien no es capaz de reírse de sí mismo no tiene derecho a reírse de nada. Por eso hay pocas cosas tan saludables como la autoironía, una bendición cada vez más difícil de encontrar en un mundo donde, gracias a las redes sociales, tantos parecen consagrados a practicar a tiempo completo el arte del “mecachis-qué-guapo-soy”; y lo asombroso no es solo que a sus practicantes no les avergüence esa exhibición asidua de supuestas bondades propias, ese alarde impúdico de los propios logros o los éxitos supuestos o reales: lo asombroso es que no hunda en el descrédito a quien lo practica. Porque, además de impúdica, esa perpetua alabanza de uno mismo es envilecedora, degradante. La virtud es como los fantasmas: en cuanto sale a la luz, se disuelve; la virtud es secreta o no es: si yo les cuento que esta mañana le he dado 300 euros a un mendigo, ese acto de generosidad deja de ser al instante un acto de generosidad y se convierte en una cuña publicitaria: “Admiren ustedes mi bondad”. A menudo es difícil sustraerse a la impresión de que esa es la pesadilla que estamos construyendo con las redes sociales: un mundo infestado de hombres-anuncio, de mercachifles de sí mismos, de narcisistas insaciables. También en este sentido Trump es un emblema de nuestro tiempo: el ególatra entregado al autobombo y alérgico al humor y la ironía (no digamos a la autoironía, que es lo opuesto al autobombo), la personificación de l’esprit du sérieux que La Rochefoucauld definió con estas palabras insuperables: “La seriedad es la máscara que se pone el cuerpo para ocultar la putrefacción del espíritu”.
Es martes por la mañana en el madrileño polígono de Suanzes donde se encuentra la redacción de EL PAÍS. Danny Ocean está en el aparcamiento junto a una furgoneta negra. A su alrededor, un séquito de hombres que le seguirá allá donde vaya. El cantante estuvo la noche anterior cenando jamón con su novia, la modelo dominicana Mar Bonnelly, y hoy tiene el gesto, el habla y el andar laxo. Dice que el peor día de jet lag es siempre el tercero. Tiene poca energía para responder preguntas, elegir ropa, hacerse fotos. Es un artista internacional. Ocean se quita las gafas de sol y aparecen unos ojos oscuros, de un marrón prácticamente negro, como si el iris y la pupila estuviesen fusionados, como si fueran los ojos de un extraterrestre. “Primero, la entrevista; luego, las fotos”, dice con firmeza.
Atardeceres de luz dorada, piscinas rodeadas de palmeras frondosas, barrios enteros de chalets cuidados y cortinas en las ventanas detrás de las que se ocultan los destellos de alegría doméstica pero también las miserias familiares más secretas… El mundo entero no es más que un lienzo gigante pintado por un artista en un estudio hollywoodense. Existe porque alguien lo convirtió en un escenario de película primero.
Anys enrere, el departament de publicacions de la Universitat de Barcelona (UB) era un veritable desgavell, per no dir xauxa. Va haver-hi un director, persona de gran simpatia i intel·ligència, que no disposava de prou pressupost ni mitjans, i no feia res, o quasi. La UB era invisible al mercat editorial i a les llibreries, lloc en què els llibres universitaris sempre han tingut dificultat a accedir. Al temps que era actiu aquell director, Max Cahner —home amb uns mèrits que no hem d’oblidar, com fer possibles els dos diccionaris de Joan Coromines, l’etimològic i l’onomàstic, que perviuran molt més que l’Enciclopèdia Catalana— va patir una crisi personal i va demanar al rector de l’època que li atribuís una funció diferent de fer classes. El rector li va dir que visités el director de publicacions, i Cahner li va demanar de treballar al seu costat. Però com que el seu departament no tenia res a fer, aquell director va dir a Cahner: “La tasca serà senzilla: prendrem un cafè al començament del curs acadèmic, i un altre al final”. I aquesta va ser tota la feina que van fer.
En un momento de mi niñez empecé a dibujar sirenas. Las dibujaba en todas partes: en las etiquetas de la antigua fábrica de cerveza de mi familia, en los cuadernos del colegio, en los blocs donde mi abuelo hacía las cuentas de su almacén y anotaba las deudas. Eran hermosas de manera tradicional: pómulos altos, ojos grandes, pelo abundante y una cola con escamas terminada en una aleta fabulosa. Las imaginaba nadando en el ojo azul de los océanos, solitarias, magníficas, abriéndose paso entre peces y corales. No necesitaban nada, y el único sentido de su existencia era irradiar belleza. Eran muchas, pero siempre la misma: un ser universal, fantástico, capaz de existir sin explicaciones, justificada por la pura delicia de su armonía descomunal. Una vez llegó a la pequeña ciudad en la que crecí una instalación extravagante, atracciones de circo dispersas en carromatos que se instalaron, según mi memoria, en el centro. No recuerdo cuáles eran las otras rarezas —¿mujeres barbudas, hombres forzudos?—, pero en uno de esos carromatos había una sirena. Si se apoyaba el ojo en una mirilla, al fondo de una pecera (seguramente turbia, con piedras de colores y algas de plástico), podía verse a una mujer pequeña, con un soutien celeste y cola de pez, encerrada en una burbuja. Me produjo asco, repulsión. No porque fuera fea, sino porque, puedo verlo ahora, aquella cosa estaba seca, muerta, era un eco torpe, una representación. Mi sirena, en cambio, existía, era un ser que estaba en este mundo traída por mi voluntad y mi deseo. Nadaba en una humedad fértil más acá y más allá de la muerte y era inmensamente libre. Aquella cosa encerrada en la pecera era el intento burdo de encarnar lo imposible: de encarnar un sueño. Ya no dibujo sirenas, pero llevo dentro de mí los cristales lisérgicos de la infancia que me recuerdan que las sirenas existen y navegan todos los días dentro de mi sangre y cerca de mi corazón.
La ciudad contemporánea no es un conjunto de coordenadas geográficas, sino un organismo herido por la entropía. Si pudiéramos elegir los códigos de la mirada, y dejar de observar la ciudad como un escenario construido con mayor o menor fortuna, y enfocar la ciudad como un sistema vivo, metabólico, probablemente concluiríamos que sufre una hemorragia constante de energía, tiempo y dignidad humana. El problema de la vivienda en España no es únicamente una falta de metros cuadrados —ese es el relato dominante—, es también un fracaso de la termodinámica social.
Este martes las familias del colegio Pintor Rosales de Chamartín, cuyos hijos cursan segundo y sexto de primaria, recibieron un comunicado en su teléfono móvil: “El 20 de marzo vendrá la consejera de Educación a nuestro centro para participar del programa que estamos desarrollando de Auxiliares de Danza. Para intervenir en la actuación que han estado preparando y desarrollando nuestros alumnos estos meses, es obligatorio traer cumplimentada la autorización”. El escrito explicaba que, como asistía la consejera, Mercedes Zarzalejo, el espectáculo iba a ser grabado y cada padre debía autorizar si su hijo podía salir en fotos o vídeos. En caso de que no lo permitiese, el menor podría asistir al acto pero no participar porque se trata de un baile en movimiento. El asombro llegó este miércoles, cuando la dirección del centro indicaba que tras notificar al equipo de Zarzalejo el bajo número de permisos para la cesión de derechos de imagen, “se nos informa” de la cancelación del acto en el pabellón. Sin fotos y vídeos, sin propaganda, no había consejera. La ilusión de los niños quedaba al margen.
Cuando el rey duda ante una decisión que ha de tomar, tiene por costumbre, en soledad y para sí mismo, escribir considerando sus ventajas e inconvenientes. No llamemos a esto escritura terapéutica ni (ay, nueva anglobobería) journaling. Porque este rey es un monarca de hace 500 años, es Carlos I de España y V de Alemania, a quien llamamos emperador. En 1525 y de su propia mano, escribe unas notas introspectivas que hoy custodia un archivo austriaco. En ellas revisa estrategias bélicas, piensa en cómo gobernar, reconoce que a su edad (frisa los 25 años) le toca casarse. Y todo esto lo pone por escrito en francés, la lengua que adquirió desde niño, criado entre borgoñones en Flandes. Cuando, adolescente, llegó a la península Ibérica para asumir las coronas de Castilla y de Aragón, el castellano era todavía una lengua nueva para él, que aprenderá por imperativos de gobierno. Lo que el emperador Carlos no sabe en ese inicio de 1525 es que la boda que ya entonces planea con su prima hermana Isabel de Portugal, también nieta de los Reyes Católicos, va a cambiar su biografía lingüística de una forma conmovedora, y que él, con un innegable don de lenguas, iba a terminar prefiriendo el castellano a las otras que hablaba.
El 30 de agosto de 2015, Hugo llegó a casa desde el Hospital del Tajo, donde había nacido un par de días atrás. Esa tarde hubo un tornado en Aranjuez, y la sombrilla que su familia tenía en el patio salió volando hasta colarse en la piscina. Lo sé porque me lo contó el día que nos conocimos. Estaba subido a un balón de fútbol, mirándome mientras yo empujaba a uno de mis hijos en el columpio, cuando tuvo a bien compartir conmigo el que debe ser el hito fundacional de su existencia. Le pedí que me contara qué hicieron entonces, pero lo que realmente me preguntaba era la de veces que habría escuchado aquel relato en boca de sus padres y cómo habría influido en él. No es cosa menor llegar al mundo a la par que un huracán.
Donald Trump es propenso a equivocarse. Ya conocemos sus errores en cálculo arancelario, gestión migratoria y bombardeos, pero yo soy muy pesado, y creo sinceramente que su política científica es igual de catastrófica, y que haber nombrado como secretario de Salud a Robert Kennedy —no el más brillante de esa familia— va a contribuir decisivamente a llevarse por delante a este dictadorzuelo de opereta. Veamos cómo.
Recep Tayyip Erdogan lleva más de dos décadas perfeccionando el arte de la ambigüedad estratégica. Pero la guerra contra Irán lo ha situado en una cuerda floja más fina que cualquiera de las que haya cruzado antes. No se trata simplemente de elegir entre aliados y enemigos. Está gestionando, al mismo tiempo, cinco cables en tensión. Y, fiel a su estilo, Erdogan parece avanzar en puntillas, calculando que el caos puede servirle más de lo que le amenaza.
Segurament, l’única coincidència entre les matemàtiques i el medi artístic és que tots dos creen models. Però mentre les primeres conceben sistemes estables, els poetes, artistes i historiadors prefereixen un ordre contingent, avalat per una determinada qualitat estètica. Va haver-hi un temps en què l’anomenat “model Macba” va significar alguna cosa semblant a la matemàtica musical o als escacs: una combinatòria —millor, una dialèctica— de formats, actituds i temps; propostes que només obeïen a un interès conseqüent, a una configuració mental, possiblement amb errors, però una simfonia al cap i a la fi.