“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
“Año de la unidad, la paz y el desarrollo”
No hay mes en el que los vecinos de la Dreta de l’Eixample de Barcelona no se enteren de la compra de un edificio entero que va a convertirse en viviendas de lujo. Jaume Artigas, presidente de la asociación de vecinos del barrio, los repasa uno a uno. Los hay en el paseo de Sant Joan, en la Rambla de Catalunya, en la calle de Casp… En el mejor de los casos, un fondo compra el inmueble, reforma pisos y los convierte en viviendas de alta categoría. En el peor, las obras implican cancelar contratos y pedir desahucios. “Hemos detectado hasta 116 promociones especulativas”, lamenta. Ese goteo que lleva produciéndose hace años ha cambiado ya las dinámicas del barrio. Hay edificios con escaleras semivacías. De hecho, alrededor del 30% de las viviendas no tienen a ningún vecino empadronado, según datos del Ayuntamiento. “Muchos de los compradores son extranjeros que no viven en esas casas, sino que las tienen para cuando vienen de fin de semana a Barcelona”, explica Artigas. Pero también las calles cambian. Basta con darse un paseo por la calle del Consell de Cent. “Es uno de los grandes cambios que se han producido. Más del 40% de las tiendas de esa calle entre el paseo de Gràcia y Girona son de uso turístico”, se queja.
Hay un banquero que se pone el mundo por montera, que sueña con gigante paneuropeos, lanza el guante a los gobiernos y quiere desafiar esa ley tácita de que las opas no amistosas nacen heridas de muerte. Se llama Andrea Orcel, es el primer ejecutivo del banco italiano Unicredit y el 16 de marzo —con la incertidumbre económica al rojo vivo por el recrudecimiento de la guerra de Irán— lanzó una oferta pública no solicitada de 35.000 millones de euros por el alemán Commerzbank, una presa que tiene entre ceja y ceja desde hace al menos año y medio. Ese es, precisamente, el mismo periodo de tiempo que Berlín lleva enseñando los dientes al directivo romano, sin disuadirlo: “Mi mensaje a Commerzbank hoy es: Ha llegado el momento de hablar”, dijo a los analistas del mercado la semana pasada.
Acabo de regresar de Málaga, en donde he formado parte del jurado de su formidable festival de cine. En una semana vi 22 películas, a un ritmo de al menos tres al día. He sido jurado de otros festivales y en los últimos años del franquismo fui a los fines de semana cinéfilos que se organizaban en Francia, en Perpiñán, justo al otro lado de la frontera; proyectaban hasta una decena de títulos prohibidos en nuestro país, así que te zampabas cinco largometrajes seguidos el sábado y otros cinco el domingo (así vi, por ejemplo, El último tango en París y La naranja mecánica). Con esto quiero decir que los atracones peliculeros no me son desconocidos. Pero he de confesar que en los últimos dos o tres años he ido menos a las salas de cine a causa de las consabidas justificaciones: demasiado trabajo, demasiada fatiga. Por ese caos vital que te emploma los pies y te llena de pereza, de manera que terminas viendo las películas en tu televisor, como si fuera lo mismo. Pero no lo es. Por eso la experiencia inmersiva del Festival de Málaga, y el montón de horas que pasé sumergida en esa oscuridad colectiva y vibrante, me han hecho recordar lo mucho que me gusta el cine de verdad, ese que no sólo se ve, sino que se respira junto a los demás.
La guerra en Irán que Donald Trump ve “casi terminada” no deja de extenderse. Casi un mes después de que Estados Unidos lanzase la ofensiva, junto con Israel —al matar al líder supremo, Ali Jameneí, en una oleada de bombardeos—, este sábado sumó un nuevo actor: los rebeldes hutíes de Yemen, con el lanzamiento de sus primeros misiles contra Israel. Es el enésimo signo de escalada y caos, con un futuro incierto.
Un pitido cansado, que tiene algo de antiguo, anuncia la entrada del tren expreso procedente de Teherán en el andén de la estación de Van (este de Turquía), lentamente y con un par de horas de retraso. Tras más de24 horas traqueteando por la geografía maltrecha del Irán septentrional, sus 280 pasajeros desembarcan fatigados, ojerosos, arrastrando pesadas maletas. El enjambre de taxistas que se ha concentrado en las escaleras de entrada de la estación se abalanza sobre ellos en busca de clientes y mezclan palabras en turco, en persa, en kurdo, para negociar el porte de personas y equipajes hasta el centro de la ciudad o, directamente, al aeropuerto. Algunos solo han hecho la mitad del camino. “Aún nos queda un vuelo a Estambul y, de ahí, otro a Alemania”, explica una joven veinteañera que no quiere dar el nombre por su oposición al régimen ―que hace poco más de dos meses masacró a miles de manifestantes―, pero también a las bombas lanzadas por Estados Unidos e Israel sobre su país: “Es aterrador lo que está pasando. Querríamos que se fueran los mulás, pero no estoy segura de que así vaya a pasar”.
En Israel, suele utilizarse una palabra en hebreo, traducible como fango o lodazal, para referirse al cariz que acabó tomando su ocupación del sur de Líbano entre 1982 y 2000. Comenzó con promesas similares a las que hoy dominan el discurso político y mediático en el país (entonces contra la Organización para la Liberación de Palestina, OLP, y hoy, contra Hezbolá, nacida durante esa misma invasión) y acabó 18 años más tarde, en medio de un goteo de soldados muertos y de preguntas entre la población sobre su sentido.
En la estación de tren de Pekín, inaugurada por el mismísimo Mao Zedong en 1959, la sala de espera número cuatro está a rebosar. Al fondo de la estancia, entre sobrias columnas de mármol y decenas de viajeros, un rótulo luminoso indica que el mítico expreso nocturno K-27 con destino Pyongyang, la capital de Corea del Norte, está a punto de salir. El reinicio de la ruta hace dos semanas, tras seis años suspendida, muestra cierto giro aperturista de la hermética nación atómica. “Contribuirá a impulsar los intercambios entre ambos países, así como la cooperación económica y comercial y los intercambios culturales”, anunciaba la prensa estatal de China. El lunes reabrirá también una conexión aérea entre ambas capitales.
“¿No va a venir nadie a recibirme?”. Una figura menuda pero poderosa irrumpe en el estudio fotográfico. Carmen Maura (Madrid, 80 años) entra en escena. Es pequeña y delgada, pero su voz, una de las más inconfundibles del cine español, es rotunda. No parece estar de muy buen humor. Luego reconocerá que ha tenido que madrugar para esta sesión de fotos y que detesta tener que hacerlo. “Me da mucha pereza levantarme temprano. Es lo que más me cansa de este trabajo. Por eso estoy todo el rato pensando en retirarme”, va a admitir. Ahora preferiría estar en su piso, en el barrio madrileño de Chamberí, con su perrita. “No sabes lo mona que es mi casa. La tengo desordenada y llena de pijadas, pero soy muy feliz ahí. Cada vez me cuesta más salir”.
Fotografía:Miguel Reveriego
Estilismo:Beatriz Machado
Maquillaje y peluquería:Raquel Álvarez (The Crew Art) para Chanel Beauty y Keune Haircosmetics
Producción:Cristina Serrano
Asistente de fotografía:Sergio Borondo y Javier Suárez
Asistente digital:David García
Asistente de estilismo:Diego Serna
Parece que hemos progresado desde la quijada de burro con la que Caín mató a su hermano Abel. Para llegar a la delicatessen de la foto, hemos tenido que inventar antes muchas cosas, qué sé yo, el acero, la pólvora, la producción en serie, el cálculo diferencial y hasta los ministerios, con todas sus cadenas de huesecillos (direcciones generales, secretarías de Estado, gabinetes de prensa, etcétera). Hay ministerios para todo lo que usted sea capaz de imaginar, aunque son más eficaces unos que otros. Los de la Guerra (o de Defensa, según), y por poner un solo ejemplo, suelen funcionar mejor que los de la Vivienda, qué le vamos a hacer. Pero la quijada de burro, que es a lo que íbamos, ha evolucionado y nosotros (los Caínes de este mundo) con ella.
El edificio está algo destartalado, debe remodelarse. El Ayuntamiento de Elna lo compró hace algún tiempo por una cantidad elevada y a duras penas ha podido terminar de arreglarlo. Da igual. Su presencia a medida que avanza la pequeña carretera, rodeada de invernaderos y del trajín de inmigrantes que entran y salen de los caminos de tierra, es imponente. La Maternidad Suiza es un símbolo eterno del éxodo republicano español, de la solidaridad francesa. Una institución fundada en 1939 por la enfermera suiza Elisabeth Eidenbenz que permitió el nacimiento de 597 niños cuyas madres, refugiadas de la Guerra Civil española, se encontraban internadas en campos de concentración del sureste de Francia. Lo mismo ocurrió con 200 hijos de mujeres judías. Pocos lugares son tan transparentes con la historia de la resistencia contra el fascismo. Hace un semana, un partido calificado como de extrema derecha y liderado por un viejo militante de una formación petainista ganó la alcaldía.
Muchos en Hungría —y en Bruselas, Moscú o Washington— contienen la respiración hasta las elecciones legislativas del próximo 12 de abril. El ultraconservador Viktor Orbán se enfrenta por primera vez a la posibilidad real de perder el poder tras cuatro rotundos mandatos consecutivos. Las encuestas dan ventaja al único rival que, hasta ahora, parece capaz de destronarle: Péter Magyar, un disidente de sus propias filas que conoce a fondo la arquitectura interna del régimen moldeado por Orbán. Nadie se atreve, sin embargo, a anticipar el desenlace de los comicios más inciertos de los últimos 16 años.
Erik Prince (Míchigan, EE UU, 1969) siempre ha sido un mercenario sin complejos a la hora de monetizar el caos, preferiblemente si este ocurre lejos de las fronteras de su adorado Estados Unidos. El artífice de la privatización bélica durante los años negros de la guerra de Irak, al frente de la siempre polémica Blackwater, de la que fue fundador y presidente, ha descubierto ahora un filón más silencioso y rentable que el estruendo de los fusiles: la fiebre de la inteligencia artificial. Con la salida a Bolsa de Swarmer, apuesta tecnológica para dotar de cerebro y autonomía a enjambres de drones a través de la IA, Prince, que la preside, ha logrado lo que parecía un imposible: que Wall Street prefiera ignorar su biografía para centrarse en el potencial de sus algoritmos.
Doce hijos con tres esposasLa biografía personal de Erik Prince está marcada por una estructura extensa y vinculada a su actividad profesional. Católico desde 1992, es padre de 12 hijos, cuatro con cada una de sus tres esposas. Tras el fallecimiento de su primera mujer, Joan Nicole (quien le introdujo en el catolicismo), en 2003, Prince contrajo matrimonio con Joanna Ruth Houck y, posteriormente, con Stacy DeLuke, quien fuera portavoz oficial de Blackwater.
El Banco Central Europeo se está extralimitando en su mandato en materia de política energética. Su presidenta, Christine Lagarde, ha argumentado esta semana que los Gobiernos no deberían gastar demasiado para proteger a los hogares del aumento mensual del 80% en los precios del gas y, al mismo tiempo, considera que la inflación podría descontrolarse si esos mismos hogares perciben que los costes están subiendo demasiado. Es una contradicción y otro ejemplo más de cómo los guardianes independientes del control de la inflación se entrometen en asuntos que no les incumben.
Hay noticias cuya gravedad parece llevar incorporada una conclusión. La escalada militar en Oriente Próximo, la amenaza sobre infraestructuras energéticas y el riesgo de una alteración en el suministro de petróleo invitan a pensar casi sin transición que, si el hecho es grave, su impacto en los mercados debería ser también inmediato, intenso y duradero.
“Yo tuve que hacer a la nueva mujer española. Arraigada a su tierra, sus costumbres y sus hijos, pero consciente de que el siglo XXI estaba cerca y había que estar preparados para abrir nuevos caminos”. A finales de 1990, Manuel Piña ajustaba cuentas con el pasado, sabedor de que poco le quedaba ya por coser (fallecería cuatro años después), y aprovechaba para colgarse la medalla a un mérito que también fue suyo. Publicada póstumamente en el número 192 de la revista Siembra, aquella ‘Carta a la nueva mujer española’ fue, antes que una misiva al uso, un testamento que daba fe del giro de guion femenino que se escribió durante la Transición. “Me hice cómplice de la mujer y jugué a su ritmo y a su pausa, la desnudé y la hice fuerte, soberbia y superior”, contaba el manchego de Manzanares, un creador telúrico que, más que vestir cuerpos, esculpía (preferiblemente en punto, los hombros marcados) identidades para unas mujeres que, por fin, no tenían que pedir permiso para existir. “Sin dejar de ser el patrón de la raza, se hacía moderna e innovadora”, continuaba, refiriendo la evolución de una feminidad poderosa a la conquista de la igualdad, pero que no renunciaba a la sensualidad y la sofisticación.
Este sábado se cumplió un mes desde que Estados Unidos e Israel comenzaran a bombardear Irán, y todavía se desconocen tanto las causas como los objetivos por los que Donald Trump y Benjamín Netanyahu ordenaron un ataque preventivo que no respondía a ninguna amenaza verosímil, que viola el derecho internacional y que ha embarcado a todo el planeta en una inestabilidad cuyos perjuicios ya son tangibles. Si atendemos a las explicaciones del propio Trump, resulta imposible conocer el motivo concreto por el que ha comenzado este conflicto. Los bombardeos se iniciaron el pasado 28 de febrero cuando, apenas 48 horas antes, Irán y EE UU estaban negociando cara a cara en Ginebra para evitar un contencioso armado, y, según el mediador en el proceso, el ministro de Exteriores de Omán, todo iba camino de una solución.
Tanto Junts como Podemos exhiben sin disimulo una persistente incomodidad y disgusto por verse a sí mismos como compañeros de viaje del Gobierno de coalición del PSOE y Sumar. Aborrecen a este Gobierno, aunque sea por motivos opuestos, pero lo salvan con sus votos cada vez que peligra su continuidad. Lo han hecho otra vez esta semana porque la alternativa que encarnan PP y Vox es, para ellos, sencillamente muchísimo peor.
En los últimos años, las universidades privadas han pasado en España de ser una minoría a casi igualar al número de las públicas. Pese a que la coexistencia entre ambos modelos es posible, la oferta universitaria debe ser mayoritariamente pública por dos razones fundamentales: su importancia a la hora de garantizar la igualdad de oportunidades entre los jóvenes, y por ser el modelo de acceso más justo, donde no es la renta familiar, sino la nota de acceso la que desempeña un papel esencial. Justicia social también significa poder estudiar sin importar en qué familia hemos nacido. Ahora nos toca a los jóvenes luchar por un modelo donde la desigualdad no se convierta en norma.
En medio de este mundo hecho pedazos por la codicia, la estupidez, la obcecación y la maldad de unos cuantos, en medio del sufrimiento sin cuento al que asistimos todos los días, que una editorial norteamericana tenga que retirar una novela del mercado y suspender su promoción es sin duda una noticia menor: un escándalo de andar por casa. Pero lo que ha sucedido en días pasados no es importante por lo que sucedió, sino por lo que augura, y yo tengo para mí que es la primera de muchas noticias similares que estarán en nuestras conversaciones en los años que vienen.